EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Palabra de general

Humberto Musacchio

Marzo 30, 2018

Habló el general Salvador Cienfuegos y habló bien. Rechazó que los integrantes de las fuerzas armadas sean criminales o abusivos, lo que ratificó el almirante Vidal Francisco Soberón, secretario de la Marina-Armada de México. Al respecto, cabe decir que los excesos y los actos delictivos que cometen algunos uniformados son acciones que de ninguna manera pueden atribuirse a las instituciones militares, sino a individuos con nombre y apellido, quienes deben responder por sus actos.
El secretario de la Defensa Nacional dijo también que no son represores, punto que merece alguna precisión. Desde luego, entre las funciones de los cuerpos castrenses de cualquier país están las de “contener, refrenar, templar o moderar” (a un eventual enemigo), sinónimos que le atribuye el lexicón académico al verbo reprimir. Otra cosa es la acepción negativa, por desgracia la más usual, que implica “contener, detener o castigar, por lo general desde el poder y con el uso de la violencia, actuaciones políticas o sociales”.
Lamentablemente, la ineptitud de las autoridades civiles, su indolencia y corrupción permitieron que la criminalidad se desbordara y, lejos de atacar el problema con los cuerpos policiacos, sanéandolos, capacitándolos y proporcionándoles los necesarios estímulos, Felipe Calderón, para legitimarse, decidió emplear a las fuerzas armadas en funciones que no son precisamente las suyas, sin considerar los daños que ocasionaría a la convivencia social y al prestigio mismo del Ejército y la Armada, que hasta ahora siguen en las calles. Por supuesto, una irresponsabilidad no se remedia con otra. Hoy, como lo advierten voces de diversas filiaciones políticas, en la lucha contra el crimen organizado no está el país para prescindir del apoyo de sus fuerzas armadas. No en el corto plazo, entre otras razones porque la guerra contra el narco ha causado una interminable fragmentación de las bandas, pues por cada cabeza que se le corta a la Hydra surgen varias, más peligrosas en cuanto que buscan protegerse de otras bandas, imponerse a ellas y dominar en sus territorios cooptando autoridades.
Ante el poder ubicuo del crimen, el remedio debe provenir de la política. Si en la guerra no se puede avanzar, resulta indispensable buscar otros caminos que no sean los de la fuerza, que siempre y en todos los casos debe ser la continuación por otros medios de la política, no su torpe y elemental sustitución.
Las fuerzas armadas tienen el respeto de la mayoría de los mexicanos. Son ellas las que acuden en auxilio de los damnificados por fenómenos naturales, las que llevan protección, ayuda, consuelo y cobijo a los desprotegidos en esos casos. No casualmente, en cada desfile del 16 de septiembre crece el aplauso a nuestros soldados.
Hay, desde luego, casos pendientes que conviene aclarar por el prestigio mismo de las instituciones castrenses. Las heridas de la guerra sucia de Luis Echeverría siguen abiertas y lo ocurrido a los muchachos de Ayotzinapa es una llaga en el México contemporáneo, pues en la noche triste de Iguala la principal responsabilidad cabe a corporaciones policiacas corruptas y sometidas a la delincuencia, pero sería bueno aclarar, por razones de salud pública, la extraña actuación del destacamento militar de la capital guerrerense.
Aclarar y precisar la actuación militar en casos tan sensibles sería la mejor manera de responder a quienes, como dijo el general Cienfuegos, quisieran distanciar a soldados y marinos del pueblo al que pertenecen. “Somos –agregó el secretario de la Defensa Nacional– el pueblo en uniforme militar… nunca criminales ni represores, nunca cobardes ni abusivos, nunca mediocres ni mentirosos, nunca desleales ni traidores”.
Esa lealtad al pueblo mexicano es herencia de nuestras luchas sociales. No hay que olvidar que el Ejército de hoy es el tercero de nuestra vida independiente, pues las fuerzas armadas que surgieron del Pacto Trigarante, por servir a la vieja oligarquía, fueron barridas de la historia durante las guerras de Reforma y lo mismo sucedió con el ejército porfirista, que se rindió en Teoloyucan.
A cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968, conviene recordar que en la matanza de Tlatelolco los soldados fueron recibidos a tiros por los elementos del Batallón Olimpia, que disparaban indistintamente sobre civiles y militares. Es otro hecho que requiere precisarse por respeto a las fuerzas armadas.