Esthela Damián Peralta
Junio 23, 2026
Cada rincón de nuestro Estado tiene sus propios colores, sabores, memorias y aprendizajes, todos unidos por una misma identidad guerrerense pero con sus matices especiales. El corazón siempre se me llena de orgullo al sentir la calidad de nuestra gente. Esta semana tuve la fortuna de recorrer Ometepec.
Desde que llegué encontré a mujeres y hombres con manos extendidas y sonrisas sinceras. Me recibió un pueblo orgulloso de sus raíces, consciente de la enorme riqueza cultural que heredó de nuestro México prehispánico y decidido a preservarla para las nuevas generaciones. Hay algo profundamente esperanzador al encontrarse con comunidades que saben perfectamente quiénes son y hacia dónde quieren caminar.
A lo largo del recorrido, encontré que más allá de las diferencias, existe el deseo compartido de fortalecer el movimiento, de trabajar unidos y de construir objetivos comunes para continuar con la transformación de nuestro Guerrero. Esa convicción de que los grandes cambios solamente se alcanzan cuando se pone por delante el bienestar colectivo fue, sin duda, el común denominador de cada encuentro.
Tuve el gusto de saludar a comisarias y comisarios, regidoras, ganaderos, sacerdotes, mujeres y hombres que durante muchos años han dedicado su esfuerzo a mejorar el lugar donde viven. También encontré a morenistas de cepa, de esos que han sostenido la esperanza incluso cuando el camino parecía cuesta arriba, cuando mantenerse firmes a sus convicciones les podía causar hasta la muerte. Sus vidas nos recuerdan que las transformaciones profundas nunca son obra de una sola persona, sino de miles de ellas que trabajan con resiliencia, constancia y amor por su comunidad para dejar un mejor camino a sus hijas e hijos.
Uno de los momentos que más me conmovió fue conocer de cerca el trabajo de nuestras hermanas amuzgas. Observar cómo ponen una dedicación incomparable en la elaboración de sus huipiles es presenciar una auténtica obra de arte. Cada hilo, cada color y cada figura requieren una concentración admirable, una paciencia infinita y un conocimiento que ha sido transmitido durante generaciones. No existen dos prendas iguales porque cada una lleva impresa la historia de quien la tejió y de quienes estuvieron antes de ella.
También me mostraron sus bordados en chaquira y me hablaron del orgullo que sienten por conservar una tradición que forma parte de su identidad, ¿en qué momento dejamos que la sobreproducción en la industria textil nos hiciera olvidar la belleza de esto? El verdadero patrimonio de un pueblo no solamente se encuentra en sus edificios o en sus monumentos, sino en las manos de quienes siguen creando belleza con el mismo amor con el que lo hicieron sus abuelas y bisabuelas y ese talento merece ser reconocido no solamente en México, sino también por el mundo entero.
Después llegaron los sabores de la Costa Chica, entre los guisos preparados con cariño, las conversaciones sobre sus poetas, sus canciones y las historias que siguen dando identidad a esta tierra extraordinaria, pensaba en que no hay oficina, por grande e importante que sea, que sustituya una conversación que explique la realidad desde la mirada de quien la vive todos los días.
Me emocionó especialmente encontrar a tantas y tantos jóvenes que se acercaron con curiosidad, con preguntas y con ganas de participar, procuro decirles que nunca permitan que alguien les haga creer que sus circunstancias definen el tamaño de sus sueños. Yo también crecí enfrentando adversidades en mi amado Chilpancingo pero debo reconocer que, en muchas ocasiones, cuando tenía al lado de mi, personas que provenían de universidades de gran renombre, eso me motivaba a ser la mejor, y a poner el nombre de mi estado en alto.
Haber tenido la oportunidad de acompañar a la Presidenta Claudia Sheinbaum recorriendo nuestro país es algo que jamás habría pasado por mi mente cuando era una niña. Crecí en un entorno sencillo, con retos como los que enfrentan millones de mexicanas y mexicanos, pero con la firme decisión de salir adelante. Esa experiencia me recuerda todos los días que el origen nunca determina el destino. Lo hacen la disciplina, el trabajo constante y el compromiso con las causas en las que creemos.
Por ello siempre me identifico como una mujer de territorio, porque sé lo que significa abrirse paso con trabajo, con disciplina y con la convicción de que el esfuerzo constante termina dando frutos. Nada me entusiasma más que encontrar a Guerrero con ganas de construir.
Dice el poema del reconocido poeta Rubén Mora Gutiérrez: “No sé por qué te dicen Costa Chica, si es tan grande el amor con que te quiero”. Qué hermosa es la Costa Chica cuando se le mira desde quienes nunca dejan de luchar por su comunidad. Ometepec me deja sintiéndome profundamente arropada, agradecida por tanto cariño y con un compromiso todavía mayor: seguir construyendo un equipo cada vez más fuerte, más unido y más cercano a la gente. Gracias Ometepec, por tanta enseñanza, tanta profundidad y tanto amor.
Nos leemos el siguiente martes.
@EsthelaDamian