EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

¿Partido de la gente decente?

Humberto Musacchio

Octubre 12, 2017

Con Leonardo Curzio, María Amparo Casar y Ricardo Raphael, por la libertad de expresión.

Tiempos hubo en que los azules se decían miembros del “partido de la gente decente”. Hoy, habiendo quedado atrás la “brega de eternidades” a la que se refería Manuel Gómez Morín, el PAN ha probado las mieles del poder y los buenos modos están olvidados.
Hace apenas un mes, Luisa María Calderón, hermana de Felipe, comparó a Ricardo Anaya con Andrés Manuel López Obrador, lo que dentro del panismo constituye una ofensa mayor que otra comparación que también le endilgó la Cocoa al presidente del PAN, a quien equiparó con Adolfo Hitler. Lo anterior, grave para cualquiera, no lo es tanto en Acción Nacional, partido fundado, entre otros personajes, por varios admiradores del führer y propagandistas del régimen nazi.
Doña Luisa María declaró que en el PAN “ya no hay libertad, no hay imparcialidad y no hay certidumbre”. Sin embargo, en varias épocas se marginó o excluyó a quienes defendían opiniones diferentes a las que sostenía la dirección. Baste recordar que a principios de los años sesenta resultaron segregados quienes intentaron convertir al PAN en un partido democristiano, lo que finalmente consumó la dirección auriazul en 1998, precisamente cuando Felipe Calderón encabezaba el comité ejecutivo nacional. Si fuera necesario abundar, está el caso de José Ángel Conchello, expulsado en 1978; el del Foro Doctrinario, con el cual abandonaron el PAN militantes tan distinguidos como José González Torres, Pablo Emilio Madero, Jesús González Schmall, Bernardo Bátiz o Jorge Eugenio Ortiz Gallegos; o, para no ir más lejos, la grosera defenestración de Manuel Espino a manos de Felipe Calderón.
Por su parte, Margarita Zavala se erigió en mentora cuando declaró a Pascal Beltrán del Río que ella le daba “clases de autonomía, de independencia y de oposición” a Ricardo Anaya. El siempre gris José Luis Luege le entró a la cargada contra el líder azul, al que acusó de “autócrata” y de ser “como el Espíritu Santo, como un dios” al que los militantes no pueden ver –¿por odioso?–, pues “está siempre metido en su búnker” y “sin avisarle a nadie aparece con Alejandra Barrales firmando (sic) un frente”.
Fernando Herrera, coordinador de la bancada del PAN, se refirió a la pandilla calderonista como “los corderos del PRI”, pero lo que desató una feroz andanada de improperios fue una declaración de Ernesto Ruffo, quien dijo que con la salida de Margarita Zavala se iba “la pus” (así, en femenino, quizá por consideración de género). El ex gobernador de Baja California no fue muy lejos por la respuesta, pues Javier Lozano, siempre dispuesto a embestir, desató la feria de adjetivos (¿o eran sustantivos?) al decir que Anaya era “mentiroso” y “traidor” y que Ruffo venía a ser el “fiscal carnal” del primero “para dejarlo impune de sus excesos y actos de corrupción”.
Salvador Vega, secretario de la Función Pública durante el sexenio calderoniano y hoy senador, llamó a Ruffo “doblemente cobarde. Primero por insultar a una mujer y, segundo, por no tener pantalones”. Luego, dirigiéndose a Ruffo, siguió: “Y si te refieres a nosotros los senadores y quieres hablar de pus, pus chingas a tu madre” (¡ejem!). Por su parte, el también senador Jorge Lavalle le llamó a Ruffo “tipejo” y “patán” e incluso amenazó con llegar a los terrenos del Marqués de Queensberry, pues dijo: “Si te veo en el grupo no dudes que te meta un madrazo”.
En fin, un espectáculo que refleja fielmente la degradación en que está sumida la política mexicana, al menos gran parte de ella, pues en Chetumal, el senador y ex gobernador priista de Quintana Roo, Félix González Canto, se encontró con Julián Ricalde Magaña, secretario quintanarroense de Desarrollo Social, a quien le asestó una bofetada al tiempo que le gritaba: “¡A mí me respeta, pendejo!”, a lo que el agredido respondió con un “A mí no me pegas”, y le asestó un par de jabs al senador, quien tomó una silla para corresponder al púgil, pero éste se le adelantó para colocar otro par de golpes en el rostro del ex gobernador, quien salió del salón como el caballo blanco del corrido, con la boca sangrando.
En suma, entramos a una época en que las controversias políticas se dirimen con insultos y golpes. Quizá por eso El Bronco, al ir a registrarse como candidato independiente, llevó en su séquito a Julio César Chávez. No fueran a armarse los trompones.