EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Ocultar o reconocer la verdad

Jesús Mendoza Zaragoza

Diciembre 14, 2015

No sabe uno si reír o llorar, si enojarse o mofarse de los malabarismos que, a diario, hacen las autoridades cuando manejan las cifras relacionadas con la violencia. Que si bajó el número de muertos, que si disminuyeron las denuncias de secuestros, que si llega el turismo como una buena señal, en fin, lo que quieren decir es que sí están dando resultados las renovadas estrategias que diseñan para cada momento crítico. Este es un espectáculo que se ha vuelto fastidioso porque las cifras se manejan interesadamente para demostrar que están haciendo bien las cosas.
Este recurso retórico intenta ocultar la realidad cotidiana, y trata a los ciudadanos como imbéciles que se tragan cualquier discurso engañoso. El hecho es que no es posible hacer invisible la violencia en sus diversas formas, que salta por todas partes y cada día se vuelve más descontrolada. Es un hecho el que no se pueden esconder las miles de víctimas de esta crisis de inseguridad y de derechos humanos.
La realidad es cruda y cruel y tiene que ser reconocida como condición para ser transformada. Esconderla nada resuelve ni beneficia, al contrario, complica las cosas. Entiendo que las autoridades intentan construir la imagen de que tienen el control de la situación, cuando eso no corresponde a la realidad. Muchas de ellas viven disimulando las cosas cuando, al menos en los municipios, tienen que lidiar con las organizaciones criminales que les regatean el presupuesto y el poder mismo.
El discurso de las autoridades trata la violencia como un asunto circunstancial y anecdótico, como si fuera un juego entre policías y ladrones sin más. Trata la violencia como un asunto que está bajo control y hace creer que basta un golpe de suerte para resolverlo. Es un discurso irresponsable y de mala fe porque intenta engañar con cifras y datos manipulados.
Pero lo más grave es que el discurso gubernamental intenta ocultar la disfuncionalidad de las instituciones públicas, cooptadas por una corrupción histórica, que las hace incapaces de ofrecer soluciones de fondo y de largo alcance a los graves problemas del país. No funcionan para el desarrollo, no expresan la democracia y significan un fardo pesado para la sociedad que tiene que soportarlas en términos económicos y políticos.
Lo que intentan las autoridades ocultar con esta retórica es que están representando un papel ya escrito de una gran farsa. Simulan que su interés es el bien de México y que ponen todo su empeño en gobernar para la paz. Quieren ocultar que los municipios están en crisis y atrapados por dinámicas autodestructivas, quieren ocultar que el sistema político está podrido porque encumbra a los corruptos y desecha o margina a quienes son honestos y rectos. Quieren ocultar que los partidos políticos están amafiados contra el pueblo cuando simplemente se aplican a repartirse el poder. Quieren ocultar que están para servir a los dueños del capital que destrozan el país, su gente y sus paisajes. Quieren ocultar que no les interesan los pobres, ni los indígenas, ni los migrantes, ni las víctimas de las violencias, a quienes sólo reparten migajas cuando entregan despensas, televisores y demás.
Simular, mentir, engañar y ocultar la verdad son funcionales a la corrupción y a la violencia. Reconocer la verdad, así sea dolorosa, requiere coraje y honestidad. Reconocer que tenemos una sociedad descompuesta, es una acción saludable; reconocer que todos somos responsables de la descomposición social y de que nadie es inocente ante la situación dolorosa que tenemos desde hace años, es de elemental necesidad. Y reconocer que la clase política esta prisionera en sus mentiras, es el primer paso para hacer camino hacia la reconstrucción del país, de la sociedad y de la misma trama política.
Es preciso que las autoridades se bajen al nivel de los ciudadanos y se acerquen al dolor de las muchas miles de víctimas de la pobreza y de la violencia. Es preciso que rompan con el cómodo discurso simulador para que puedan encabezar a la sociedad en un esfuerzo por transformar nuestras comunidades, nuestras ciudades. Queremos ver a nuestras autoridades como nuestras aliadas naturales para curar tanto dolor y para poner las bases de la sociedad que necesitamos. Se necesita que larguen el miedo y respondan a la confianza que recibieron al ser elegidas para aliarse con el pueblo. Y que recurran a la reserva ética que hay en la conciencia de ellas y de todos los hombres y mujeres que desean participar en los cambios que el país necesita.