EL-SUR

Lunes 08 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Orgullo de pertenencia

Esthela Damián Peralta

Marzo 03, 2026

A veces decimos de dónde somos como si fuera un simple dato geográfico, pero decir “soy del estado de Guerrero, o soy del Estado de México, o soy del estado de Tlaxcala” no es solo ubicar un punto en el mapa. Es recordar el olor de la comida en casa, la música que sonaba los domingos, la plaza donde aprendimos a andar en bici, la escuela donde nos enseñaron a leer. El lugar de origen no es un dato, es nuestra raíz. Es el territorio donde crecimos, donde se formaron nuestros afectos, donde aprendimos lo que significa comunidad por que tenemos costumbres y tradiciones que nos permiten saber que son lo que nos genera amor, lazos comunes; el ejemplo más claro es nuestra bandera nacional.
El orgullo de pertenencia no nace de un discurso solemne, sino de lo cotidiano. De la abuela que con ese sazón inolvidable, de aquellos lugares que recordamos porque siempre tomábamos el autobús ahí, de la gente trabajadora que desde temprano encontrábamos en sus puestos y nos reconfortaban con un simple “buenos días”. Todo eso construye identidad.
En la arquitectura se habla de patrimonio tangible e intangible. El tangible es fácil de identificar: monumentos, kioscos, museos, playas, lagunas, edificios históricos. Es lo que se puede tocar y fotografiar. Pero el intangible es el que verdaderamente permanece en nuestras mentes y corazones: canciones, formas de vestir, maneras de hablar, historias que se repiten en la mesa, palabras u oraciones que son muy comunes en determinado lugar, ahora mismo me acuerdo de la frase de mis paisanos chilpancingueños “ora que cosa”, en la costa “hermano, brother “ en la Tierra Caliente “guache”, y otras más que muchos conocemos. Ese patrimonio invisible es el que moldea cómo nos vemos y cómo queremos que nos vean.
Y aquí vale la pena hablar con honestidad. Muchas y muchos jóvenes hoy encuentran identidad en estéticas y narrativas lejanas a sus raíces, y que giran alrededor del poder, del dinero rápido, de la ostentación, de la música que habla de armas o de lujos extremos. Nuestros jóvenes no necesariamente parten de una historia delictiva pero sí asumen una narrativa que parte de enaltecer las de otros. Muchas veces lo que hay es búsqueda de pertenencia. Es la necesidad de sentirse parte de algo que da reconocimiento, fuerza, una sensación de estatus.
No podemos juzgarlos de primera mano, sino hay que buscar entenderlos. Cuando una o un joven adopta ciertos códigos, lo que está diciendo es: “quiero importar, quiero ser visto, quiero ser parte”. El problema no es el estilo, sino el riesgo que aparece cuando esa identidad se construye alrededor de modelos que normalizan la violencia y en muchas ocasiones propician un lenguaje de intimidación.
Ahí es donde la conversación se vuelve más profunda. ¿Qué estamos ofreciendo como alternativa? ¿Qué referentes positivos están al alcance? Revertir estos fenómenos, sobre todo los que tienen que ver con el patrimonio intangible, depende de las familias, de las escuelas, de nuestros abuelos, de la gente del barrio, de los espacios donde convivimos y, por supuesto, de la política pública. Es un trabajo paciente, cercano, cotidiano.
Es en esta última parte que es justo reconocer que hoy existe una apuesta clara desde el gobierno humanista que encabeza nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum, al colocar a las juventudes en el centro a partir de garantizar sus derechos humanos. Cuando se amplía el acceso a la educación, cuando se fortalecen programas culturales y deportivos, cuando se recuperan espacios públicos, se está diciendo algo muy potente: ustedes importan, ustedes son parte fundamental de este país.
La Presidenta, desde que era Jefa de Gobierno en la Ciudad de México, ha insistido en que las y los jóvenes no son un problema, son la solución. Y esa frase no es retórica. Implica garantizar su derecho a estudiar esto con apoyo de programas sociales que ya están en la CPEUM, a expresarse en un grafiti urbano, a un concierto gratuito de artistas de primer nivel. Implica confiar en lo que la experiencia nos ha demostrado: si tienen herramientas desde sus lugares de origen, elegirán caminos que construyan y no que destruyan. Esa confianza es poderosa, porque cambia la narrativa: de la sospecha, el estigma, a la inclusión y esperanza.
En este momento histórico, el mensaje que se manda desde Palacio Nacional hasta el rincón más lejano de nuestro país es que el orgullo de pertenecer a México, en cualquiera de sus coordenadas, puede más que el miedo y la violencia. Ese orgullo resalta por el conocimiento de nuestros connotados profesionistas, artesanos, pintores, músicos, entre otros, la creatividad y la fraternidad de nuestro pueblo.
Nada es más transformador que una juventud que se sabe valorada. Que entiende que su lugar en el país no es marginal, sino central. Que descubre que el verdadero poder no está en la ostentación, sino en la capacidad de cambiar su entorno. En un gobierno que apuesta por un proyecto de nación con justicia social en todo lo ancho y largo de su territorio, las juventudes tienen un papel excepcional como protagonistas.
El orgullo de pertenencia ya no es solo la nostalgia de nuestro origen sino, sobre todo, la responsabilidad de dar a las siguientes generaciones un mejor país del que nos tocó y está tocando vivir. Es reconocer de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos. Si logramos que nuestras juventudes abracen su identidad desde la dignidad, el respeto, nuestros valores, la espiral de violencia pierde fuerza y México gana futuro.
Ellas y ellos están aquí para transformar al país, este gobierno humanista les permite el ejercicio real de sus derechos, esa transformación no solo es posible: es inevitable.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian