EL-SUR

Miércoles 01 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Pasos autócratas

Raymundo Riva Palacio

Junio 09, 2006

Moscú. El otro día, cuando el presidente Vladimir Putin hablaba ante mil 700 dueños y directores de periódicos de 110 países reunidos aquí, tras escuchar una crítica por sus tentaciones para controlar la prensa un par de bolcheviques nacionalistas se colaron al teatro del Estado en el Kremlin y le gritaron que era un verdugo de la libertad. Sin inmutarse, el controlado líder ruso bromeó: “Los bolcheviques no dejan de estar aquí presentes de diferente manera”. En el mismo lugar donde Mijail Gorbachov negoció el fin de la Unión Soviética, refutó a sus críticos y dijo que sin libertad de prensa, las “grandes transformaciones de los noventas habrían sido imposibles”. Después de todo, agregó con ironía, “esas pequeñas críticas que nos han hecho ahora, hubieran sido imposibles hace unos cuantos años”.
En eso último tiene razón. El estado policial del viejo régimen comunista es cosa del pasado y la censura, como se conoce en la aplicación más plástica del concepto, ha desaparecido. Sin embargo, eso no significa que los avances democráticos de la última década mantengan su paso hacia delante. Por el contrario, una serie de acciones en el último año alimentan la idea de que Putin está refundando el Estado autócrata, mediante el apoyo a los regímenes autoritarios de Belorusia y Uzbekistán, restricciones a las exportaciones de gas a Georgia, Moldova y Ucrania que se han ido acercando a Occidente, venta de armas a Irán, Siria y Venezuela, y la consolidación de su control sobre toda la industria de hidrocarburos. Pero lo que más preocupa es la forma como ha ido acotando la libertad de prensa y acabando con los medios independientes.
Una prensa libre es fundamental en la transición y consolidación de la democracia, y una prensa vibrante es parte esencial de una sociedad sana. Putin se presentó aquí como un hombre que tolera y estimula esa libertad que ha estado ausente casi en toda la historia de esta nación, pero los hechos desmienten su dicho. La mayoría de los periódicos están en manos de grupos financieros cercanos al Kremlin y los diarios regionales dependen de las autoridades locales para su supervivencia. Aunque algunos directores de periódicos han optado por dejar de realizar investigaciones y tocar temas espinosos como reportar sobre la disidencia, los procesos electorales o sobre países como Irán y Belorusia ejerciendo la autocensura para evitar el ataque gubernamental, el control que ha venido retomando no es como en el pasado, con golpes de mano, amenazas y represalias, sino a través del cambio de propiedad en los medios.
Desde 2001 se ha venido dando esta política, comenzando por el control que tomó la gasera gigante del Estado Gazprom, de Segodnya, el periódico más importante de lo que fue el importante grupo de comunicación de Vladimir Gusinsky. Gazprom cambió la cobertura agresiva de los asuntos políticos y despidió a todos los periodistas de su semanario Itogi. Gazprom siguió de compras el año pasado y adquirió Izvestia, que por años se distinguió por ser el mejor escrito, el de mayor densidad intelectual y el que seguía la intelligentzia. Tras ser absorbido por la paraestatal se convirtió en un diario amarillista que ignoraba los asuntos políticos. Igual camino se teme que siga el periódico más leído en Rusia, Komsomolskaya Pravda, con una circulación superior a los 8 millones de ejemplares diarios, y que se encuentra en la mira de Gazprom.
Otro periódico que fue independiente y prominente en los primeros años de la apertura política, Nezavisimaya Gazeta, cambió el tono de su cobertura crítica al Kremlin en forma abrupta inmediatamente después de que cambió de propietario en agosto pasado. Konstantin Remchukov, en ese momento consejero del ministro de Desarrollo Económico y Comercio, utilizó a su esposa como testaferro para adquirir el periódico de Boris Berezovsky, quien fue perseguido por Putin hasta obligarlo a exiliarse en Londres. Con él lejos, su otro periódico, el cáustico Kommersant, una de las pocas voces independientes que restan, está a punto de ser comprado por el hombre más rico de Rusia, Roman Abamovich, dueño de acereras y leal a Putin.
Moskovskiye Novosti y Novije Izvestia también eran dos periódicos prominentes donde la investigación era parte de su rutina, hasta que fueron vendidos recientemente, por problemas financieros, y sus nuevos propietarios eliminaron la crítica al Kremlin y comenzaron a publicar más infoentretenimiento que noticias. Similar recorrido siguió una de las publicaciones con mayor prestigio desde antes del colapso de la Unión Soviética, el semanario Argumenty i Fakti, controlado actualmente por Promsvyazbank –al igual que el periódico Trud, que pertenecía a las Fuerzas Armadas soviéticas–, un banco relacionado con Sergei Pugachyov, un banquero y miembro del Consejo de la Federación, vinculado asimismo al Kremlin.
De la radio y la televisión, ni hablar. Lo que fue un espacio vital para combatir la corrupción gubernamental y denunciar a las mafias que se estaban apoderando de Rusia, hoy son voces apagadas que sólo hablan la melodía del Kremlin. Esta semana se dio un claro ejemplo de ello, cuando Putin inauguró el congreso anual de la Asociación Mundial de Periódicos este lunes. El presidente del organismo Gavin O´Reilly pronunció un discurso cuidadosamente redactado donde expresó el temor generalizado de que la libertad de prensa se estuviera acotando en este país, a lo que Putin respondió que en un país donde hay 53 mil periódicos, resultarían muy difíciles de controlar, aún si así lo quisiera el gobierno. Los noticiarios de televisión reportaron las palabras de Putin sobre su compromiso con la libertad de prensa, pero las de O´Reilly fueron totalmente ignoradas.
Putin, explicando la evolución de los medios rusos, dijo que el fenómeno había que entenderlo como una recomposición de la estructura de propiedad, que habían ido perdiendo los oligarcas. Lo que no precisó es que lo que se dio fue una mutación de los oligarcas que financiaban medios independientes, a oligarcas al servicio del Kremlin. La televisión fue controlada antes aún que la prensa escrita. Cuando el magnate Berezovsky se enfrentó al Kremlin en 2000, fue atacado. Antes de perder periódicos, su Canal 6 fue sacado del aire en 2003 pese a las críticas mundiales, y poco antes su cadena ORT, que se llama ahora Canal Uno, fue adquirida por Abramovich y luego tomada por el Estado.
Las palabras de Putin no se sostienen. No hay nada más fuerte que el Estado, en Rusia o en cualquier parte del mundo, y Putin está ejerciendo ese poder. Sus acciones son ampliamente compartidas en el mundo, en países con larga historia democrática como Estados Unidos, o en naciones intermedias, como Venezuela. Pero estas tentaciones son muy contagiosas en países con poca cultura democrática, como México, donde los rasgos autoritarios no sólo se mantienen, sino que en el horizonte futuro tampoco parece que desaparecerán.

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