Ángel Aguirre Rivero
Abril 10, 2026
A veces se cree que la historia vive encerrada en los libros, en los archivos polvosos o en las ceremonias oficiales donde se repiten fechas y nombres. Pero no. La historia verdadera camina por los pueblos, se mete en sus calles, se siembra en la memoria de su gente y, con el paso del tiempo, termina explicando mucho de lo que somos. Lo digo porque Ometepec, mi tierra, no sólo es un punto entrañable de la Costa Chica; es también un lugar donde la nación mexicana dejó una de sus huellas tempranas y más significativas.
En 1813, en pleno fragor de la guerra de Independencia, José María Morelos pasó por Ometepec y expidió un decreto que ordenaba mantener la devoción a la Virgen de Guadalupe.
El decreto establecía la celebración de misas a la virgen de Guadalupe y que en los sombreros de los insurgentes deberían llevar una estampa de la virgen morena.
A simple vista, podría parecer un acto exclusivamente religioso. Pero sería un error leerlo así, desprendido de las circunstancias de su tiempo. Aquél era un país todavía inexistente, una patria apenas imaginada, una geografía sacudida por la guerra, el miedo, la persecución y la pobreza. Las tropas insurgentes avanzaban entre enormes precariedades, y en muchos lugares la incertidumbre era la única certeza.
La época estaba marcada por la violencia de una confrontación desigual. El dominio virreinal seguía siendo poderoso, las comunicaciones eran lentas, las regiones estaban aisladas entre sí y la idea misma de una nación unida apenas comenzaba a abrirse paso. En ese escenario, Morelos entendió algo que sólo los grandes conductores políticos alcanzan a ver con claridad: que no bastaba con combatir al poder establecido; había que darle alma al movimiento, sentido a la lucha, símbolos a la esperanza.
Por eso, cuando en Ometepec se firma aquel decreto, lo que emerge no es solamente una disposición devocional, sino una decisión política de enorme fondo. Morelos estaba hablando de identidad, de cohesión, de pertenencia. Estaba buscando un lenguaje común para un pueblo disperso, una referencia compartida para una sociedad que todavía no terminaba de reconocerse a sí misma. En otras palabras, estaba ayudando a construir nación.
Eso es, en esencia, la política en su sentido más alto: la capacidad de unir voluntades, de darle rumbo a una colectividad y de sembrar en la conciencia de un pueblo la idea de que puede ser más que la suma de sus fragmentos. Morelos comprendió que la insurgencia no sólo tenía que ganar batallas militares; tenía que ganar también el corazón y la imaginación de la gente.
Por eso no es menor que ese episodio haya tenido lugar en Ometepec. Para quienes somos oriundos de esta tierra, esa referencia histórica tiene un peso especial. Nos recuerda que la Costa Chica no ha sido un rincón distante del relato nacional, sino parte viva de sus definiciones más profundas. Aquí también se tejió la patria. Aquí también se pronunciaron decisiones que ayudaron a darle forma a México.
Esa es quizá la lección más poderosa que nos deja Ometepec en la historia: que las grandes transformaciones comienzan muchas veces en lo local, en lo aparentemente pequeño, en decisiones que con el tiempo adquieren una dimensión inmensa. Los pueblos se construyen con identidad, sí, pero también con organización. Con memoria, pero también con visión de porvenir.
Hoy, cuando tantas veces se habla de Guerrero desde el prejuicio o desde la tragedia, conviene volver la mirada a estos episodios. No para refugiarnos en el pasado, sino para recordar que esta tierra ha sido protagonista de la historia nacional. La Costa Chica no sólo heredó cultura, carácter y tradición; heredó también un sitio en la construcción de México.
Por eso, cuando se habla de Ometepec, yo no escucho sólo el nombre de mi lugar de origen. Escucho el eco de una historia mayor. Escucho el momento en que, en medio de la guerra y la incertidumbre, un hombre como Morelos entendió que para fundar una patria hacía falta algo más que valor: hacía falta identidad. Y esa semilla, sembrada en nuestra tierra, sigue viva hasta hoy.
Del anecdotario
“Con cinco hombres como él conquistaría el mundo”, dijo alguna vez Napoleón Bonaparte, impresionado por los triunfos militares del Generalísimo José María Morelos y Pavón, héroe a quien le profesó una profunda admiración.
Siempre evitó ser llamado “Alteza” o cualquier otro título; él prefirió ser llamado “Siervo de la Nación”, denominación que tomó –según se dice– del Evangelio según San Marcos: “El que quiera ser el mayor será vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos”.
Morelos tuvo dos hijos con Brígida Almonte: Juan Nepomuceno Almonte, a quien por cierto en 1813 el Congreso de Chilpancingo nombró general de brigada con tan solo 10 años. Con el paso del tiempo, Nepomuceno resultó un traidor al enfrentarse a Benito Juárez y murió en Estados Unidos. Su hija, Guadalupe Almonte, poco se sabe de ella; siempre apegada a su madre.
El 22 de diciembre de 1815, luego de recibir los sacramentos, Morelos fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec. Se dice que su última voluntad, antes de morir, fue comer un caldo de pollo.
La política es así…