EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Nos quitaron hasta el miedo

Silvestre Pacheco León

Junio 26, 2016

En efecto, en el centro de la ciudad de Iguala a finales del 2014 era notoria tanto la presencia de los agentes federales de la Gendarmería como de soldados del Ejército Mexicano, sin embargo los efectos de la violencia e inseguridad seguían su curso.
Los habitantes de Iguala y sus alrededores vivían temerosos todo el tiempo, y daban crédito a los rumores que se corrían sobre los criminales por más fantásticos crueles y descabellados que fueran.
Los horarios en la vida de los igualtecos cambiaron drásticamente porque a las 9 de la noche no había ya gente en la calle. Todos desconfiaban de todos, y hasta se hizo costumbre hablar en voz baja para que nadie escuchara en derredor.
La mayoría dejó de contestar el teléfono si no era de persona conocida, por aquello de las extorsiones.
Claro, no faltaron los padres de familia que bendijeron esa situación con el argumento de que así tenían seguros en casa a los hijos descarriados.
En nuestras pesquisas conocimos la historia del jefe de Protección Civil que se hizo temible en la ciudad. Utilizaba los vehículos oficiales para transportar droga, armas y secuestrados.
Lo compraron los sicarios con 2 mil pesos mensuales y dicen que se convirtió en su perro fiel trabajando para ellos más allá de lo que le mandaban.
Las historias que escuchamos acerca de la violencia nos puso nuevamente en estrés y cuando nuestra plática buscaba temas amables, inevitablemente nos asaltaban los hechos violentos.
Volvimos a ellos cuando Elba hizo referencia a la muerte de Arturo Hernández Cardona, el perredista asesinado de la manera más cruel y cobarde por su propio correligionario. Habíamos conocido a su esposa y conocimos su lucha valiente para que se haga justicia.
Para completar el cuadro, ése día recibí un mensaje de Adela avisándome que pronto regresaría a nuestra casa de Acapulco y que esperaba verme.
De un tiempo para acá, hablar con ella era también un problema de estrés porque inevitablemente surgía el tema de nuestra separación, con los reproches consabidos y las exigencias repetidas.
No supe cómo cambió mi actitud después de leer el mensaje pero mis dos amigas en seguida dieron acuse de él.
–¿Todo bien? Preguntó Suria casi de inmediato.
–¿Por qué la pregunta?
–Te cambió un poco el semblante, después de leer el mensaje, dijo Elba.
–Como que si la chispa que traías hubiera encontrado lo mojado. De pronto te has puesto serio y hasta pensativo, insistió Suria.
–Es producto del calor, hay que estar sosegado para sobreponerse, les dije riendo mientras salíamos a la calle del Huerto, en la iglesia de San Gerardo para atender una cita con otro grupo de familiares de desaparecidos.
Aquella cita nos dio luz sobre hechos que en los que ni Suria ni Elba, y menos yo, habíamos reparado.
–La maña sigue siendo dueña de Iguala a pesar de la policía federal, y su negocio somos nosotros. Los halcones siguen cuidando la ciudad y nadie piensa que los dueños de la plaza la van a dejar, dijo un hombre de mediana edad que formaba parte del grupo.
Apenas iba yo a contradecir sus opiniones que me parecían pesimistas y hasta alarmistas cuando, siguió diciendo:
–Seguro que ustedes ya traen cola, porque como luego se ve que son extraños en la ciudad, ya los de la maña los han de estar siguiendo, dijo en tono de advertencia.
Sin registrar en nuestro gesto preocupación alguna por lo dicho, continuamos escuchando sus tragedias repetidas, desde cuando se produjo la desaparición de alguno de sus miembros, su búsqueda, la indolencia e incapacidad de las autoridades para atenderlas, hasta la experiencia que cada quien vivía por la desaparición de un ser querido; primero tratando de encontrar indicios de su paradero, luego deseando que en cualquier momento alguien se comunicara diciendo que estaba vivo o viva, sin importar que quien hablaba lo hiciera exigiendo un rescate por su vida, porque a eso le juegan los secuestradores, al dolor de quien sufre la pérdida de un ser querido, porque siempre estará dispuesto a dar lo que sea con tal de verlo o verla de nuevo, al fin el dinero va y viene, pero la vida no se repone.
Lo terrible para cualquier familia es enfrentarse a la muerte de uno de los suyos, y más cuando agotó lo que tenía para verlo libre.
Muchas de estas familias vivieron el calvario de haber pagado el rescate para luego saber que se enfrentaron al juego macabro de los sicarios que recibieron el pago a sabiendas que habían dado muerte al secuestrado.
Recuerdo que cuando oí por primera vez aquella afirmación de alguien que sufría por un familiar desaparecido, diciendo que la acción criminal les habían quitado todo, hasta el miedo, me pareció una frase afortunada, pero nada más.
Fue hasta que estuvimos frente a esas personas, en su mayoría madres de familia, cuando entendí la verdadera dimensión de aquella frase.
–La acción de estas familias es mucho más valiente que la de los padres de los normalistas desaparecidos, porque en su tragedia desde el principio los 43 tuvieron un apoyo social amplio, dijo Suria.
–Sin embargo la organización de Los Otros Desaparecidos no hubiera sido posible sin el ejemplo de los 43, respondió Elba.
Cuando terminamos las entrevistas y nos alejamos me llamó la atención la presencia de un motociclista que no se separó de nosotros por varias cuadras. Eso le comenté a mis amigas que se sorprendieron cuando éste nos alcanzó y se emparejó a nosotros en la esquina del semáforo mirándonos sin pudor.
Para estar seguro de que nos seguía efectué la táctica que se recomienda en esos casos dándome vuelta rumbo al lugar de donde partimos. Cuando el sujeto se dio cuenta de que estábamos enterados de su presencia, no se inmutó, y sólo se alejó de nosotros cuando miró que era fotografiado.
No quisimos alarmarnos más allá de lo necesario andando por la ciudad, por eso cuando pasamos frente al Museo de la Bandera y Suria nos propuso bajar, lo hicimos de buen grado mirando en la esquina a la pareja de policías federales que vigilaban resguardados del calor bajo la sombra de un árbol de tamarindos.