Anituy Rebolledo Ayerdi
Mayo 14, 2026
Iguanas
¡Puta madre!, estalla el coronel Silvestre Mariscal cuando le informan, la noche del 9 de mayo de 1911, que el coronel Manuel Centurión ha iniciado desde La Sabana la toma de Acapulco, acordada por ambos jefes maderistas para el día 15 del mismo mes. Mariscal, de la Costa Grande; Centurión, de la Costa Chica.
–¡Ya estará de Dios! –acepta resignado el profesor atoyaquense y toma una decisión: ¡Vamos , pues, a sacar a esos putos pelones (ejército federal) de Acapulco!
Los hombres de Mariscal se deslizan como iguanas por el acceso poniente al puerto. Han llegado a ese punto luego de eludir los disparos del cañonero El Demócrata, anclado a mitad de la bahía. Con tan mala puntería que los descamisados han aprehendido a “torear” los ruidosos obuses y así logran entrar a la ciudad cuando el reloj del Palacio Municipal marca las 2:30 de la madrugada.
Guiados más por el gruñido de las tripas que la mera intuición, los invasores descubren el mercado Zaragoza (hoy explanada Zaragoza) en el que llenan sus estómagos trasijados con todo lo que encuentran a su paso. Cuando los gallos inicien sus coros agudos, “seremos muchos, pero no muchotes”, discierne un guerrillero del Bajial del Cuitero (Atoyac), quien asume esta la narración:
“Los cuicos del Ayuntamiento empezaron a echar bala y nosotros a correr. Mi primo Tobías y yo fuimos a parar a un recoveco del mar al que llaman groseramente ‘panocha’ (Tlacopanocha). Nomás de ver aquella agua azulosa llena de espuma se nos antojó bañarnos. Tobías es gente de calicatencia pues ya acabaló el silabario de San Miguel, además de ser acólito de la iglesia de Atoyac de Álvarez. Él dice que el señor cura le asegura que por más bala que echemos nuestra suerte nunca cambiará. Que Diosito ya le dijo en secreto que los que nacemos jodidos vamos a morir jodidos… Yo me quedé pensando en eso y entonces le pregunté al primo: ¿entonces ya pa’ qué que seguimos peleando?, ¡mejor ya vámolos regresando al pueblo”!
Descamisados
–¡Treinta batallón: adentro!, ordena el capitán Pedro Ordónez a sus quince hombres, incorporados a las hostilidades en la calle Tabares (hoy Galeana). Serán sus últimas palabras pues un bala le desfigura el rostro para caer como regla. Lo releva el subteniente Alberto Mondragón, quien, cauteloso, ordena el repliegue de sus fuerzas hacia el puente del ferrocarril de la Mexican Pacific (Pie de la Cuesta con Aquiles Serdán).
El clarín
Un toque de clarín se escucha a lo lejos y al poco rato aparecen las tropas de refuerzo. Bajan del Fuerte de San Diego al mando del subteniente Alejandro Casas. Vienen dispuestas a desalojar a los descamisados de la calle San Diego (Galeana), parapetados en los gruesos pilares de sus corredores. (Los descamisados son llamados así por vestir calzón de manta arremangado hasta la rodilla, camisa atada a la cintura , carrillera y sombrero de petate arriscado. Han conseguido una caracterización teatral y de tal modo impresionante que asustan sólo verlos).
Fumando espero
El subteniente Casas incita a su hombres con arengas patrióticas pero aquellos se atoran como mulas en precipicio. Sólo cuando el joven oficial se lanza pecho tierra a mitad de la calle y en el colmo de la temeridad encienda un puro con toda parsimonia, será entonces cuando los soldados reaccionen arrojadamente hasta hacer correr a los rebeldes.
Los cañones del Fuerte, en tanto, no han dejado de lanzar andanadas contra los rebeldes, en tanto que el cañonero El Demócrata desembarca un contingente en la playa Hornos. Lo encabeza el teniente de navío Manuel Morel, cuya misión es combatir a los rebeldes de Centurión escondidos entre los palmares. El Demócrata cesará sus disparos para acoger a los familiares de los mandos militares.
Los heridos del bando insurgente morían donde caían por carecer de servicios de emergencia; contrario a los efectivos de la milicia, con servicios hospitalarios en el Fuerte de San Diego.
Ángela guardiana
En medio de aquella espantosa matanza surgirá una dama salvadora y así lo consigna el cronista Rosendo Pintos Lacunza. La presenta como Lucrecia L. viuda de Saldívar, quien se organiza con amigas para levantar a los heridos, aún en medio de las balas, para llevarlos a una casa abandonada en la calle La Paz, habilitada por ella misma como sanatorio.
La guerra
Los cinco mil habitantes de Acapulco viven momentos de terror sometidos primero al asedio de las fuerzas revolucionarias y luego a la guerra total librándose en calles y corredores de sus propios domicilios. El agua y los alimentos escasean, pero pronto el ingenio y la solidaridad crearán redes de distribución a través de los muy seguros patios traseros. Los residentes del centro abandonarán sus casas para cobijarse en zonas menos peligrosas como Manzanillo, Tambuco y Caleta.
Comunicación
La comunicación de boca en boca fluirá con eficacia en medio de aquel caos infernal. Las familias se informarán por ese medio sobre la suerte de parientes y amigos y en general de las atrocidades de las fuerzas beligerantes. Les dolerá saber, por ejemplo, que doña Susana García tuvo que ser sepultada en el patio de su casa porque nadie se atrevió a llevarla al panteón. Lamentarán, igualmente, conocer el deceso del veracruzano Enrique Peñaflor, contador de la Aduana Marítima, acribillado mientras auditaban los fondos bajo su custodia.
Un viva cuestionado
¡Viva la República!
¡Viva Madero!
¡Viva el comercio!
Tales fueron los vítores lanzados por las fuerzas de Mariscal y Centurión cuando abandonen Acapulco, compelidos en una acción envolvente del ejército federal. Extraño “viva al comercio”, a no ser que haya sido en honor de los Tres Casas Españolas, que todo lo dominaban en el puerto.
Mariscal
Silvestre Mariscal se repliega hasta El Pasito, mientras que Centurión toma rumbo hacia La Sabana. A las 2 de la tarde de ese 10 de mayo, recuerda Pintos, todo había terminado.
¡Chingada madre! –reprocha Mariscal– por las calentura del pendejo de Centurión nos partieron la madre el mero 10 de mayo!
La paz
Vuelta la paz, el coronel Emilio Gallardo, jefe de la guarnición militar, asumirá una conducta magnánima dejando en libertad a los prisioneros y proporcionando atención médica a los heridos. Sus datos sobre la “zafacoca” contabilizaban ochenta muertos y otros tantos lesionados así como el consumo de 20 mil cartuchos.
Ese mismo 10 de mayo, Francisco I. Madero establece en Ciudad Juárez su gobierno provisional y allá mismo se firma el convenio por la paz. Se le nombra presidente provisional y se convoca a nuevas elecciones. El presidente Madero designa gobernador de Guerrero al profesor Francisco Figueroa.
El convite
Acapulco sólo se dejará tomar con música y harto mezcal. El convite de la victoria arranca del Puente Alto a las 9 de la mañana del 2 de junio de 1911. Dos mil hombres componen la columna cuya descubierta integran 25 jinetes y la banda de música de Atoyac de Álvarez. Abre Silvestre Mariscal con su Estado Mayor, seguido de la infantería comandada por Valeriano Vidales y cierran los 400 jinetes de Julián Radilla.
Los acapulqueños
Los vivas y aplausos del público arreciarán al paso de acapulqueños y ente ellos Albino Lacunza, el médico Dustano Montano, Constancio Tancho Martínez, Amado Olivar, Antonio Fernández, Nicolás y Manuel Uruñuela, Fernando Heredia, Octaviano y Daniel Lobato y muchos más.
Con todo, la pesadilla para Acapulco no terminará. Tendrá que soportar a sus libertadores todo el tiempo que dure el licenciamiento del ejército popular –40 pesos por carabina y 15 pesos por cada machete– Dinero que, por cierto, aquí se quedará en fondas y cantinas.