EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Nostalgia por los autores confiables

Federico Vite

Mayo 26, 2020

 

En los albores del siglo XIX, el poeta Samuel Taylor Coleridge afirmó que al leer o crear poesía se concede la “suspensión voluntaria de la incredulidad”. Eso constituye una fe poética. Un buen ejemplo de esto es Rime of the Ancient Mariner (1798), de Coleridge, en la que el lector debe aceptar la historia del ‘Ancient Mariner’ al pie de la letra y asumir que está siendo partícipe de la verdad, aunque lo que ahí se cuenta sean las peripecias de quien navega en un barco explorando el océano y lenta pero inexorablemente se conduce a encuentros sobrenaturales.
Piense usted, por ejemplo, en La metamorfosis, de Franz Kafka o El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, de Robert Louis Stevenson. ¿Cree que todo lo que está ahí escrito es verdad? Bueno, esa es la tesis del poeta, el acto de fe que sirve como un mecanismo, un protocolo entre lector y autor, que vigoriza lo expuesto en el texto, aunque me temo que este concepto tiene mayor incidencia en libros de realismo mágico y, sobre todo, en historias de terror, pues los elementos sobrenaturales poseen una lógica propia.
¿Usted cree que un relato de vampiros homosexuales permita la suspensión de la incredulidad a un lector del siglo XIX? Estoy seguro que sí. De hecho, eso facilitó el nacimiento de un tópico que consumó a Drácula (1897) en best-seller atemporal. Recordemos que la tradición oral nutre a la literatura y que ese derecho de piso creado por Coleridge para establecer un acuerdo tácito entre ficción y vida es justamente lo que alimenta a muchos de los libros que hoy consideramos clásicos; los hermanos Grimm ilustran muy bien este aspecto.
Carmilla (1872), del dublinés Joseph Sheridan Le Fanu, se publicó por primera vez en la colección de cuentos de terror In a glass darky, editado por la empresa irlandesa Richard Bentley & Son. Me llama la atención que este relato, de 80 páginas, ponga sobre la palestra literaria el tema de los vampiros homosexuales en la época Victoriana.
Le Fanu narra la historia de Laura, una joven inglesa que vive con su padre en un castillo situado en el Ducado de Estiria. Frente a ese inmueble ocurre un accidente: el conductor de un carruaje pierde el control y el vehículo sufre averías. Quedan lastimadas dos mujeres: la joven Carmilla y su madre, quien pide al padre de Laura que dé asilo a su hija, pues ella tiene que continuar urgentemente con su viaje; promete volver por ella. Obviamente, el padre de Laura acepta la solicitud de una extraña. La relación entre Laura y Carmilla parece la de un cortejo. Laura (narradora de la historia) comienza a percibir que Carmilla la ve como a una amante. De hecho, prácticamente la seduce. La huésped duerme todo el día y se caracteriza por tener un humor inestable. Tiene constantes ataques de ira. Desde la llegada de Carmilla, Laura sufre terribles pesadillas. La falta de sueño y el estress menguan la vitalidad de la protagonista. La historia finaliza con una revelación: la verdadera identidad de la extraña visitante. Se trata de una noble llamada Millarca Karnstein, quien murió hace más de cien años y está enamorada de Laura.
Llama la atención el flirteo entre Carmilla y Laura. Un hecho que debió asustar a más de una consciencia victoriana, porque Le Fanu se atrevió a unir el vampirismo con la homosexualidad. Aparte de esa estridencia, técnicamente estamos ante un cuento, más que una novela. Seguramente sabe que Carmilla se vende como novela corta. ¿Por qué? Tácticas de mercado. Pero no me parece que sea una novela, de hecho, posee la virtud del cuento, está escrita para un oído, para que alguien escuche la historia; la novela, en cambio, es una artefacto distinto que prescinde de esa muletilla, puede o no estar anclada a esa deferencia hacia el lector; la novela es un corpus mucho más complejo y totalizador. El cuento, usted lo sabe, prefiere la incertidumbre. Diría, aprovechando la ocasión, que la novela dramatiza muchos sucesos que en la vida real suelen producirse de un modo más sencillo o irrelevante, sucesos que van y vienen y que se atropellan entre sí, que se suceden sin tregua, superponiéndose los unos a los otros, entre engañosas pausas que revelan lo incesante del tiempo. Las novelas trabajan el tempo; los cuentos se consuman gracias a la brevedad. La novela es metonímica, pues cada una de sus partes representa una totalidad; el cuento apuesta por un esencia metafórica, ofrece la posibilidad de significar, como en el caso de Carmilla, la noche, empresa difícil de lograr.
Me parece que el concepto “willing suspention of disbelief” expone muy bien su valía con Carmilla. Cuestión aparte es que Le Fanu merece más lectores. Ni duda cabe.
¿Usted cree que se debe conceder al gobierno la “suspensión voluntaria de la incredulidad”? A final de cuentas, estamos en un relato macabro, ¿o no?