Alan Valdez
Diciembre 14, 2024
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Un hombre al que apenas y le veo los ojos vierte sal sobre la banqueta. Está cubierto por un abrigo que le llega hasta un poco más abajo de las rodillas. Sé que respira porque un vaho se abre y desaparece no muy lejos de su rostro. Su gorro tiene las siglas de la Universidad de Iowa. Estamos a -14 grados. El suelo traiciona muy fácil porque ya no es nieve lo que cubre las banquetas, sino un hielo contaminado por el vaivén de transeúntes, que compacto, promete la caída a la mínima distracción.
Los estudiantes esquivan al hombre que sala el concreto. Los granos azulados y químicos se esparcen como migajas que, pacientes, derretirán lo liso. Personas, con las manos en los bolsillos, contraídas tanto como pueden, aguantan la ventisca apresurada que anuncia las intenciones del invierno. Sobre nosotros, las aves continúan, y lo hacen tan plácidamente que la pesadez de nuestros cuerpos, apretados por el frío, se mira ridícula ante tanta ligereza.
Quisiera decir que padezco la escena, pero justo en mis audífonos comienza a reproducirse la voz dulce y brasileña de Gal Costa. El irvenir de estudiantes se acompasa y una idea sobre un verano en una playa, la primera de mi vida, supongo, se organiza en mí. El frío. ¿Cuál frío? Y me muevo adentro de los pliegues de mi ropa, abarcando todo lo que la música me sugiere.
Vivemos na melhor cidade da América do Sul, da América do Sul dice Gal Costa y en la misma canción Caetano Veloso le contesta pleeeeaaase staaay, pleeeease staay. Y por lo que dura un semáforo entre la N Clinton y la E Jefferson St pienso por qué yo nunca me he quedado. El semáforo cambia. Cruzo como cruza el aire también. Y un polvo liviano y niño hecho de nieve también niña, se alza como los holanes de un vestido en un baile pegado pero discreto.
Entro al edificio. Soy maestro de español. Hoy es mi último día de clases. No les digo a mis alumnos que gracias a ellos he entendido estos meses los años que tengo. Sonríen cuando uso su lengua de manera equivocada para felicitarlos por haber terminado el semestre. Yo sonrío cuando ellos usan mi lengua para decirme hasta luego. El salón se queda vacío.
Me tardo en ponerme las varias prendas que me permiten habitar el Midwest. Envuelto en una piel falsa pero necesaria, volteo una vez más al pizarrón. Con marcador negro están escritas varias oraciones que los estudiantes pasaron a escribir.
Espero viviré en un otra ciudad del mundo. Yo también espero Paige. Yo también.
En la calle, ahora ya medio día, el sol a pesar de que anda por ahí, se mira más bien temeroso. Los árboles ni hojas tienen, pero pareciera que la luz de diciembre se resiste a bajar por entre las ramas. Regreso a Gal Costa. E o que eu não sei mais. Hay muchas cosas que ya no sé, pero no las enumero y cruzo una avenida. El día se reprime otra vez. Llega una ventisca y otra se le adelanta, pero yo sigo en la primera playa que miré, así que la idea del frío me parece una gesticulación arbitraria que no hace nada más que repetirse hasta perder significado.
Entro a mi casa. Me desarmo hasta quedar tan solo como un cuerpo prudente para el interior de una habitación. Intuyo que el hecho de crecer en Acapulco me regaló el ademán de nunca traer playera. Y me la cuelgo al hombro y me siento a ver por mi ventana el desfile de personas envestidas por el reclamo del hielo.
Llamo a mi padre. Le cuento y él me cuenta. Así, me imagino, aún nos pertenecemos. Él desde algún lugar de Chilpancingo encuentra grosera la cantidad -14 °C. No lo desmiento. Tiene razón. Le comparto que hoy terminé de dar mis clases. Nos escuchamos y me platica cómo fue la primera vez que enseñó en una prepa en Acapulco. Historia.
No se lo digo, pero a la vez que se acuerda y me explica, ejerce la propia labor docente que describe. Me enseña. Aprendo. Y las formas cóncavas de la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad adquieren su gravedad árabe.
Lo imagino a sus 27 años levantando el brazo, señalando lo muerto y lo vivo de una construcción en el zócalo. Las mangas de su camisa cuadriculada se resisten a la arruga y la pluma por ahí, acomodada como alfiler sosteniendo la bolsita. La clase aún no termina y vuelve su asombro, el mío también. Y la pulsión didáctica a la cual ha dedicado toda su vida extiende nuestro recorrido hasta el Fuerte de San Diego.
Sabías que Morelos inició el sitio de Acapulco con aproxima-damente mil 500 hombres, y se le unieron Matamoros y Hermene-gildo Galeana. Mira, ya ves, todo se conecta, de ahí viene el nombre de nuestra colonia.
Como mal alumno interrumpo la efeméride. Le menciono que yo solo una vez he entrado al Fuerte de San Diego y remato mi intervención confesándole que lo que más me daban ganas de hacer era jugar futbol en el pasto de los canales que rodean su estructura.
Se ríe y termina por contarme que a los 15, cuando acababa de vender periódico, y como el Fuerte en aquel entonces estaba prácticamente abandonado, se reunía ahí con otros amigos. Echaban reta, justo encima de ese pasto preciso en verde y longitud, rematando con los pies desnudos un balón contra las paredes robustas de tantos siglos.
Nos prometemos algo. Cortamos la llamada. Y la sensación del acento costeño de mi padre, un acento que yo no tengo, me revive la idea del mar de nuevo, el primer mar, su costa y mis años alrededor de la Bahía. La conclusión llega. La respeto. No reniego de ella. Y a la vez que la nieve, Gal y Caetano cantan en mi casa Não sei, comigo vai tudo azul. Contigo vai tudo em paz.
Afuera el día sigue su curso congelado, pero ya no me conmueve. Al menos no en este preciso momento. Cosa que me permite ordenar mis intenciones. Lo que he ganado y lo que he perdido como un cúmulo de palabras que buscan sublevarse de mí. Tampoco me resisto. Que se vayan a donde quieran. Yo, por mientras, aquí pensando en el mar donde crecí, me inicio en mi nombre, y creo que mi nombre es azul y amplio y dejo que ese rumor se extienda lo suficiente en esta entraña desvestida.
Y seducido, algo en mí dice y calla igual que la costa que mi padre me enseñó a nadar cuando yo tenía tres años. Y aunque mi nado era pequeño, mis brazadas reunían olas que se iban repitiendo en crestas cada vez más grandes. Y mi padre sosteniéndome sin saber aún qué clase de vida se inauguraba.
Entonces, Caleta. La cubetita de plástico para el niño y mi abuela sonriendo y mi madre sonriendo con ella como dos luces suficientes en medio del mar de mayo. Y también el ostión y el callo de hacha. La sal sobre la sal del molusco.
Y suda la botella y suda el vaso y brindan ellos tres por lo nuevo y por lo aún no conocido, pero Raúl, hay que ponerle bloqueador al niño. Entonces Caleta, la palita y el castillo de arena derrumbado porque todos los castillos cuentan lo mismo.
Pero anda que viene la ola, tráete al niño. Y pasa el parpadeo de la ola que llega a la orilla y la prisa por cuidar que el agua no se robe las sandalias. Y que córrele. Y que el masaje y el tatuaje temporal y las promesas también temporales. Así que hay que secar al niño, cargarlo en brazos, ponerlo en la hamaca. Y ellos, bajo el sol de mayo, yendo a la misma velocidad que sus vidas, contándose sus deseos, mientras llega el ceviche y las pescadillas y el sonido de las bolsas de frituras abriéndose y cerrándose. Y el conjunto de cuatro hombres entonando los Panchos y la bastilla de sus pantalones con el doblez aún marcado ya más que humedecida. ¿Qué otra cosa puedo dar? Pasarán más de mil años. Y mil años de hecho ocurren y empiezan otros mil años más, justo ahí, en ese gesto inmediato y tierno de mi padre acomodándole el cabello que le estorba en los ojos a mi madre. Y familias enteras entran al agua, pero ellos dos no dejan de sonreírse y mi abuela me canta una canción de cuna y yo me duermo.
Tocan la puerta de mi casa. Despierto bruscamente. Busco rápido mi playera para abrir. Por la prisa me la pongo al revés, pero da lo mismo. Me entregan un paquete. Firmo de recibido. Abro la caja. Cosas que compré para regalar en Navidad. Desde hace algunas navidades uso mi trabajo para justificar mi poca creatividad en el hecho de mis regalos. Libros.
Regalaré Los diarios de Emilio Renzi. De inmediato, casi como mancia busco la fecha del día de hoy. No me convence, así que barajeo las hojas hasta mi fortuna. Como todas las veces, se abre el libro muy cerca de la mitad. Es un sábado 6. Dice Piglia, Cambiar drásticamente de vida, otro nombre igual a otras pasiones. Leo la oración varias veces. Trato de entender cómo esto me puede predecir algo. Me obsesiono. Y me entrego a la idea de que lo que acabo de leer no es una predicción sino más bien es algo ya hecho. Entretenido en esa idea y la cabeza acumulada en intenciones distraídas decido ir a comer fuera para celebrar que acabó el semestre.
El ritual se repite. No diría que soy diestro, pero tampoco novato. Así que los calcetines gordos, el doble pantalón, la doble playera, la chamarra, la bufanda y la doble vida. Aquí el sol ya no está dispuesto a nada desde las 4:30 de la tarde. Gente entregada a la noche prematura, se divierte hacia sus vidas y yo, aunque no las persigo, voy detrás de ellas.
Me entretengo en la nube de mi vaho. E indeciso de hacia qué lugar meterme saco mi celular, pero no puedo manipularlo sin quitarme el guante. El índice atiende la pantalla del teléfono. Siento cómo el frío pervierte su motricidad hasta que su tacto me reclama la urgencia de regresarlo al calor de la prenda.
Sentado. Miro a los comensales abrir y cerrar sus bocas y hablan y responden. El mesero me pregunta que si hablo español y adquirimos el ritmo de nuestra propia lengua. Yo digo que vengo de México, él me responde que también. Me pregunta las razones por las cuáles estoy aquí. Antes de contestarle se disculpa porque lo llaman de otra mesa.
Comensales inician el ritual del ropaje acumulado, y se visten capa por capa para salir. El mesero regresa con mi comida. Ya no continuamos la conversación y me quedo con mi respuesta escolar insistiendo por ahí hasta que solo desaparece. Cuando me trae la cuenta reanudamos la plática. Le digo que vengo de Chihuahua. Me contesta que no tengo acento del norte. Me siento descubierto.
Dejo la propina. Me alisto para salir. Así que me aseguro del doble calcetín, doble chamarra, doble acento.