EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Navidad en tiempos de pandemia

Jesús Mendoza Zaragoza

Diciembre 07, 2020

En la mayoría de las naciones de Occidente ha quedado plasmada en los calendarios la fiesta de Navidad, con un impacto social y cultural muy significativo. Hay que reconocer que, históricamente, ha tenido esta fiesta una serie de variaciones y hasta deformaciones. Podemos comprobar que ha sido atrapada por la cultura consumista, al grado de que los primeros que nos alertan acerca de su proximidad no son las iglesias sino los supermercados. La Navidad se ha convertido en la gran oportunidad para el consumo e, incluso, para la alienación.
Ahora, con la pandemia, la Navidad seguirá presente, aunque de manera muy acotada por las exigencias sanitarias. El masivo consumo estará limitado por la caída de la economía, y las memorables fiestas familiares o comunitarias no se tendrán por las restricciones sanitarias. Esta situación, sin embargo, nos abre una oportunidad para acercarnos a la originalidad de la Navidad y para desprendernos de atavismos que se le han adherido a lo largo de los siglos.
El sentido original de la Navidad ha quedado escondido detrás de las luces artificiales y del ruido que está caracterizando este tiempo. Fiestas, fuegos artificiales, regalos, paseos, encuentros familiares, vacaciones y negocios han estado sustituyendo ese sentido original, que encontramos en la historia antigua de la humanidad: el nacimiento de Jesús, el hijo de María en un pesebre de las afueras de Belén. Aunque no ha sido fácil precisar la fecha de ese nacimiento, siglos después se procedió a celebrarlo reconociendo que Jesús es el Nuevo Sol, estableciendo una fecha en la fiesta romana del nacimiento del sol (Dies Natalis Solis Invicti) en el solsticio de invierno, que se celebraba del 21 al 25 de diciembre. En cuento a la fecha de la muerte de Jesús sí ha habido una precisión histórica, pues tuvo lugar en el plenilunio (luna llena) de primavera del año 33, en el que los judíos celebraban la Pascua, cuando se dio su ejecución en Jerusalén, durante el reinado de Herodes.
El origen de la celebración del nacimiento de Jesús buscaba dar relieve histórico a la persona de Jesús, cuya muerte y resurrección se celebraba desde el siglo I, cuando tuvo lugar el evento de su crucifixión. Si ya se celebraba su muerte había que celebrar también su nacimiento, como una manera de darle realce a su humanidad, en el sentido de que con su nacimiento se hizo carne de la carne humana, es decir, se hizo tan humano como nosotros. La Navidad celebraría la solidaridad de Dios con la humanidad herida, una solidaridad que incluye un abajamiento (kénosis) asumiendo la vulnerabilidad de la condición humana hasta la condición mortal
Recogiendo los datos de los textos del Nuevo Testamento, las iglesias cristianas diseminadas en las inmediaciones del Mar Mediterráneo, donde se asentaba el Imperio Romano, en el norte de África, en el Cercano Oriente y en el sur europeo, desarrollaron allá por el siglo III un proceso teológico y litúrgico que incluía la fiesta de Navidad, como un acontecimiento ligado a la fe cristiana que, paulatinamente, fue tomando parte de la configuración del calendario dominante en ese tiempo.
Francisco de Asís tuvo la iniciativa de expresar, de manera plástica, el nacimiento de Jesús, iniciando la tradición de los “nacimientos” que ha prevalecido a través de los siglos. En la sencillez del escenario de un establo para el ganado, se enfoca la figura de un niño recién nacido acompañado de María y José y de algunos animales entre los que se identifican un asno y un buey, en el cual se incluyen a los pastores y a los magos. En su origen, toda esta escenografía tiene un significado teológico y pastoral con la finalidad de ilustrar y estimular la fe de las comunidades cristianas. El origen de la Navidad tuvo un enfoque estrictamente religioso y espiritual.
Con los tiempos, se fueron adhiriendo a las fiestas de Navidad, elementos culturales y religiosos de los diferentes pueblos, algunos de ellos con un afán de adaptar la fiesta a los contextos culturales, como la costumbre de las posadas y las piñatas que han tenido su origen en México, pero en otras ocasiones con fines extraños a la fe y a la vida de las comunidades cristianas.
Es así que, en nuestros días, la fiesta de la Navidad ha sido atrapada por la cultura consumista y por la economía de mercado, que han visto en ella una gran oportunidad para vender ilusiones y lucrar con la fe. Esta misma mecánica les ha resultado cabalmente cuando han convertido en mercancía todo y lo han acomodado en el calendario: día de la madre, día del padre, día del compadre, día de los abuelos, día del niño, y así, todo lo sagrado se ha convertido en mercancía. El resultado ha sido el que tenemos a la vista: una Navidad impregnada de materialismo sustentado en una gran estrategia de mercado para despertar necesidades económicas y materiales para provocar el consumo.
Si el origen de la Navidad fue estrictamente espiritual, ahora nos estamos quedando con un resultado materialista y consumista, de manera preponderante. Pero podemos detectar valores que son afines al sentido original de la Navidad, tales como la alegría, la esperanza y la convivencia familiar y comunitaria.
La pandemia nos ofrece una oportunidad para hacer un ajuste de estas fiestas tan firmemente arraigadas, si le bajamos a las mentalidades y actitudes consumistas y acercándonos a la esencia misma de estas tradiciones. La pandemia nos ha mostrado el valor inigualable de la familia como espacio humano y social, que necesita ser protegida, cuidada y promovida. Y también nos ha llevado a extrañar los lazos comunitarios que hemos tenido tanto en el campo como en la ciudad, como un recurso muy valioso para el desarrollo.
También extrañamos las fiestas, tan necesarias para el desarrollo humano y social, pero muchas veces deterioradas por el consumismo. Las fiestas son un extraordinario medio para generar y desarrollar la esperanza y para promover el amor a la vida y a la comunidad y pueden convertirse en un recurso espiritual que ayude al fortalecimiento social. En fin, la Navidad puede ser una oportunidad para satisfacer necesidades espirituales y culturales que tantas veces no se atienden. Y si ahora tendremos que celebrar la Navidad en familia, podremos mirar hacia sus orígenes que hacen patente la solidaridad de Dios con la humanidad para que ahora promovamos la solidaridad hacia los heridos y abandonados que encontramos en los caminos.