EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Pablo Casals en Acapulc

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 03, 2021

La undécima edición del Festival Pablo Casals se llevó a cabo en el fuerte de San Diego entre el 10 y el 22 de diciembre de 1960. En la imagen el célebre cellista agradece los aplausos durante una de las presentaciones de ese evento musical t Foto: Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia

El pesebre

Las nuevas generaciones acapulqueñas lo ignoran pero hubo en el pasado momentos en los que el nombre de Acapulco se asoció a lo más refinado de la cultura musical y no únicamente a la frivolidad y a la violencia. Una de ellas fue la celebración en el puerto de la undécima edición del Festival Pablo Casals –del 10 al 22 de diciembre, de 1960–. El estreno mundial del oratorio El Pesebre, obra cumbre del homenajeado, fue su momento estelar.
Los muros centenarios del Fuerte de San Diego, sede del evento, hicieron eco de la majestuosa interpretación a cargo de una orquesta sinfónica, un coro mixto y varios solistas, todos dirigidos por el propio violoncelista de 84 años. Una ejecución calificada como profunda, hermosa e impecable, ubicándosele desde luego como el acontecimiento del año en el universo musical.
Sobre El Pesebre se opinará: “Es una invocación, un canto a la paz y de amor a la humanidad. Una obra que habla de libertad de creencias y que busca la unión entre los humanos sin importar color o religión. Plena, además, de alientos y esperanzas por un planeta mejor, ajeno a los terribles conflictos que dividen al género humano”. Se dirá por ello que al entregar Casals su Pesebre a México, lo hacía como un acto de gratitud a nombre de todos los republicanos desterrados, él mismo.

Cruzada por la paz

El Festival Casals había a nacido 10 años atrás en Francia como una simple reunión de amigos para festejar el bicentenario de Juan Sebastián Bach. “Todos los compositores son montañas gigantescas, Bach es toda la naturaleza”, solía comparar Casals, autor del rescate de las suites bachianas para violoncelo solo, legándolas en grabaciones hoy legendarias.
Autoexiliado en Francia durante la Guerra Civil española, Pablo Casals no volvió a su patria mientras vivió el dictador Franco. Durante la Segunda Guerra Mundial no sólo se negará a tocar en Berlín, silenciará su instrumento para que Hitler ni ningún otro tirano lo escucharan. Será su amigo el violinista lituano Alexander Schneider quien lo convenza de abrazar nuevamente su instrumento, por la gloria de Bach.
Dos años más tarde de su estreno en Acapulco, El Pesebre se presenta en el Memorial Opera House de San Francisco. Allí su autor anuncia que dedicará el resto de sus días a una cruzada personal por la dignidad humana y la paz. Al año siguiente toca el oratorio en la sede neoyorkina de las Naciones Unidas, donde recibe la Medalla de la Libertad de Estados Unidos. Se la impone el presidente John F. Kennedy, quien 28 días más tarde caerá abatido en Dallas, Texas.

La undécima edición del Festival Pablo Casals se llevó a cabo en el fuerte de San Diego entre el 10 y el 22 de diciembre de 1960. En la imagen el célebre cellista agradece los aplausos durante una de las presentaciones de ese evento musical t Foto: Mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia

Guadalajara, su casa

Casals regresa a México en 1971 para ejecutar su obra mayor en Guadalajara, bajo la dirección orquestal de su paisano Enrique Gimeno. Invitados por él, ofrecen una gala benéfica dos de los más grandes músicos del siglo XX: el violinista Isaac Stern y el pianista Eugene Istomin. El chelista no resistirá la tentación de subir al escenario para tocar con ellos el Triple de Beethoven, haciendo de aquella una velada histórica, inolvidable. El chelista catalán viaja de México a Nueva York para estrenar en la sede de la ONU el Himno de las Naciones Unidas, de su autoría, que se convertirá en el Himno a la Paz. En la propia Gran Manzana dirigirá en el Lincoln Center un concierto único e irrepetible con la participación de 80 chelistas.
Los vecinos de Guadalajara acogen con cariño y orgullo al músico pacifista y él corresponderá haciéndola su tierra mexicana favorita. Recibirá de los jaliscienses la Medalla de Honor del gobierno de la entidad, inacabables homenajes municipales y el obsequio de una casa campestre a pocos kilómetros de la capital cuyo acceso es la avenida Pablo Casals.
La última vez que el músico visite la capital jalisciense, en abril de 1973, consigue entrevistarlo el reportero Enrique Loubet de Excelsior quien habla de un hombre con gran lucidez. Le dice que está en Guadalajara de descanso acompañado por su esposa Marta Montañez Martínez, portorriqueña de 36 años, quien fue su alumna y es hoy una destacada chelista. Y que su descanso es tocar, tocar, tocar.
A propósito de “tocar, tocar y tocar” una joven periodista estadunidense le había preguntado: “Mr. Casals: usted tiene 95 años y es el más grande violoncelista que jamás haya existido. ¿Por qué entonces practica más de seis horas al día?”. A lo que él respondió con humildad beatifica: “Porque creo que estoy haciendo progresos”.

Un retrato

Entrevistador inteligente y ameno Loubet retrata al maestro catalán: “Bajito, algo encorvado –lo que lo hace aparecer más pequeño aún, más frágil, más delicado–, se diría un hombre menor de los 96 años que declara. La suavidad sería su principal característica. Empero, sus manos son fuertes, vigorosas. Manos grandes de dedos largos, firmes, sólidos entre lo que más destaca es un anillo matrimonial. El escaso cabello es blanco y sólo las cejas permitirían adivinar que alguna vez fue rubio. Los ojos de azul pálido, algo desvaído. La frente despejada con pocas arrugas a cambio de múltiples lunares. La boca de trazo recto, de labios finos, que apenas se curva al sonreír. La voz aterciopelada las más de las veces, algún trueno en ocasiones”.

Pilar, su madre

Organista de la iglesia de Santa Anna de Vendrell, Cataluña, don Carlos Casals ya había diseñado el destino de Pau: “Será carpintero para que no sufra lo que nosotros subsistiendo apenas de la música”. Por su parte, la madre, Pilar Defillo, portorriqueña, ama de casa que cosía ajeno, se opondrá a la decisión del padre apoyando a Pablito en su temprana afición por el violín. Cuando a los 11 años el muchacho decida cambiar el violín por el cello será ella, doña Pilar, quien lo lleve a Barcelona para estudiarlo.
Tocando por dos pesetas en el Café Tost, de Barcelona, el nen Pau es escuchado un día por el compositor y pianista español Isaac Albéniz. Sorprendido por una vocación tan seria y temprana propone a la familia llevárselo con él para encauzar aquél enorme talento musical. Doña Pilar se opone porque ni Pablito ni ella soportarían la separación. Acepta, en cambio, una carta de recomendación del autor de la suite Iberia para el maestro de música de la corte española, misma que hará efectiva a su debido tiempo.

Los niños

Mi mayor aspiración –confesaba Casals– es que el mundo y sus dirigentes fueran inteligentes y buenos. Que hubiera talento y bondad en el trabajo de ellos para el bien del pueblo, que decidieran lo bueno para todos y no cedieran ante intereses ajenos. Creo que llegaremos a ello si se cambia la forma de hablar a los pueblos. Si se cambia, sobre todo, la manera de instruir a los niños. Aunque nunca los tuvo propios, los niños fueron tema y preocupación para el chelista genial, dedicándoles un poema que se ofrece al final de esta entrega.

Su amor por México

“No se olvide anotar mi intenso amor por México –pide Casals a su entrevistador Loubet. Sentí una gran emoción la primera vez que vine, pero muy particularmente en el estreno de El Pesebre en Acapulco. Es algo muy especial lo que siento cuando estoy en México, lo mismo me ocurre cuando estoy en Israel”.
Casals poseía únicamente dos chelos. Un Bergonzini Gofriler, de 1730, muy delicado, sensible a cualquier cambio de temperatura, conservado por ello en una cámara especial localizada en Nueva York. Lo trajo a México solo una vez, cuando tocó en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. El otro, un Derasey, de 1875, menos delicado, que lo acompañó a este puerto.

El Festival Casals en Acapulco

El Festival Casals en Acapulco convocó a muy importantes músicos extranjeros particularmente chelistas amigos y discípulos del maestro. Se celebró durante dos semanas en el Fuerte de San Diego, aprovechando las instalaciones de la Reseña Mundial de Festivales Cinematográficos. Música y danza fueron los temas del evento destacando en el segundo rubro el Ballet Folklórico de Yugoslavia y el Ballet Folklórico de México. Ambos deslumbrantes por la espectacularidad de sus coreografías y el colorido del vestuario.

Los virtuosos

Los chelistas reunidos en Acapulco eran atrilistas en las mejores agrupaciones musicales del mundo, además de ejercer un trascendente magisterio musical. Aquí hicieron gala de su virtuosismo:
Zara Beslova, canadiense de padres rusos, recibió enseñanzas adicionales del maestro Casals. Nacionalizada estadunidense fue solista en las grandes orquestas del país. Poseía un violoncelo Stradivarius, llamado El Marqués de Corberon fechado en 1726.
Leonard Rose, estadunidense de origen ruso, maestro del japonés Yo-Yo Ma, hoy uno de los más grandes chelista del mundo. Tocó muy joven bajo la dirección de Arturo Toscanini y a los 26 años ya era primer violoncelo de la Filarmónica de Nueva York. Su instrumento era un Amati de 1662.
Milos Sádlo, checo, también alumno de Casals y maestro de varias generaciones de chelistas en la Academia de Música de Praga. Hizo tríos memorables con el violinista ruso David Oistrakh y el pianista soviético Dimitri Shostakovich. Fue solista de la Filarmónica Checa.
Maurice Eisenberg, estadunidense de origen polaco. Fue chelista de la Sinfónica de Nueva York a los 18 años, alumno del maestro en París. Impartirá la clase Casals en la Ecole Normale de Musique de Paris, fundada entre otros por el propio chelista catalán.
Otro gigante de la música en el Fuerte de San Diego fue el pianista estadunidense de ascendencia rusa Eugene Istomin, cuyos tríos con el violinista Isaac Stern y el chelista Leonard Rose serán célebres. Quince años más tarde de su estancia en Acapulco contrae matrimonio con la viuda de Casals, Martha Montañez, a la sazón presidenta de la Manhattan School of Music. No menos virtuosos y virtuosas, la clavecinista Julieta Golsaetz, los violinistas Franco Ferrari, peruano, e Higinio Ruvalcaba, jalisciense, y los pianistas Alicia y Héctor Monfort y Carlos Vázquez.
Las voces solistas fueron: sopranos: Irma González, Enriqueta Legorreta, Amparo Guerra Margain y el niño Carlos Larios. La mezzo soprano Aurora Wodrow, la contralto Rosario Gómez. Los tenores, Julio Julián y Paulino Sheharrea; el barítono Roberto Bañuelos y el bajo Donald Mc Donald.

El deceso

Pablo Casals muere tranquilamente en Puerto Rico el 22 de octubre de 1973 a los 96 años de edad. Sus restos serán llevados años más tarde a su amada Cataluña, ya sin Franco.
El Pesebre será repuesto en diciembre de aquél año en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México. En un impresionante alarde tecnológico, el evento será trasmitido por televisión vía satélite a todo el mundo.

Niño eres una maravilla

Cada segundo que vivimos es un momento nuevo y único del Universo, un momento que nunca se repetirá. ¿Y qué les enseñamos a nuestros hijos? Les enseñamos que dos más dos son cuatro y que París es la capital de Francia. ¿Cuándo les enseñaremos también lo que son?

Debemos decirle a cada uno de ellos: ¿Sabes lo que eres? Eres una maravilla. Eres único. En todos los años que han pasado, nunca ha habido un niño como tú. Tus piernas, tus brazos, tus inteligentes dedos, la manera en que te mueves.

Puede ser que te conviertas en un Shakespeare, Miguel Ángel o Beethoven. Tienes la capacidad para todo. Sí, eres una maravilla.

Y cuando crezcas, ¿podrás entonces hacer daño a otro que como tú es una maravilla?

Debes empeñarte, debemos todos empeñarnos, para que el mundo sea digno de nuestros niños.

Pau Casals.