EL-SUR

Sábado 02 de Marzo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Para leer al Pato Donald

Silvestre Pacheco León

Septiembre 18, 2023

A mediados de los 1970 en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM uno de los libros de texto para los estudiantes de sociología me llamaba la atención por su título: Como leer al Pato Donald, del sociólogo belga Armand Mattelart y de Ariel Dorfman, éste un escritor chileno argentino que vivió la experiencia de los mil días del gobierno socialista de Salvador Allende.
Ambos divulgaron las claves de la diseminación de la ideología capitalista a través de los personajes inventados por Walt Disney para reforzar en la niñez del continente americano la idea de que el sistema capitalista es inmodificable y superior a cualquier otro.
El texto Para leer al Pato Donald, publicado en 1972, fue de amplio dominio en la universidad, permitiendo en los estudiantes una visión más certera en la comprensión del papel que Estados Unidos juega en la dependencia de los pueblos.
Rico Mac Pato podía estar tranquilo acumulando el oro hasta el infinito, sin ningún cargo de conciencia por ese intercambio desigual de mercancías impuesto a los países dependientes o periféricos y a sus obreros explotados de manera inclemente gracias al ejército de reserva que se acumulaba por millones.
Estados Unidos creía que su dominio de la ciencia y de la técnica, que nunca es neutral, le autorizaba para cometer cualquier exceso como sucedió con la isla de Cuba que al deshacerse del dictador Fulgencio Batista los cubanos se vieron frente al bloqueo económico más atroz como castigo por decidir su destino.
Para el imperio norteamericano lo que había pasado en la isla de Cuba era un tropiezo que pronto corregiría castigando salvajemente a quienes no se sometían al “destino manifiesto” de su doctrina expansionista.
Pero lo que estos estudiosos sostenían en el libro era del pensamiento que ya tenían imbuido las nuevas generaciones latinoamericanas gracias al ejemplo reciente de la rebeldía guevarista y de los grandes pensadores revolucionarios. Ariel Dorfman había vivido los mil días del gobierno de Salvador Allende como uno de sus asesores, y en esa calidad salió hacia el exilio para volver en 1987 en cuanto Pinochet autorizó la repatriación de muchos chilenos que huyeron de la dictadura, sólo para volver a ser expulsado para no volver sino después que triunfó el plebiscito que alejó del poder al dictador.
Sin embargo, tan importante como el pensamiento de aquel libro que los estudiantes leían con avidez en las islas de Ciudad Universitaria, es el folletín que Ariel Dorfman escribió recientemente y que a un precio de 10 pesos cualquiera lo puede comprar en las librerías editado por el Fondo de Cultura Económica de la era revolucionaria de Paco Ignacio Taibo II.
En unas cuantas páginas el intelectual chileno argentino escribe su experiencia familiar para tratar de encontrar el origen insumiso de los jóvenes chilenos que han retomado aquella experiencia inconclusa de la Unidad Popular rota por la intromisión norteamericana a través de la CIA que creía invadido su patio trasero por el polo comunista de la Unión Soviética.
Esa experiencia intelectual de la dupla de investigadores me resultó tan interesante como la experiencia personal que Ariel Dorfman cuenta
En la colección Vientos del Sur y con el título Chile: Juventud rebelde, el intelectual argentino chileno explica lo que a su juicio está en el origen de la rebelde juventud de la patria de Salvador Allende y del poeta Pablo Neruda, la cual para bien o para mal ha de tomarse en cuenta vista la fuerza determinante que ha tenido en los cambios recientes en aquel país del Cono Sur visitado recientemente por Andrés Manuel López Obrador para participar como invitado en la conmemoración de los cincuenta años del bombardeo castrense al Palacio de la Moneda donde murió el presidente Salvador Allende quien también después de varios intentos fallidos logró el apoyo de la mayoría de los partidos progresistas para estrenar en el continente la vía pacífica al socialismo.
La experiencia que cuento de Ariel Dorfman la vivió a partir de su regreso a Chile después del triunfo del NO contra Augusto Pinochet en el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Lo hace en el personaje de Rodrigo, su hijo mayor dedicado al cine quien de manera intermitente y desde el exilio regresaba a su país donde por un año se dedicó a filmar las diversas experiencias que vivían los grupos de resistencia que jamás habían abandonado la lucha por la igualdad y la justicia que proclamaba el programa socialista de la Unidad Popular.
Cuando la familia Dorfman llegó a Chile para instalarse en su capital, la ciudad de Santiago, donde antes vivieron, se encuentran con que Rodrigo había decidido salir del país justo cuando ellos llegaban. El joven que acompañó en el exilio a sus padres cuando tenía apenas siete años decía que se regresaba a Estados Unidos por largo tiempo para disfrutar de una beca que le ofrecían para estudiar un doctorado.
La razón de fondo era que el muchacho se encontraba consternado y deprimido por las escasas oportunidades que había en el país para el desarrollo de los jóvenes. La represión, marginación y desdén que los mayores y las instituciones ejercían contra la juventud era el sello del régimen que encabezaba el derechista y aristocrático banquero Sebastián Piñera que después de dos periodos de gobierno dejó el poder apenas en el 2022.
Desde luego que los privilegios de un joven preparado como Rodrigo, con pasaporte y dinero para viajar, eran recursos que la inmensa mayoría de los chilenos demandaba pero no tenía, lo cual expresaban como inconformidad y protestas en las calles y plazas reclamando lo que les pertenecía y por lo que habían luchado
Sucedió en el mes de octubre en Santiago en el año 2019 cuando el gobierno de Sebastián Piñera decidió un aumento de 30 pesos en el pasaje del metro. La reacción juvenil en contra de la medida se conoció como la “evasión masiva” que consistió en no pagar nada y saltarse los mecanismos que controlaban el pago.
El autoritario gobierno de Piñera reaccionó violentamente con la policía por delante con toda la prepotencia mostrada en su propia definición como “hijos de Pinochet”.
La actitud natural de los jóvenes, salvo por algunos grupos de lúmpenes que se dedicaron a saquear negocios fue de agravio porque habiendo sido los que más aportaron para la caída de la dictadura seguían siendo mal tratados, hasta que su radicalismo los llevó a plantearse la creación de una nueva Constitución
Pero la experiencia más desgarradora fue la que Rodrigo le contó a sus padres sobre el mal trato de la policía que actuaba cobijada por la advertencia de Pinochet: “Si me tocan a alguno de mis hombres se acabó el Estado de derecho”.
Rodrigo y dos de sus amigos habían sido detenidos cuando en defensa de una pareja de jóvenes que la policía detuvo por el delito de estarse besando en la calle eran llevados a la comisaría. Como les parecía una actitud agresiva, autoritaria e injusta quisieron impedir el arresto hasta que uno de los uniformados puso amenazante la punta de su arma en la cabeza de Rodrigo, advirtiéndole si quería que las cosas se resolvieran por la buena o por la mala. Todo terminó llevándose a los cinco a la comisaría donde había no menos de cincuenta detenidos entre drogadictos, vagos y rateros.
El siguiente paso era mandarlos a la penitenciaria de donde era mucho más difícil salir.
A los defensores de la pareja los salvó la actitud de Rodrigo quien después de observar al jefe de la comandancia, un hombre blanco de ascendencia europea le habló quedo diciéndole que le ayudara, que los dos eran blancos con ojos de color y que se veía que ambos estaban en ese lugar sin merecerlo, que le permitiera pagar la multa para dejarlos libres, lo cual les salvó de ir a la penitenciaría pagando la multa de 60 dólares.
A ese ambiente aducía Rodrigo cuando dijo a sus padres que si no se iba de Chile moriría irremediablemente, pues no estaba educado para saber cuando callar ante una injusticia.