EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Patrimonio Histórico de la Humanidad

Alan Valdez

Octubre 07, 2023

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Cuarta parte)

Doña Jose Ramírez vive a unas cinco casas de Hilda Domínguez. Ambas habían decidido usar el apellido de su respectivo y flamante esposo. Aunque depende el gusto, ¿verdad? La casa de Jose es amplia, pero de un solo piso, aunque con ambiciones anuales de echar los cuartos que faltan. Las varillas de la azotea están coronadas con botellas de vidrio. Las bardas de block gris que rodean la propiedad, presumen una filosa dentadura compuesta por cristales azules, rojos y morados, procedentes de refrescos locales.
Para colectar todo el vidrio, Jose tardó varias borracheras de su esposo, un bautizo y la última fiesta de 15 años que cerró la cuadra. Cuando su marido le preguntaba por sus motivos para andar juntando basura con tanta minucia, si la instrucción que le había dado era muy sencilla, Jose respondía Arajo señor. Déjame hacer lo que yo quiera. A usté ni quién lo ande chingando por andar en la beberecua esa cada pinche semana. Cosa, que déjeme decirle también, no sirve pa´ nada, ni da naá.
Don Ramiro ponía cara de regañado. Cara de trapeador escurrido más bien, y sin mirar realmente a ninguna parte, le daba un trago a su botella. Doña Jose, de a poquito, se acercaba como un gato que aún sabiéndose mirado, está listo para cometer la fechoría. Así, se quedaba viendo el bigote/homenaje a Cantinflas del viejo. Y era tanta su atención volcada a ese bigote, por esos segundos, que, sin duda podría decirse que doña Jose conocía con pelos y señas, cada una de los entramados y vericuetos particulares del tímido bigote de su marido.
La treta felina de doña Jose no terminaba con el espionaje facial a don Ramiro. Continuaba su acercamiento hasta alcanzar una distancia suficiente para poder estirar su mano con la rapidez de una pantera al estambre, y le arrebataba la botella a don Ramiro. Por supuesto, no sin antes darle el último trago.
La familia Ramírez no pagaba luz desde que fue un tal compadrito apodado el Pinzas a colgarlos del poste. El Pinzas, conocido también como el hombre multiusos, se había ofrecido a pintar la casa. Pero en una plática sobre el robo de cobre en la colonia perpetrado por fumadores de piedra, don Ramiro pensó que sería buena idea mejor poner a trabajar a su hijo, el Moy, en el verano. Sin paga, claro está, pero con un Mijo, mire, lo único que yo le vo´ a heredar, son valores, ah, bueno, y la misma carilla pilla. Tu madre se ríe, pero este bigote es la marca de los Ramírez. Pura guapura, no cree, mijo.
Del muro azul de doña Jose Ramírez al muro verde olivo de doña Hilda hay cinco casas. Al llegar, Jose saca de algún sitio escondido entre su brasier y la piel del seno izquierdo, un monedero café oscuro que tiene grabado Acapulco y una palmera. Examina la moneda de 10 pesos y comienza a sonar la reja de la casa de los Domínguez.
Adentro de la casa verde olivo, Hilda escucha cómo el metal de la moneda repite su inexacta clave morse en la herrería de su casa. Acaba de ponerse los aretes, y se checa una vez más los años en el espejo. Va a la cocina a apagar el agua para el café.
Jose es insistente, pero Hilda quiere alistar la barra de la cocina para recibir a su comadre con el azúcar, las tacitas, las servilletas, la crema y el café soluble. Los acomoda con el mismo cuidado que tiene un pintor para dibujarle pupilas a las personitas de sus cuadros. Y, por último, esconde la foto quebrada. No por la visita, sino por ella.
Al marido de Hilda nunca le cayó bien la familia Ramírez. Jamás expresó ese tipo de opiniones en voz alta ni con su esposa ni con nadie, pero cuando había la novedad de alguna fiesta en su casa, era notorio que don Virginio Domínguez hacía muecas cuando Hilda llegaba a mencionar ese apellido como parte de los invitados.
Hilda y Jose se hicieron cercanas después del accidente. Jose vendía cena por las tardes, ahí en la esquina de Patrimonio Histórico de la Humanidad con Tlapanecos. Voluntariosa, al enterarse de los rezos en casa de Hilda, se ofreció a poner algunos antojitos para recibir a los familiares y amigos. Pero la amistad no empezó ahí. Sino, en la risa.
Semanas después del último día del novenario, las dos se encontraron en la banqueta. Jose le dijo, sin contenerse, Pero mujer. Tas echa un palo. Esa tristeza ya te está comiendo. Pero ya quisiera yo el remedio sin el dolor que te cargas. Hilda comenzó a reír. Una risa estridente que tenía años sin escucharse. Venida de un momento anterior a sus hijos, a su esposo, a la ciudad. Un momento, que, al llegar a su casa, se dio cuenta que provenía de sus días pequeños. En específico, los días al lado de su tata.
Cada vez que el tata llegaba con fruta de su huerto, el señor le decía a su nieta, Ándale Hildita, come pa´ que crezcas. Anda mijita. Mi niña, que pareces una varita de tamarindo. Y el abuelo sacaba su machete. Le exigía un pedazo a la fruta en un solo corte, que apartando la ternura que emanaba el trato hacia su nieta, era fácil notar que esa maña para el filo, la había adquirido en varios animales.
Y luego otro corte más. Así, hasta que ambos terminaban con la cara pegajosa de pulpa. Y el abuelo, con una fe hacia la risa de su nieta, como sólo se puede tener a lo que no queremos que termine, comenzaba a juguetear, amenazando a la niña con limpiarse sus manos llenas de jugo en su cabello castaño. Insistente en la broma, hasta que los dos, divididos por más de cincuenta años, acababan en la misma plancha de tierra del comedor, riéndose como sólo pueden reírse los que saben que ya encontraron todo.
Después de ese encuentro en la banqueta, al siguiente día, tempranito, Jose le llevó sopa a Hilda. Y se quedó hasta asegurarse de que Hilacha Domínguez, como le empezó a decir, comiera un par de cucharadas. Lo hizo una semana. Y luego otra. Otra más. Hasta que ambas se empezaron a decir comadrita. Sumada a la genuina amabilidad de Jose hacia Hilda, lo que también la animaba a acercarse eran varias cosas: las dos no se habían criado en la ciudad. Las dos habían perdido familia en accidentes de auto. Las dos se sentían solas. Así, Moy empezó a llamarle tía a Hilda. E Hilda empezó a decirle sobrino al único hijo de los Ramírez.
Las tazas, el café, las cucharas, todo estaba tan bien acomodado, que parecía el set para una foto de revista de decoración. Hilda por fin abrió la puerta, mientras aventaba al aire unas palabras dirigidas a Jose. Discúlpeme comadrita, ya ve que le dije que ando toda atolondrada, pero ya tenemos café y todo pa´ que me platique.
Jose alzó con la mano izquierda un tubo de galletas María. En la otra, cargaba una bolsa de plástico con un tóper. Adentro del tóper, sopa. Hilda abrió la chapa de la herrería. Y antes de abrazarla, le pidió a Jose la bolsa. Entraron las dos, en medio de un comentario cualquiera sobre el bache de la calle y el clima.
La anfitriona no le dio opciones a su invitada para sentarse. Le dijo que pasaran directo a la barra de la cocina. En el trayecto, Jose notó la ausencia de la fotografía navideña en la mesita del teléfono. Pero rápidamente se distrajo de sus averiguaciones, porque, como en cada una de sus visitas, el calendario con imágenes de cachorros que estaba pegado en el refrigerador le exigía una inmediata atención provocada por la ternura de un golden retriever con una pelota de tenis en el hociquito.
Un pequeño almanaque detenido en un enero de hace cinco años que presumía la leyenda Pollería Los chamacos les desea un próspero año nuevo. Y les agradece su preferencia.
–Pero comadre, usté siempre recibiendo bien a sus invitados. Pero mire nomás, qué bonitas tazas.
–Ay comadrita, cómo es exagerada. Si ya las conoce.
–Lo bonito es bonito, comadrita. Mire esa sopa de lentejas, aún esta calientita. Si quiere cómale tantito, o empezamos por el dulce.
Hilda fue por un plato extendido con motivos de flores, como casi todos sus utensilios de cocina. Sirvió la mitad de las galletas. Y guardó la sopa en el refrigerador, a pesar de que Jose le dijo que esperara tantito porque seguía caliente el traste.
Las dos comenzaron a platicar. Hacía más de tres semanas que no se hablaban. Jose era la única fuente de chismes de Hilda, así que se dio vuelo y comenzó a contarle. Inició con cosas irrelevantes como el bache, hasta otros mitotes más sabrosos, como que el hijo que está esperando aquella, que resulta que es de aquél y no deste. Hasta pasar por la llegada de la familia de Sara al 60 Bis. Y el mero mole, la nueva oportunidad de empleo de don Ramiro en Veracruz.
–Es que le digo, comadrita, el gordo se puso las pilas y que ahora sí pasó el pinche examen. Casi cinco años intentando y que por fin pegó el gordo. Cabeza de burro y todo pa los números, pero se aplicó el señor. Y pues que así, fuímonos.
–¿Y el chamaco, entonces, comadrita?
–Mire comadrita, se lo pido de favor. Ya hicimos el gasto de la escuela. La verdad nadie esperaba que el don Ramiro pasara el examen. Ni él. Pero ya ve, Dios da, Dios quita. Así que pues pasó. Ya se hizo el gasto para la escuela del Moisés. Tres meses nada más. Yo andaré viniendo seguido a echarle un ojo a usté y sobre todo al niño. Y claro que el encargo viene con dinero pa´ su comida, no crea que somos colgados.
Hilda siguió persistente en su tono de duda respecto a la idea de cuidar a un casi adolescente. Jose no soltó la idea de que sería en beneficio muto. Hilda no estaría sola. Y los Ramírez resolverían lo de la escuela de su hijo.
Se acabaron las galletas del plato. Hilda sirvió el resto y puso más agua para café. Cuando dejó todo listo en la barra, como si apenas fueran a iniciar la degustación, le preguntó a Jose por lo del perro.
–Ah, eso fue un descuido de mi chamaco. Y mira mujer, que me fue a decir en chinga porque le tiene miedo al Tomy. Ese cabrón me lo golpeaba desde el kínder. Lo bueno que ya no pudo seguir en la secundaria. Lo malo también porque se va a meter al negocio familiar y va a valer madres el muchachito.
El coqueto era un perrito rescatado por Moisés. Cachorro, seguramente, se desentendió de su correa en algún paseo y acabó vagando hasta llegar al encuentro con el niño. En casa le dijeron que era imposible quedárselo. Pero don Ramiro, abusado, vio en el perro de raza, el cocker spaniel inglés, una rápida forma de bajarle a la deuda que tenía con el papá de Tomy.
Los perritos nunca olvidan la amabilidad. Así que El coqueto no dejó de visitar a Moisés. Incluso el día que lo pusieron a pintar de azul la casa con el pretexto de alejarlo de las drogas.
Continuará…