EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Octubre

Silvestre Pacheco León

Octubre 15, 2018

En el pueblo las campanadas del reloj siguen en vigilia, y sólo la música que toca cada tres horas ha mudado de melodía. A las 6 de la mañana ya no se oyen las “mañanitas” como el mes pasado, sino la canción que el brasilero Roberto Carlos le compuso al papa, /Tu eres mi hermano del alma realmente el amigo/, seguido del canto de los gallos.
Al amanecer ya no se escucha en el patio el gorjeo de los pájaros que relevan el canto de los gallos, sino hasta que los rayos del sol calientan el ambiente y hace acto de presencia el chicurro, ese pájaro negro de pies a cabeza, con el pico curvo y torpe de movimientos, que vuela lento y resulta fácil presa para los chamacos que estrenan resortera. Su inconfundible ticuz/ ticuz/, avisa también que no está solo.
Más tarde aparece en el jardín la pareja de pájaros de cola larga y rojiza cuya clasificación no aparece en el libro de Aves de México. Son ruidosos y cantan con desgano, tiis, tiis tiis. Cuando descubren mi presencia vuelan hacia el cerro vecino.
Es octubre y en la Cañada ya no son los sembradíos de maíz lo que más atrae a la vista del viajero, sino las abundantes flores silvestres entre las que predomina el color amarillo. Se llaman acauclis, pericones y zacayahuiclis, todas ellas anunciando que está próximo el día de Todos Santos.
Los acauclis son plantas que llegan a crecer hasta 3 metros de altura, su tallo es de color verde, enhiesto y aterciopelado y quebradizo, mientras está verde es frágil al igual que sus flores.
El tamaño de sus flores suele ser de 3 centímetros de circunferencia, sus pétalos son uniformes y siempre en número impar.
El pericón tiene el estambre y pistilo de sus flores color negro, redondo y reluciente, como ojo de perico. Son plantas de medio metro, con el tallo correoso de color café que a diferencia del acaucli tiene sus pétalos un poco separados, pero igualmente circulares.
Ninguna de esas plantas silvestres, incluyendo la domesticada cempasúchitl son perfumadas, menos la zacayaucli que en sus flores pequeñas, amarillas y blancas traen impregnado con intensidad el olor del campo.
Mi amiga Susana sabe de eso porque es cliente asidua de los niños que en el camino a Chilapa ofrecen sus ramos casi regalados.
Estamos en el mes de octubre del que se dice que sus noches de luna son sin igual pero ahora con la lluvia, la neblina y el neblumo (como lo definía Octavio Paz), difícilmente se aprecia, y es que, como dice una vecina, el tiempo durante el mes seguirá igual, húmedo y lluvioso como efecto de la luna que está “colgada”
En este mes las ilamas, blancas y moradas llegarán a su fin, en cambio los “cuartololotes” que son una especio de nueces cimarrones de cáscara durísima comienzan a menudear en los puestos de la plaza.
La novedad de las plantas que alimentan son las vainas de los guajes domesticados que se venden en manojos y se comen abriendo sus vainas planas hasta llegar a sus pequeñas semillas con las que se acompañan las comidas de provincia.
Es octubre y junto a mi casa, las matas de Cempasúchitl también de flores amarillas que mi primo Beto ha sembrado para la fiesta, comienzan a florear. Con ellas y también con los blancas flores de los izotes se harán las cadenas y los ramos que adornarán los altares de ofrenda a los muertos convocados para la fiesta familiar en los primeros dos días del mes próximo. Esa fiesta que yo asocio con el patio tapizado de las amarillas y secas hojas de los árboles de mango que en octubre comienzan a cambiar follaje.
En la cañada los sembradíos ya han madurado. Las matas de maíz con sus hojas resecas así lo muestran.
En algunas parcelas las cañuelas desnudas lucen sus mazorcas como astas porque sus dueños continúan con la costumbre de “echar hoja”, como le llaman a esa vieja práctica de pelar cada mata de maíz haciendo manojos con sus hojas que de trecho en trecho prensan en el surco entre dos cañuelas que les sirven de contención.
Cuando las hojas estén completamente secas las recogerán en haces que amarran con “zoyate” una palma criolla que crece en matones en las laderas de los cerros, haciendo atados para guardarlos como pastura.
Esa vieja práctica de aprovechar cada parte de las plantas de maíz como forraje, era más común entre los campesinos poseedores de ganado quienes previendo siempre los tiempos críticos en el campo guardaban los manojos de hojas subiéndolos a los árboles y acomodados de tal manera que aún con la lluvia no se pudrieran.
Cuando no había árboles dónde subir la pastura, la acomodaban en las partes más altas de sus terrenos haciendo “batalanes” con ellos, en una especie de fortaleza que los protegía hasta del agua, porque cuando llovía escurría sobre las propias hojas de maíz.
Esa práctica, lo supe con los años, no era exclusiva ni de esta región y tampoco del estado, sino de muchos lugares del mundo donde los campesinos recurrían a su ingenio para enfrentar con éxito los problemas de supervivencia.
Recuerdo especialmente el cuadro de La siesta, del pintor neerlandés Vincent Van Gogh donde se miran, en un atardecer, dos campesinos que han terminado su jornada y descansan rendidos a los pies de uno de esos promontorios de pasto que han acomodado en la intemperie, mientras a lo lejos otros jornaleros más se dedican a la misma tarea, en un escenario donde el pintor dibuja un cielo agitado y oscuro con barruntos de tormenta.
Ahora en nuestro campo lo moderno y más práctico es cortar todo el rastrojo junto con la mazorca cuyos granos siguen siendo mal pagados, para molerlo y envasarlo en bolsas herméticas que se guardan como forraje para el ganado.
En la tarde nublada me entusiasma la amenaza de lluvia y con el propósito de disfrutar la tormenta en pleno campo, dejo la carretera para caminar entre los maizales rumbo a la finca de mi prima.
Voy llegando a mi destino cuando la lluvia que comenzó a caer en la ladera del cerro avanza en el llano con un rumor de espanto provocado con su choque con las milpas.
El cielo ya no truena, dicen los campesinos que es señal de que el temporal de lluvias se despide. Apenas traspongo la cerca cuando ya la lluvia me alcanzó. Llueve sin aspavientos, y aunque las matas de maíz ya no requieren de humedad, ahora son las guías de las calabazas las que crecen sin el estorbo de su sombra, apropiándose del espacio.
La lluvia llegó y mojó en un santiamén, luego se contuvo a pesar de que la nube no terminó de vaciar su carga.
Después sigue la lluvia. Llueve en silencio, sin ningún misterio, como en el principio de los tiempos y casi al oscurecer la neblina ha cubierto nuevamente los cerros.