EL-SUR

Jueves 18 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Para desnudar las sombras

Federico Vite

Mayo 05, 2020

 

La obra narrativa de Amparo Dávila resiste sin problema alguno la relectura. Cuentos reunidos (Fondo de Cultura Económica, México, 2009, 298 páginas) aglutina Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1961), Árboles petrificados (1977) y Con los ojos abiertos (2008). Muchos de sus cuentos como El huésped, La celda, La señorita Julia, El espejo o Moisés y Gaspar destilan una juventud inaudita. No envejecen; de hecho, fácilmente podrían considerarlos como material reciente.
Durante su intervención, en 2008, en las conferencias que organizaba la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, Mujeres de letras, Dávila señaló algo que me pareció extraño y esas palabras ahora adquieren otra dimensión: “No creo en la literatura hecha a base de inteligencia pura o la sola imaginación, yo creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, lo que hace que la obra perdure en la memoria y en el sentimiento. Mi obra no es algo que yo fuera pensando, sino que fue saliendo. Y me siento muy afortunada, porque hay otras escritoras que no tienen el mismo reconocimiento que yo. Yo no escribo constantemente. Yo vivo mucho, intensamente; no dejo pasar la vida, sino que la gozo; pienso, medito y hasta que realmente tengo necesidad de escribir, escribo, pero no escribo compulsivamente como muchos escritores, sino que voy rumiando, meditando mis preocupaciones”.
Otro registro vital que ayuda a entender la obra de Dávila se encuentra en la entrevista que la autora brindó al Fondo de Cultura Económica en 2008, cuando esta institución inició la reunión de cuentos en un solo tomo: “Después del fallecimiento de mi hermano, me divertía viendo pasar los muerte”. Ella vivía en Pino, una región fría de Zacatecas, pueblo minero donde tuvo que sobrellevar el duelo por su hermano menor; padeció el ensimismamiento de su madre y la ausencia del padre, pero los sepelios eran su espectáculo predilecto. Atendía con azoro el paso de las carretas que transportaban los cadáveres. Era vecina del panteón regional. No es de sorprender, entonces, que los ejes temáticos de Dávila sean la locura, la soledad y la muerte.
De los cuatro volúmenes referidos, el que me parece más atractivo es Árboles petrificados, pues Dávila mantiene esa inquietante certeza que se define muy bien en una palabra alemana: Unheimlich. Es decir: todo aquello que debía permanecer oculto se ha manifestado. Es un término relacionado con la angustia, lo fantasmal y lo pavoroso.
Árboles petrificados tiene la doble fortuna de ser un libro con fieles lectores y de haber obtenido el premio Xavier Villaurrutia en 1977. Los cuentos ahí reunidos no tienen finales explicativos como en Arthur Smith o en Música concreta –donde hay una mención explícita a Acapulco, una postal emblemática en la que el jet-set nacional se reunía en estas playas doradas–; ni mucho menos, cuentos redundantes como Un boleto para cualquier parte o Alta cocina, incluidos en Tiempo destrozado. Con los ojos abiertos reúne el material menos riguroso; debió tener un segundo o tercer tratamiento.
Insisto: Árboles petrificados posee todas la cualidades de una narradora en estado de gracia. El lector se adentra en pesadillas ejemplarmente narradas con elegancia, una virtud insoslayable de Dávila. De los doce cuentos reunidos en este libro, destaco El patio cuadrado, El último verano, Griselda, Óscar, Estocolmo 3 y Árboles petrificados, todos ellos con proximidades a la poesía. Dávila inició como poeta en el continente literario y se nota el oficio de versificadora que posee. Densifica la trama de sus artefactos con la cadencia de la prosa; ejemplifico con el inicio del cuento que da nombre a Árboles petrificados: “Es de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen encima como el silencio que me aprisiona. Llueve. Escucho la lluvia cayendo lenta y los automóviles que pasan veloces. El silbato de un vigilante que suena como grito agónico”. Crea atmósferas tenebrosas e inquietantes que van desnudando lo extraño (Unheimlich), aprovecha la escasa luz de los escenarios, pero sobre todo, es de vital importancia enfatizar el valor de su voz narrativa, inusitada en nuestro continente literario. Sus oraciones son cortas, se expanden poco a poco, fungen como generadores de música. Describen una cotidianidad propia del costumbrismo, pero repentinamente presentan los seres que también habitan esos textos, eso tensa el relato. La irrupción de un elemento no realista es lo que detona el misterio –esa historia oculta que se revela lentamente– y genera una opresiva sensación de incertidumbre. Dávila consuma la proposición estética del libro ensamblando dos realidades: una, la valiosa, ignota y espectral; la otra, costumbrista.
Se negó a formar parte de grupos o sectas literarias; no quiso hacer una “carrera”, escribía por necesidad. “La literatura ha sido una larga y terca pasión amorosa en la cual he sido una amante inconstante, pero no infiel. Inconstante porque dejo de escribir mucho tiempo por circunstancias muy especiales, pero infiel no, porque sigo en eso, así como una larga y terca pasión amorosa”, señaló Dávila en aquella conferencia de Mujeres de letras y dejó en claro una idea recurrente en sus entrevistas: “Lograr un cuento es bastante complicado”.
La obra de Dávila me remite a Jesús Gardea, narrador que posee una prosa sumamente plástica, cercana a la poesía. Tampoco hizo “carrera literaria”. Eligió vivir en Chihuahua, lejos de la Ciudad de México y del bluff. Es un autor que también obtuvo el premio Xavier Villaurrutia con un libro de cuentos: Septiembre y los otros días (1980). Dávila y Gardea engrandecen el panorama narrativo. Si no se asoma a las páginas de estos dos escritores de primera línea, comente un error.
Con Árboles petrificados, Dávila muestra un método para dejar sobre el cuento un trozo de lo inefable. Algo arduo y complicadísimo.