EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Necedad?

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 02, 2004

 

 

Hay temas de la vida pública que se han vuelto controvertidos desde el momento en que se manejan en sus diferentes aristas: me refiero a aquellos que tienen que ver con la sexualidad y la salud reproductiva como son los casos del aborto, el uso de preservativos para prevenir enfermedades, y la legalización de las uniones de convivencia entre personas del mismo sexo. En la controversia intervienen, entre otros, los ministros religiosos de la Iglesia católica, quienes se han encargado de recordar puntos tradicionales de la moral cristiana al respecto. Por el otro lado, intervienen personajes de organizaciones no gubernamentales y de organismos gubernamentales de la mano de algunos medios de comunicación. En ocasiones la controversia se ha vuelto virulenta e irracional dejando más confusión que claridad sobre los asuntos en cuestión, y muchas veces se polarizan las posiciones al ser manejadas de manera parcial.

La cuestión que quiero ventilar ahora es el manejo que la Iglesia católica y, más en concreto, sus obispos como voces autorizadas de la misma, hacen de estos asuntos ante la opinión pública o ante actores públicos que ante problemas de salud pública y de la familia proponen e impulsan políticas que contradicen las enseñanzas de la Iglesia.

Es muy común escuchar señalamientos y acusaciones que rechazan e impugnan los puntos de vista de la Iglesia y de sus obispos, con calificativos altamente elocuentes como “retrógrados”, “ignorantes”, “dogmáticos”, “oscurantistas” y otros más. ¿Qué decir de tales calificativos? Me parecen razonables desde una lógica secularizante, la de quienes no toleran que la fe trascienda a la vida pública. Yo creo que ellos lo creen así desde la visión que asigna a la religión un lugar reducido a lo privado. Tendrían razón si con ello quisieran decir que la fe religiosa en un asunto personal, porque sí es personal, pero lo personal no se reduce a lo privado, ya que la persona tiene siempre una dimensión pública.

Particularmente, la fe cristiana abarca a la persona de manera integral, desde sus sentimientos, sus criterios, sus actitudes, sus decisiones, sus relaciones humanas y sociales. El cristiano es cristiano en todas partes y en todos los asuntos, en los privados y en los públicos y la ética que se desprende de la fe ha de ser coherente con la fe en todos los temas. De otra manera, se daría una grave incoherencia interna en la fe misma como la que pone de relieve Santiago cuando dice que “la fe si no tiene obras está realmente muerta” (Santiago 2, 17).

En esta perspectiva, el problema real para la Iglesia no son quienes contestan a sus principios y normas éticas, sino la integridad de la fe de sus fieles. Pienso en los altos porcentajes de católicas que recurren al aborto, por ejemplo, donde de manifiesta un problema de conciencia personal.

La secularización ha rebasado con mucho a la Iglesia católica –y globalmente a todas las expresiones religiosas– y como consecuencia, tantas decisiones de los fieles las toman al margen y en contra de la fe que profesan.

Se manifiesta, pues, una fe que no ha sido formada al grado de hacerse cargo de todas sus consecuencias en lo particular y en lo público, y lo espantoso para la Iglesia es que los propios fieles no hagan caso ni a las enseñanzas de los obispos ni a los principios éticos que tienen sus raíces en la palabra de Dios.

Que quienes estigmatizan a la Iglesia y a la ética que expone desde los principios del Evangelio, es comprensible ya que lo hacen desde fuera del horizonte y de la lógica de la fe, y que desde fuera se piensa distinto, con lógicas pragmáticas y con visiones reductivas del ser humano.

La Iglesia tiene que aceptar esas voces diferentes como parte de la dinámica de su misión. Si Jesús de Nazareth tuvo que aceptar la existencia de las posiciones discordantes de diversos grupos que no aceptaron su mensaje y tuvo que aceptar el rechazo, la intriga y la persecución, ¿porqué la Iglesia no tiene que aceptar esa misma situación? Lo cierto es que el mensaje de Jesús, siendo un mensaje espiritual dirigido a las personas tuvo siempre efectos públicos y por esa razón tuvo que sufrir, además de un juicio religioso, un juicio político amañado.

Es cierto que la Iglesia no puede compararse con Jesús, ya que está compuesta de pecadores, agobiados por la fragilidad pero esperanzados por la misericordia del Señor. No puede compararse porque tenemos errores que serenamente y con dolor tenemos que reconocer; a veces hemos caído en la tentación del poder y del dinero y eso es terrible; también en la tentación del silencio y de la abdicación al Evangelio; y también a la tentación de acomodarnos a los criterios de este mundo.

Pero, más allá de los errores y equivocaciones históricas está el reconocimiento y el arrepentimiento de las mismas, que no nos hace mejores que los demás, sino sólo diferentes. Pero el señalamiento de los errores no puede ser una argumento suficiente para callar o descalificar la voz de la Iglesia cuando se trata de mantener en alto principios y convicciones que nacen y se desprenden de la fe. Se trata de principios que no se pueden negociar ni con la opinión de las mayorías, ni con las estadísticas ni con las presiones de grupos de cualquier signo que han de ser escuchados e interpretados a la luz del Evangelio.

En coherencia con lo expuesto, es necesario que la Iglesia maneje la misma pasión y el mismo ardor pastoral cuando se trata de asuntos que tienen que ver con la justicia y con los derechos humanos, que se pronuncie con claridad cuando hay abusos de poder, vengan de donde vengan, así sea desde esferas gubernamentales o de poderes económicos domésticos o foráneos. Y, particularmente, debiera poner atención en temas tan delicados como la situación de los indígenas, la brutal discriminación de las mujeres, el abuso de los niños y la postración de los trabajadores. Asuntos como la corrupción, los privilegios de las élites económicas y políticas, y la escasa atención a los campesinos son otros puntos que debieran ser tocados con aplomo y decisión.

Los principios, máxime si vienen del Evangelio –como el valor absoluto de la vida, como el valor de la ley natural, como el respeto irrestricto a la conciencia moral de cada persona–, no son negociables con nadie y aún en un contexto de pluralismo y de secularismo tienen que ser propuestos y defendidos, con la fuerza de la fe y del testimonio. Y cada quien, católico o no católico, sabe si escucha o no escucha, si acepta o no acepta dichos principios y las normas que se desprenden de ellos. Pero también, hay que decirlo, el católico que no escucha y acoge los principios de su fe, se contradice a sí mismo y fragmenta su conciencia. A la larga, las posiciones pragmáticas –carentes de humanidad– manifiestan su fragilidad y terminan por caer por su propio peso.