EL-SUR

Sábado 20 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Nubladas, gélidas e intensas (Primera de dos partes)

Federico Vite

Mayo 15, 2018

Edith Wharton fue amiga cercana de muchos intelectuales de su tiempo. Henry James, Francis Scott Fitzgerald, Jean Cocteau y Ernest Hemingway fueron algunos de sus invitados, visitantes con quienes entablaba charlas extensas sobre la literatura. Su pasión era justamente la sobremesa; en especial, si los invitados acaban de publicar un libro, pues ellos, como autores, tenían la obligación de hablar del alumbramiento editorial, pero debían hacerlo desde la perspectiva del escritor, no como publicistas. Básicamente relataban las experiencias de su proceso creativo.
“Todo novelista que se concentra en su arte ha tropezado con temas como estos y se ha sentido fascinado por la dificultad de presentarlos con el máximo relieve y, al mismo tiempo, sin ornamentos añadidos ni trucos de ropaje o iluminación. Ese era mi cometido si quería contar la historia de Ethan Frome. […] El artista ha de sentir casi instintivamente estos objetivos fundamentales, los únicos que pueden formularse de modo explícito, y obrar en consecuencia, antes de que se introduzca en su creación ese algo más imponderable que hace que la vida circule por ella y la proteja de la decadencia”, eso nos dice Wharton a manera de confesión. Ella nos habla de su novela Ethan Frome (Charles Scribner’s Son, Nueva York, USA, 1911, 195 páginas), del reto que implicó animarse a contar algo que la obsesionaba. Antes de ponerse a escribir tuvo que formular, y responderse, una serie de cuestiones relacionadas con la chamba de gabinete: el quién, qué, cómo y dónde del relato (algo muy parecido a la chamba del reportero).
Wharton, quien aún no ganaba el Pulitzer con La edad de la inocencia (1920), tenía la idea de recrear la austeridad de una región, en este caso Starkfield, y con ello dar cuenta de la vida de Ethan Frome, un granjero muy trabajador que trata de sacar de las deudas y el deterioro a su finca. Atendió a sus padres enfermos, ahora cuida a su esposa, Zeena. Para sobrellevar los deberes de la casa llega la prima de la esposa, la joven Mattie. El lector ingresa a una región depresiva, en un ambiente reprimido. El frío, las nieve, los silencios, características de una ciudad que impone su humor a la mayoría de sus habitantes.
Ethan se enamora de Mattie, ella se siente atraída por él y aprovechan la ausencia de Zeena, quien va de visita a la ciudad para el chequeo médico de una enfermedad extraña. Más que enferma, Zeena es una mujer controladora, necesita que Ethan se haga cargo de todo mientras ella descansa, come y lee. Una especie de rutina de alta sociedad, aunque ellos no están en buenas condiciones económicas; de hecho, tiene apuros.
Ethan coquetea con Mattie, salen a pasear y tienen una muy buena cita. Zeena regresa y anuncia que Mattie debe irse, pues ya contrató a una muchacha más capacitada para las labores de enfermera y de sirvienta; además, la nueva llegará al día siguiente. Ethan trata de oponerse a esos designios. Llegada la hora de llevar a Mattie a la estación del tren ocurre una catástrofe que se explica desde diversos puntos de vista. Wharton fusiona las voces de la comunidad para narrar el accidente que condenó a Frome a una cojera que le frenaba los pasos, como el tirón de una cadena. “Había algo lúgubre e inaccesible en su rostro y estaba tan rígido y canoso que lo tomé por un anciano y me sorprendí mucho al enterarme de que solo tenía cincuenta y dos años”, así describe Wharton a su protagonista.
La novela comienza con una oración que propone el armado del rompecabezas: “Me contaron esta historia varias personas, poco a poco, y, como suele suceder en tales casos, cada vez era una historia distinta”.
A Ethan Frome lo golpeó el destino varias veces. Primero cayó su padre, un caballo lanzó una violenta coz que le dejó mal la cabeza: regaló todo el dinero que poseía. Su madre se volvió rara, enmudeció y quedó catatónica hasta su muerte. Zeena, prima de Ethan, se muda a la granja para cuidar a la madre. Ethan se casa con ella. Poco a poco se convierte en una mujer enfermiza y malhumorada. Entonces Mathie, la huérfana prima de Zeena, se muda con ellos. La historia va cambiando, tiene muchos puntos de vista que concurren en un hecho irrefutable: Pobre, Ethan.
Wharton creció en la clase alta de la sociedad estadunidense, así que se convirtió en una de las más astutas críticas de esa casta. Se empeñó en mostrar (La edad de la inocencia, por ejemplo) la ignorancia de los millonarios, recurrió con gran acierto a la ironía (no entendida como un chiste, o dos, para hacer reír al lector por efectos de acumulación, sino como una sistema morboso de contradicciones cuya intención es dar a entender algo muy distinto, o incluso contrario, de lo que se dice o se escribe) y vaya que la ironía era lo suyo.
Sus novelas fácilmente podrían leerse como ensayos sobre los usos y las costumbres de una parte de la sociedad que no conocemos. Son textos que poseen una gran hondura sicológica, una muestra de eso es justamente Ethan Frome, libro que obligó a Wharton a construir un idiolecto para nombrar lo que ocurre en Starkfield, enfoca la trama y el tema en una ciudad gélida, igual de fría que el corazón de los personajes.
Esa ciudad, insisto, no es amable con nadie. Agranda la tragedia de un hombre que no es capaz de hacer su voluntad y el verdadero asunto de esta pequeña joya literaria es que en tan pocas páginas Wharton logra la proeza de contar una historia que involucra a una comunidad. Un relato fragmentado que solo puede comprenderse a cabalidad con la participación de otros habitantes de Starkfield; un caso similar, en cuanto a la técnica utilizada por Wharton en Ethan Frome, es La ciudad blanca (Traducción Carmen Montes Cano. Anagrama, España, 2017), de la escritora sueca Karolina Ramqvist, pero de eso hablamos la siguiente entrega. Que tengan un amable martes.