EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Para una arquitectura de la paz

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 03, 2022

Para la celebración anual de la Jornada Mundial de la Paz que la Iglesia católica realiza cada primer día del año, hay un mensaje específico en el que el Papa aborda algunos temas que se consideran de particular relevancia en los contextos específicos de cada tiempo. Para este año, en su edición número 55, Francisco propone tres componentes para construir una paz duradera: el diálogo intergeneracional, la educación y el trabajo, destacando algunos aspectos de cada componente. El contexto de la pandemia que ya va para dos años, ha visibilizado algunos aspectos de cada componente. Puede ayudarnos un análisis y una reflexión a partir de nuestro contexto mexicano para ponderar la manera de ver y de intervenir para construir la paz en nuestro país.
El diálogo, como primer componente de esta arquitectura de la paz, tiene un adjetivo: entre las generaciones; en cuanto que la paz es posible como proyecto compartido entre generaciones. Habla Francisco del binomio jóvenes-mayores, como aliados que requieren de una confianza básica, más allá de las brechas generacionales que se han ido conformando en los últimos tiempos, lo que “significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida”.
Señala Francisco que, por un lado, “los jóvenes necesitan la experiencia existencial, sapiencial y espiritual de los mayores; por el otro, los mayores necesitan el apoyo, el afecto, la creatividad y el dinamismo de los jóvenes. Los grandes retos sociales y los procesos de construcción de la paz no pueden prescindir del diálogo entre los depositarios de la memoria –los mayores– y los continuadores de la historia –los jóvenes–”.
El diálogo entre generaciones tiene el potencial de arraigarnos en el presente con el fin de frecuentar el pasado para aprender de la historia y para sanar las heridas que no nos permiten avanzar, y también para frecuentar el futuro alimentando el entusiasmo, haciendo germinar los sueños y haciendo florecer las esperanzas.
Necesitamos una mirada intergeneracional para tratar los temas fundamentales para el desarrollo del país. La cultura del diálogo es indispensable para responder a los grandes desafíos actuales, porque escuchándonos y caminando juntos conjugamos perspectivas diferentes para encontrar medidas acertadas para el bien de todos. Y es necesario que haya una visión intergeneracional para responder a las necesidades de las siguientes generaciones aprovechando la sabiduría y la experiencia de las generaciones anteriores.
Quiero señalar que, para el caso de México, es indispensable reconocer a los pueblos indígenas como “nuestros mayores”, nuestros ancestros como pueblos, como culturas, como guardianes de una sabiduría de cientos de años. Los pueblos indígenas tienen muchas cosas que decirnos acerca de la construcción de la paz y hay que reconocerlos como protagonistas y no solo como destinatarios de programas gubernamentales o de iniciativas sociales. Escuchar la sabiduría de esos pueblos que no han entrado a las dinámicas de la modernidad, significa que son portadores de formas de convivencia pacífica que tenemos que recuperar.
La educación como segundo componente para construir la paz viene a ser algo así como su motor. Es factor de libertad, de responsabilidad y de desarrollo. Se trata de la construcción de la subjetividad social que responsabiliza a los ciudadanos de su entorno ambiental y social. Mediante la educación se enriquece el capital humano, indispensable para el desarrollo y para la democracia. Una de nuestras más graves deficiencias a la hora de promover el desarrollo y de construir la paz está en que las personas no están dotadas de capacidades y de habilidades pacificadoras que nos manifiestan que las transformaciones económicas y políticas suelen ser inconsistentes.
Mediante la educación se edifica una cultura competente para mirar a lo lejos y para desarrollar procesos sostenibles hacia la paz. Una cultura de paz implica todo un camino de aprendizaje, un estilo de vida y una ética coherentes con la paz que se construye. El modelo educativo vigente aún no tiene la capacidad de convertir a las personas en artífices de la paz. Más que formar personas sigue formando operadores que satisfagan las necesidades insaciables del mercado laboral. Para que la educación cumpla con su papel transformador en el país, necesita transformarse a sí misma y convertirse en un factor de personalización y de socialización para el desarrollo y para la democracia.
Es penoso ver que en México y en el mundo, los presupuestos para la educación vayan disminuyendo a la vez que los presupuestos para las fuerzas armadas crecen de manera preocupante. Y es penoso también que la educación se ve más como un gasto que como una inversión, y la mejor inversión.
El trabajo es un factor indispensable para construir y mantener la paz; es expresión de la persona misma y de sus propias capacidades. “En esta perspectiva marcadamente social, el trabajo es el lugar donde aprendemos a ofrecer nuestra contribución por un mundo más habitable y hermoso”, dice Francisco. El gran tema para la construcción de la paz es el trabajo, como expresión de la dignidad humana. Según Francisco es un componente fundamental. “Lo verdaderamente popular –porque promueve el bien del pueblo– es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas” plantea. El trabajo es una expresión básica de la persona que interviene con todas sus capacidades y todo su potencial para mejorar el mundo.
En este sentido, esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna. Por ello insiste Francisco, en que “ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo”. Por más que cambien los mecanismos de producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Con condiciones laborales deficientes se anula la creatividad y el potencial de los trabajadores.
“Porque no existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo. En una sociedad realmente desarrollada el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsable en el perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo”, dice Francisco en su Carta Encíclica Fratelli Tutti (162). Esta afirmación de Francisco no puede caber en la concepción neoliberal del trabajo, que es visto como una simple mercancía. Con trabajos dignos se dignifica a los trabajadores y se les abre las puertas para dar su contribución para la paz desde sus mismos puestos laborales.
¿Cómo hacer confluir estos tres componentes para que puedan sostener procesos de construcción de paz en el país? ¿Cómo poner bases sostenibles para la paz, a partir del diálogo, de la educación y del trabajo con una visión humanista y humanizadora? ¿Qué hay que empezar ahora para que esto suceda? ¿Cómo cambiar nuestra visión de la paz, más allá del concepto de seguridad pública que prevalece en las instituciones gubernamentales, sociales y privadas? ¿Cómo mirar la paz desde la perspectiva de los derechos humanos, como un resultado del respeto a la dignidad humana y de la garantía de todos los derechos para todos?