EL-SUR

Jueves 11 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

¿No será que me estoy volviendo un poco amargado?

Federico Vite

Septiembre 02, 2025

 

Por la tarde llegó un payaso a la casa de mis vecinos. Cargaba una maleta enorme y un sobrero alto, como el de Mandrake; vestía con un conjunto muy florido y una chaquetilla de color blanco impecable. Estaba más cerca de la estética del luchador Psycho Clown que de un payaso infantil. Cruzó la fila de sillas que se habían colocado sobre la calle para que el escenario fuera, como siempre en los barrios populares, el proscenio de la existencia. Saludó a la madre del niño que celebraba su cumpleaños número diez. Ya había mucha gente y resultaba imposible aislarse del escándalo. Los chamacos acababan de destruir la segunda piñata; corrían de arriba abajo y los padres destapaban algunas cervezas e incluso encendían cigarrillos. También conversaban en voz alta, porque el sonido de la música era potente. Sonaba una cumbia, de las viejitas, La cortina, interpretada por la Sonora Dinamita. En cuanto llegó el payaso de inusual nombre, Mordisquito, comenzaron los aplausos. Cambió el soundtrack del momento. Y con pleno dominio de público inició un baile fondeado por la La feria de Cepillín; luego puso en práctica las dotes de globoflexia y empezó a soltar algunos chistes de corte sexista. Esas bromas adquirieron la estructura de un monólogo en detrimento de las suegras; noté que la gente no se reía. Había muchas mujeres en el público e incluso se cruzaron de brazos mientras oían la sarta de sandeces. Mordisquito dijo algo que sacó de balance al público: “¿A poco se les olvidaron las sonrisas?”. Empezó a doblar la mano de manera exagerada e inició otro discurso homofóbico que no le cayó bien a nadie. Muchos de los asistentes eran homosexuales. Pero lo más extraordinario fue que el payaso tomó consciencia de su situación. Sacó un silbatito y con las palmas de la mano pidió el aplauso del público. Ahh, pensé, está aplicando un viejo truco para recargar la energía a los asistentes. Como una bandera de paz en la guerra, ondeaba el sombrero. Manos arriba, dijo, ¡arriba las mujeres! Algunas de las presentes trataban de ser amables, querían que sus hijos se divirtieran, pero el payaso estaba ya en complicaciones. Y, como si sacara un as de la chistera, preguntó, ¿a poco no hay hombres por acá? Se levantaron algunas manos. ¡Arriba los hombres!, gritó. Pero nadie le hizo segunda voz. Algo estaba mal, pensé, algo no funciona aquí. Los niños veían con azoro los malabares de este tipo que no lograba conectar con el público. De pronto, para sorpresa de los que atestiguamos el espectáculo, preguntó, ¿no hay mandilones? Alguien puso algunas risas grabadas en el celular y eso causó empatía en el público. El payaso llamó a los niños y los puso a concursar. Soltaba frases inapropiadas: “aprovéchate que es mujer”, “ya estás lista para tener novio”, o “¡Pégale!, ¿no ves que está gordo y no te va alcanzar?”. Lograba algunos avances para armonizar con un poco de humor la tarde, pero no funcionaba del todo en la tarea. Acabó la tanda de concursos y propuso un certamen más, esta vez de fonomímica. Hubo música de reggaeton, pero los padres no dejaron que las niñas dieran rienda suelta a los movimientos propios de este género musical.
Algo está cambiando, pensé, porque este hombre hace lo que años atrás generaba carcajadas, pero ahora, con un nuevo contexto, ya no es viable decir payasadas de la misma manera. Sin mediar ideas, entendí que esto pasaba con la literatura, porque había muchos puntos negros, muchos obstáculos en el camino, no porque ya no se podía escribir así, sino porque era más complicado lograr lo que antes provocaba un chiste como el de Mordisquito. Una risa fácil, una risa social, pero, ¿a qué costo?
Antes, un libro tenía la fortuna de ser publicado y de inmediato, dependiendo del punch social del autor, recibía halagos, buenas críticas en los medios de comunicación y, de manera aleatoria, invitaciones a festivales de lectura o ferias de libro. Pero aunque eso siga ocurriendo, un buen libro en cierta forma se conoce porque hay una red que le permite destacar: una editorial fuerte, un editor muy conocido, un autor con mucha gente alrededor, con mucha prensa o redes sociales bien manejadas. ¿Y la literatura?
A veces, como ya lo he dicho hasta el hartazgo acá, pero siempre vale la pena repetirlo: lo más importante es el proceso de escritura, no la publicación, no la obra consagrada por reseñistas ni por premios. ¿Por qué? Porque si no, estaríamos en la misma situación que nuestro ejemplar Mordisquito. ¿No valdría la pena disfrutar sólo el proceso de escritura? Yo, en la medida que me hago más viejo, sé que lo único importante son las fases de la escritura; lo demás, los ecos de la obra, son una validación y eso importa, pero no al nivel cero de la escritura. De lo contrario, sería como apostarle al humor de los lectores para validar nuestra inmensa fortuna de escribir un libro, porque escribir un libro es un riesgo, por ejemplo, uno intenta desarrollar una historia de amor, pero en el camino esa forma de entender el amor se transforma, y, sin duda alguna, a mí me parece que el caso del humor es igual. Porque todo cambia con el contexto. No se publicaría hoy una novela como El último tango en París, ni mucho menos al estilo de Juliette, del Marqués de Sade. Nuestro tiempo ha cambiado, pero no por ello dejará de escribirse algo así, aunque lo obvio es que uno se pregunté, ¿para qué escribir un libro que no va a publicarse? La respuesta no la sé, pero sé que el proceso es lo más importante. Aunque uno corre el riesgo de convertir al acto de escritura en una especie de meditación asistida y, siendo honesto, no me parece mal. Quizá sea una forma de acercarnos más a nosotros mismos.
Todo este asunto de Mordisquito me llevó a pensar que tal vez yo me he vuelto un gruñón, alguien que ya no se ríe de chistes tóxicos, ni machistas, ni homofóbicos, ni de los que hacen humor revictimizando a las víctimas. Ya no me rio de nada eso, sino de los que se burlan de un partido político hegemónico y creen que cambian el país, lo revolución, lo transforman; pero mi realidad no cede y esa versión de la “realidad política” me da una risa tremenda. Aún no sé bien el porqué.

@FederìVite