EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Niños y mujeres, desesperados ante la inseguridad

Jesús Mendoza Zaragoza

Mayo 20, 2019

 

Los videos publicados por la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias de los Pueblos Fundadores (CRAC-PF), en los que muestra a niños y a mujeres expresando desesperación ante una inseguridad que se ha vuelto extrema e insoportable, son una llamada de atención urgente para poner la atención en regiones enteras donde las comunidades están a merced de la delincuencia organizada. En este caso se trata de Los Ardillos, que en la región de Chilapa no han tenido quien los detenga en sus dementes acciones que arrasan a pueblos enteros.
Este grupo delictivo y su accionar está bien identificado y no hay poder humano que lo frene o lo someta. Ni con todas las fuerzas federales y estatales. Por eso, la gente se siente a merced de sus sicarios, de tal manera que hasta las mujeres y los niños miran las armas como el camino a seguir para defenderse. La pregunta que salta ante este hecho es ¿dónde está el Estado con sus instituciones, tanto las que tienen que ver con la seguridad como con los demás temas que aseguran y garantizan los derechos humanos de la gente? Simplemente, no está. Y esto es muy grave. Es grave porque da lugar a que emerjan situaciones que puedan ser incontrolables y desastrosas.
Lo más frágil y vulnerable que tenemos en nuestros pueblos son los niños y las mujeres. Que ellos salgan al escenario público con armas verdaderas o simuladas, revela un alto grado de indefensión y de rabia. Y esto puede ser el anuncio de horrendas situaciones movidas por la desesperación. De hecho, la aparición de las diferentes autodefensas que están estacionadas en gran parte de la geografía guerrerense, ha sido generada por la desesperación y la rabia. Y, en muchos casos, han ocasionado una mayor descomposición social, pues estos grupos civiles armados –a excepción de la CRAC– no tienen reglas ni están sometido a mandos legalmente constituidos, más que a sus propios líderes.
Toda esta situación tiene un común denominador: la ausencia del Estado y el vacío que dejan para que otros –mafias o autodefensas– los llenen, desarrollando una situación de ingobernabilidad. Quienes gobiernan son, en los hechos, los grupos armados, que someten a los pueblos y a sus propias autoridades a su arbitrio. Si el Estado está ausente y no funciona es porque ha fallado. Y ha fallado porque está estructurado para funcionar a favor de grupos, de caciques o de élites y no para el bien de los pueblos. Un Estado así no puede ser parte de la solución a esta desastrosa inseguridad, pues ha sido factor de la misma.
Por tanto, es necesaria una intervención diferente del Estado y de sus instituciones. Diferente en la manera de relacionarse con la gente y con las comunidades. Y lo diferente tiene como base el que entiendan que la solución no la tienen las instituciones públicas, como si tuvieran recetas que aplicar. La solución viene de la relación horizontal entre el Estado y los pueblos. Y el Estado tiene que pensarse a sí mismo en función de la sociedad, de la población afectada y dejar de ser autorreferencial. Porque lo que siempre sucede es que el Estado está atrapado por una clase política que se recicla, permanentemente, a sí misma en el poder público y pierde de vista las necesidades y los derechos de los pueblos.
Tiene que activarse un proceso en el que las instituciones públicas comiencen por escuchar de manera responsable y ya no simulada. Que sepan escuchar cordialmente a la gente y entiendan que parte de la solución está en la gente y la otra parte en las instituciones que han sido creadas para responder a sus derechos. De hecho, como no han escuchado hasta ahora, hemos llegado a estas tragedias en las que mujeres y niños se suben al escenario a mostrar su desesperación y su frustración de que quienes deberían defenderlos y protegerlos no lo está haciendo y los han dejado desamparados.
Los gobiernos no están funcionando, al menos para el bien de gran parte de la población: tienen que bajarse al nivel de la gente para escuchar y convertirse en aliados. Ya es tiempo de que los gobiernos, todos los gobiernos tomen en serio a la sociedad civil, a las comunidades y a los pueblos, que tienen recursos muy valiosos para caminar hacia la paz. Porque el recurso más valioso es el humano, con las capacidades comunitarias y espirituales que están guardadas y que pueden despertar un proceso de colaboración, en grande, entre comunidades y gobiernos. De otra manera, no hay salida y lo único que podemos esperar son más tragedias y sufrimientos.