EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Morelos en Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Octubre 08, 2020

 

(Primera de tres partes)

Hoy damos el último adiós a un maestro muy querido, Alfredo Beltrán Cruz, quien hizo del magisterio un apostolado. Las condolencias muy sentidas para los suyos. Descanse en paz

El Veladero

Será obsesiva en él la encomienda del cura Hidalgo de apoderarse del puerto.
A su llegada a Acapulco en enero de 1810, luego de levantar las provincias del sur, el cura José María Morelos y Pavón otorga gran valor estratégico al cerro de El Veladero. Tiene la convicción que desde allá arriba podrá cumplir mejor su misión. Antes, sin embargo, deberá echar a las fuerzas realistas apoderadas de la serranía dominando el caserío, la inmensa y esplendorosa bahía, la fortaleza, desde luego, la isla de La Roqueta e incluso Pie de la Cuesta.
Pronto el ex sacerdote de Carácuaro y Necupétaro logrará su propósito de desalojar a los ocupantes del cerro de más de 400 metros. Setecientos hombres al mando del capitán Rafael Valdovinos bajan a las fuerzas del comandante realista Calatayud. Más tarde, el propio general se encargará de echar a la gente del capitán Francisco Paris, encargado por el virrey Venegas de la defensa del puerto. Acompañarán al jefe Morelos en la valerosa acción los jóvenes capitanes Vicente Guerrero, de Tixtla, y los hermanos Bravo, de Chilpancingo.
Convertido en campamento de las fuerzas insurgentes, el promontorio selvático comprende una amplia explanada rodeada de tiendas, chozas de palapa y una gran enramada del mismo material. Al fondo se ubica la tienda del cura guerrero quien todas las mañanas cabalga el punto conocido como Carabalí. Allí, trepado en una roca enorme, enfoca su catalejo sobre el castillo sandieguino, su ansiada presa, interesado en conocer los movimientos del enemigo. Regresará más tarde cavilando la estrategia más efectiva para capturarla.

Paso a la eternidad

Izado en una larga vara para bajar cocos, junto a la tienda de Morelos, ondea un estandarte singular. Un rectángulo de tela negra con el dibujo de una calavera humana en el centro, enmarcada por dos canillas. Abajo la leyenda: “Paso a la eternidad”. Paño semejante a la entonces famosa bandera pirata ondeando en todos los mares del mundo y similar, casi una copia, al pendón enarbolado por un llamado Regimiento de la Muerte, perteneciente a las fuerzas del cura Hidalgo. Fue conocido como El Doliente de Hidalgo y se trataba de un estandarte color guinda con franjas negras. Al centro, pintados en blanco, una calavera humana sobre dos fémures cruzados.

El paño de Morelos

Sobre la bandera pirata y el pañuelo usado por Morelos para cubrirse la testa, el historiador José Hermes especula: “Al chamaco arriero debieron impresionarle los testimonios acapulqueños sobre piratas cubriendo sus cabezas con mascadas de vivos colores. Igualmente, las narraciones fantasiosas de viejos marineros sobre hazañas de corsarios siempre audaces y valientes enarbolando la bandera de la calavera”.
Otras versiones sobre el tocado del generalísimo: 1) Para esconder el pelo musuco de su discutida negritud. 2) Analgésico contra las punzadas de la migraña. 3) Ocultar la ausencia de una oreja. 4) Costumbre arriera para proteger el sombrero de la excesiva sudoración de la cabeza. 5) Uso común entre los rancheros pudientes de la región. Versión esta última por la que se inclina el maestro Ignacio Manuel Altamirano.

La prisión de Hidalgo

Apenas conocida la aprehensión del cura Hidalgo y sus compañeros en Las Norias de Acatita de Baján (21 de marzo de 1811) –festejada aquí con música, disparos al aire, cohetería y rebato de campanas–, Morelos convoca urgentemente a una junta de guerra para decidir el rumbo del movimiento iniciado por aquél.
“Don José María viste todo de negro y se cubre con un sombrero finísimo de Perú. Sobre la testa un pañuelo de seda blanco cuyos extremos anudados flotan sobre el cuello, a la usanza de los rancheros ricos de la época. Robusto, moreno de estatura regular y ojos de águila cuya mirada profunda y altiva era irresistible. Su boca tenía un pliegue que marca en los caracteres pensadores el hábito de la reflexión y en los grandes de la tierra el hábito de mando” (Morelos en el Sur, Ignacio M. Altamirano, SEP, 1986).

Mejor general que capellán

A la sombra de una fresca enramada, por falta de espacio en su tienda, el general Morelos abre la sesión con un recuento sucinto de la campaña iniciada seis meses atrás, a partir de que recibió de Hidalgo la encomienda de levantar en armas el sur de México. En aquél preciso momento, el cura es dominado por una abstracción. Su rostro se dulcifica y sus grandes ojos se inundan. De pronto está metido de nuevo en aquella noche del 19 de octubre en Charo, Michoacán. Había llegado luego de cabalgar 100 kilómetros en busca del generalísimo Hidalgo, su antiguo maestro.
–¡Señor –le pide cuando lo tiene enfrente: deseo ser capellán del ejército insurgente!
–¿Entonces, padre, abandona su curato?
–¡Si, señor, ya lo he abandonado!
–Padre Morelos, ¿está decidido a unirse a nuestra causa no obstante los peligros que va a correr?
–Mi decisión es antigua, señor. Vine a Valladolid a cerciorarme del movimiento y también para ver una vez más, con mis propios ojos, la injusticia que sufre el pueblo. Las mil formas de despotismo que sufre, la crueldad de los capataces y las intrigas de la Inquisición. ¡Por todo esto estoy dispuesto a unirme a los que luchan por la patria!
Ambos hombres caminan bajo las estrellas, el maestro lo lleva tomado del brazo.
–Me parece, padre, que usted servirá mejor como general de nuestros ejércitos que como capellán.
Terminado el encuentro, los dos sacerdotes generales se despiden afectuosamente para no volverse a ver jamás.
El nombramiento de Morelos rezará en efecto: General de los Ejércitos Americanos para la conquista y nuevo gobierno de las provincias del sur, con autoridad bastante…

Papel y rumbo

Los hombres de Morelos reprocharán más tarde al cura Hidalgo haber mandado a su jefe a la guerra solo con su bendición. Sin un soldado, sin un fusil, sin un pertrecho, sin un caballo, sin una acémila, sin un machete siquiera. Nomás le dio “papel y rumbo”, se quejaban.
El papel: Por el presente comisiono en toda forma a mi lugarteniente Sr. D. José María Morelos, cura de Carácuaro, para que en la costa del sur levante tropas, procediendo con arreglo a las instrucciones verbales que le he comunicado”
El rumbo: las provincias del sur: Acapulco.

Morelos, genio

“Morelos –advierte Altamirano–, no necesitaba de nada de esto que exigen los generales del vulgo; él era un genio, es decir, un creador, y todo iba a ser creado con la eficacia de su palabra y por la magia de su voluntad”.
Efectivamente. Los 20 calentanos que cruzaron con Morelos el Balsas para levantar el sur, se multiplicaron pronto hasta formar un ejército de 3 mil hombres. Los viejos mosquetes de los primeros disparos –incluso arcos y flechas– han quedado en el camino. Las fuerzas insurgentes dispondrán de armamento europeo –fusiles, bayonetas, pistolas e incluso cañones–, todo arrebatado al enemigo.
A propósito de artillería, Morelos tendrá especial aprecio por una pieza pequeña, quizás de escasa letalidad, pero al fin y al cabo su primer cañón. Bautizado como El Niño, era usado en Tecpan para los infalibles camarazos de las fiestas populares. Lo recibe, junto con otras armas, de la familia Galeana luego de que varios de sus miembros se unen a la causa: el patriarca Juan José, su hijo Pablo y los primos Hermenegildo y Antonio. El otro Pablo y Fermín se quedarán a cuidar a la familia.
Don Juan José era el dueño de la hacienda de El Zanjón (hoy, San Jerónimo de Juárez) y con él trabajaba su sobrino el futuro Tata Gildo

El machete suriano

Habrá un arma, sin embargo, jamás trocada por espadas o sables de forja ultramarina: el machete suriano. Manejado por manos costeñas resultará infalible para convertirse pronto en símbolo de la desigual confrontación.

Vuelto a la realidad

Morelos vuelve a la realidad recordando que aquella decisión de Hidalgo lo aturdió y lo peor es que todavía sigue aturdido: “Mejor general que capellán, mejor general que capellán”, palabras del padre Hidalgo que vuelven a resonar en sus oídos…
–Perdón, por la distracción, señores!, –pide apenado para continuar su discurso.

Morder el polvo

El jefe Morelos conoce a profundidad el alma humana y cómo no si ha dedicado su vida a salvarlas. Sabe entonces como elevar la moral de sus hombres y reconocer a cada uno sus méritos. Alza la voz cuando enumera a los jefes realistas a quienes han derrotado hasta ese momento: Calatayud, Paris Sánchez Pareja y Fuentes Rodríguez.
“Han sido vencidos –precisa– uno a uno y todos juntos y cada uno de ellos ha encontrado a su vencedor en cada uno de ustedes. Son ellos los egresados de las mejores escuelas militares de Europa y son ellos quienes apenas ayer nos desdeñaban e incluso despreciaban nuestra calidad de soldados. Hoy es diferente, los hemos hechos morder el polvo y por eso nos respetan y, aun más, nos temen”.
Casi al final de la junta de guerra, Morelos pide a sus hombres aceptar con la frente serena la desgracia del padre Hidalgo. Demostrar a la nación que la falta de un caudillo no acaba con los principios que proclamó ni con el pueblo que los defiende. Digámosle desde aquí al gobierno español que las traiciones y cadalsos lejos de intimidarlos les dan más bríos para continuar la lucha. Luego propone:
–Mi intención es que nos dirijamos mañana al centro de la intendencia de México. Deseo escuchar sus opiniones.
–¡Estamos todos listos! –exclama con entusiasmo y puesto de pie don Hermenegildo Galeana.
–¡Si, todos listos!, –responden los demás jefes también puestos de pie. (Ignacio M. Altamirano).