EL-SUR

Lunes 24 de Agosto de 2026

Guerrero, México

Opinión

Naranja mecánica y la representación de la violencia

Lautaro García Salgado

Agosto 27, 2017

No hace falta recurrir al diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana. Es el precio de la libertad.

Rüdiger Zafransky.

En Acapulco pudimos ver una de las mejores adaptaciones al cine de novela y primer guión adaptado por el mismo Stanley Kubrick, Naranja mecánica nuevamente en pantalla grande en 2017, acaso a 47 años de su estreno como parte de un ciclo especial en homenaje al director fallecido desafortunadamente en 1999.
Desde el principio, lo que para muchos es una obra maestra, fue blanco de malas críticas por el establishment, paradójicamente en una Inglaterra semillero de bandas de rock cada vez más radicales en sus letras. Muchos sectores, principalmente las instituciones que la película representa, a saber, el Estado, la Iglesia, la familia, se sentirán negativamente aludidos por el shock de una innovadora manera de poner en marcha la representación de la violencia y las bajezas del espíritu humano provenientes de jóvenes adolescentes de una sociedad industrial como Londres. Por decir lo menos, una estilización a lo bello de la violencia; de la maldad.
Adaptado de la novela de Anthony Burgess, esta película es un relato circular a la manera de una comedia negra, muy negra para la época, que nos acerca por un periodo de al menos dos años la vida de Alex DeLarge, magistralmente interpretado por Malcom McDowell. Un adolescente que lo mismo ama la violencia y la agresión desmedida que la música de Ludwig van Beethoven, las mujeres y quizás al arte en general. Tal caracterización ponía en contradicción viejos prejuicios sobre la representación de lo bueno y bello así como lo malo y feo. Derivado de estos prejuicios, sus interpretaciones morales, en la medida en que la película muestra una representación seductora casi coreográfica de la violencia.
Ambientado en el futuro 1993, Kubrick va a privilegiar, como Burgess, el punto de vista de Alex quien narra “su” historia en el lenguaje llamado Nadsat inventado por el autor del libro. Una especie de slang que abreva del ruso, el yiddish y el inglés. En aquellos días un recurso muy celebrado al escritor. Alex en primera persona nos cuenta en voz over a que se dedican él y sus amigos-soldados. Frecuentan un bar que sirve leche con sustancias químicas. Entrada la noche, se desplazan por la ciudad para agredir, abusar y violentar a las personas a su alcance, ya sea que las encuentren a su paso o en el confort y “seguridad” de sus casas. Una de esas noches, entran a la casa de un escritor que junto con su esposa serán las víctimas también de su “humor” perverso: mientras violan a la esposa y golpean al escritor y lo fuerzan a mirar el sufrimiento de su mujer, Alex interpreta la dulce canción Cantando bajo la lluvia inmortalizada en el cine por el mismo Gene Kelly. Un contrapunto narrativo audaz que el director va a utilizar en todas las escenas en donde es representada la violencia con el fin de desasociar sus efectos crudos y desagradables, con lo que inspira a la belleza: la música de Beethoven o Purcell, la pintura y los espacios arquitectónicos simétricos vistos en amplitud.
Alex será traicionado por su banda. En el curso de los primeros meses de una condena de 14 años por asesinato, se hará candidato a recibir un tratamiento nada ortodoxo que busca curar las pulsiones criminales de los delincuentes. Sin embargo, lo único que le importa a Alex es que a cambio de someterse a este nuevo método, su condena será perdonada. Es un lavado de cerebro parodiando la teoría conductista. Junto con una droga inyectada, se forzará al criminal que “busca rehabilitarse” a mirar, sin concesiones incluso la de parpadear, imágenes que muestran violencia cruel. Alex quedará mental y físicamente desprovisto de toda pulsión violenta o sexual hasta las nauseas.
Libre al fin, Alex ya sin de la pulsión violenta y de libido, es decir, más menos sin defensas en la hostilidad, será la víctima, a su turno, de la violencia y brutalidad de una sociedad verdugo, sin ley ni orden.
Kubrick coloca en las discusiones del espíritu del tiempo el dilema moral: ¿debemos privar al individuo de su facultad humana del libre albedrío incluso así se tratase de un individuo de la talla ética y moral de Alex DeLarge? El director nos ofrece dos visiones: la del Estado y la del criminal sin que en su representación oriente nuestras simpatías. La eterna batalla entre el bien y el mal nos pareciera decir Kubrick tiene, como nuestro espíritu, distintas capilaridades que potencialmente nos ponen de un lado o del otro, pero que lo importante es la libertad de decidir.