EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Patrimonio Histórico de la Humanidad

Alan Valdez

Octubre 21, 2023

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

(Última parte)

El verano como estación aún no terminaba. Apenas era 15 de agosto. Pero para los niños de Patrimonio Histórico de la Humanidad, el haber regresado a clases este lunes, significaba una sola cosa. Con el fin de las vacaciones, el fin del verano.
Cada uno de los protagonistas de nuestra historia, desparramados en diferente salón, escucharon lo mismo en la primera clase. Ahora, muchachos y muchachas, uno por uno, de cada fila, ordenados, sin gritar, ¿verdad? Nos podría ir compartiendo qué hizo en vacaciones. Qué fue lo que más disfrutó. Qué es lo que no. Si salieron de viaje. Si estudiaron. Si…
La misma voz nasal que casi es sinónimo de veinte años dedicados a la educación secundaria, organizando una pequeña dinámica en clase, para ayudarle a los alumnos a entender, de nuevo, qué significa llevar uniforme y estar sentado seis horas diarias, aprendiendo sobre el pistilo y lo que ocurrió en 1827.
A la hora del recreo, Pin Pon hijo, Tomy, Sara, Moisés y Mina de Oro se sentaron en las gradas del gimnasio de la escuela. Desde el día que quebraron la ventana, no se habían juntado todos, o al menos no la mayoría de los ocho chavalos vagos. En la cancha se jugaba un partido de futbol. Los cinco chamacos veían la pelota ir y venir con la misma atención con la que se persigue la insistencia de un mosco en la recamara. Pero nadie se animó a hacer algún comentario sobre el juego. Tomy y Mina se fueron a la cooperativa. Sara, Moy y Pin Pon se quedaron juntos comiéndose el lonche. Unas sincronizadas. Un sándwich de huevo y una orden de taquitos de barbacoa, aún en su aluminio.
Esa mañana antes de vacaciones, en que Pin Pon y Moy se habían encontrado, hablaron de muchas cosas relacionadas, sobre todo, con ser amigos. Sería la primera vez en la vida de ambos, que hablarían con mucha honestidad de lo que para ellos significaba saberse cerca del otro, pero al mismo tiempo, sentirse solo. Una conversación de la que no recordarían frases específicas en el futuro, pero si la sensación que conlleva hablar así, con esa claridad sobre qué los habita por dentro. Ese movimiento inaugural donde uno acaba de asumir su persona completa para decirle al otro, mira esto soy, te lo comparto. O para también decir, mira estoy soy, me siento herido.
Esa mañana en que Pin Pon sentía cómo el kilo de tortillas que cargaba en sus manos comenzaba a enfriarse, Moy le confesó que estaba celoso de su nueva amistad con Sara. Y también de cómo acabó manchándole la colita al Coqueto por accidente al pintar la fachada de su casa.
Es que el pinche perrito vagancias, por querer que lo acariciara, acabó enredándose con la escalera. Y al jalar la correa atorada en una de las patas metálicas, pues que se cae el pinche bote de pintura azul.
Terminó de decirle a Pin Pon que la razón por la que no salía a jugar no era que le gustase Sara, sino que tenía miedo de que Tomy le metiera una chinga. Le contó también que no quería quedarse con la señora Hilda y ayudarle hasta diciembre, pero que era eso o irse a las prisas hasta Veracruz y seguramente, retrasarse en la escuela.
No quiero atrasarme un año. Voy a ser el único con bigote del salón. Y la neta el bigote está feo. Ni que fuera el Tomy, que cargaba peine para bigote desde la graduación de tercero de kínder.
Pin Pon le dijo otras cosas, pero sobre todo que le daba gusto que no se hubiera ido así de rápido. También calmó las ansias de Moy prometiéndole que no le diría a nadie, ni a Sara, sobre la colita pintada del Coqueto. Y le preguntó entonces si Sara le caía mal. Moy solo contestó que no le daba confianza. Pin Pon, aunque recordaba casi de memoria, los comentarios de Sara donde ella le hablaba mal de Moy, no le dijo nada a su amigo. No supo realmente por qué.
En los últimos minutos de la hora del recreo Moy y Sara se quedaron solos. Hablaron de su incomodidad estando el uno frente al otro las últimas semanas del verano. Se dieron la mano. Se sintieron extrañamente adultos, pero olvidaron esa sensación cuando sonó el timbre y empezaron a correr a su salón para que no les pusieran retardo.
A la hora de la salida, Moy y Tomy se toparon en la entrada. Nomás alzaron la cabeza, al mismo tiempo, como si se hubieran espantado una mosca de la frente. Cada quién se fue por su lado. Moy pasó a la tortillería. Doña Hilda le había dado esa instrucción junto con otras cien indicaciones más, y sin contar las otras consideraciones que su mamá, Doña Jose, le encargó también.
Moy sabía que la ventana del segundo piso de la casa de la señora Hilda estaba quebrada. Pero no encontraba un pretexto para pedirle la llave y decirle a la señora que si podía entrar a la habitación de su hija muerta. Una de las cosas que doña Jose le dijo a Moisés, era específicamente tener cuidado con hacer mención en lo más mínimo sobre el accidente y los cuartos desocupados de arriba.
Moisés dormía en el piso de abajo. En una recamarita muy pequeña que habilitó Hilda para que se quedara el muchacho. Ese cuarto, antes, era la bodega donde su esposo guardaba sillas y mesas que rentaban para fiestas y demás eventos. Tenía una pequeñita ventana. No terminaba por ser un cuarto, pero tampoco una bodega. Doña Jose no estaba encantada con que su hijo durmiera en un lugar tan húmedo, pero como estaba pidiendo un favor, no quiso verse exigente. Moisés no estaba contento. Pero la idea de no mudarse a Veracruz de inmediato, lo apaciguaba.
Pasando el primer mes de clases todo el asunto del perro, el balonazo en la ventana, la Sara siendo nueva en la colonia y Moy viviendo como hijo postizo de doña Hilda habían pasado ya de moda. La emoción por el primer puente después de las vacaciones de verano hacía acto de presencia.
Banderas por todos lados. Escudos nacionales con nopales y serpientes imprecisas. Las promesas de los mejores chiles en nogada en cada esquina. En los supermercados, otro tipo de promesas, relacionadas más con descuentos para las fiestas patrias. Dos refrescos de toronja y una patona de tequila por un salario mínimo y medio. La repetición de frases como: Noche Mexicana. Cena mexicana. El sueño mexicano, por el radio, la televisión y poste habido y por haber de esta ciudad.
La llegada del puente, era para todos, pero en especial para los habitantes de Patrimonio Histórico de la Humanidad, un evento digno de cualquier espera. Porque una borrachera motivada por pretextos nacionalistas, acrecentaba sus alcances, al combinarse con la celebración del Santo de la colonia.
San Cipriano celebraba su litúrgico cumpleaños el mismo día que a nuestro país se le ocurrió cambiar de apellido. La calle, como lo exige la danza de las ferias municipales, desde días atrás, ya comenzaba a llenarse de pequeños remolques. Toneladas de fierro estacionados, que ya el día de la kermés, como producto de una alquimia que ya no se conoce, terminarían por transformarse en el juego de las tacitas, el martillo, el gusano, el dragón y la canoa.
La misa empezaba a las seis, pero desde las cinco y media las campanadas comenzaban a ocupar el aire, con su repique debidamente ensayado por un monaguillo de destreza estelar. Las abuelas, con sus vestidos hasta la rodilla, cargaban veladoras en una mano y un rosario en la otra. Los abuelos, retrasando su entrada, hacían pequeñas conglomeraciones afuera de la puerta principal de la iglesia. Nadie podría estar seguro de si hablaban de lo bien construido que estaba el castillo para los cohetes de más tarde, o del clima o de lo caro de todo. Pero cada vez que alguno acaba de rematar un comentario, todos los demás respondían, en un gesto solo conocido por los aficionados a la poesía coral, con un Eit, pues sí, ta’ cabrón, ¡vea! Después, porque así es esta coreografía, se acomodaban los pantalones para proseguir averiguando.
Los niños de Patrimonio Histórico de la Humanidad no entraron a misa. Se quedaron jugando en la explanada de la iglesia. Se correteaban. Se subían a las jardineras. Pateaban botellas de refresco vacías. Tronaban cebollitas, buscapiés y chinampinas.
De vez en cuando las eloteras y los tamaleros que esperaban la vendimia les gritaban a los niños que ya se aplacaran. Pero ni Dios, elote o tamal en esta hora, hubiera podido detener la felicidad de unos morros que corrían a pesar de Dios y la eucaristía.
La gente empezó a salir de la iglesia. Cada uno de los niños buscó a su familia. Listos para observar cómo los cohetes del castillo empezarían a tronar, en un acto coronado por el baile del toro y el fuego.
La banda de la fiesta patronal comenzó su cadencia de tambor y viento metálico, acentuando su pregón con el redoble de una tarola que le permitía al percusionista mostrar sin titubeos cada hora de ensayo. El hombre destinado al baile del torito y el fuego cargaba una playera blanca que dejaba distinguir la frase Vota Partido Verde este julio y un pantalón de mezclilla.
Moy tomó la mano de la señora Hilda en cuanto el hombre del torito comenzó a correr de un lado a otro con el fuego replicándose en su cabeza y espalda. La mujer volteó a ver al niño y después le regresó la mirada al espectáculo, pero con una sonrisa que hacía mucho, no se sabía. Tanto así que, sin poder disimularlo, comenzó a llorar.
Moy la miró de reojo. La abrazó aún más y le dijo, Tía Hilda, ahorita antes de que nos vayamos, nos podemos comer un elote. Hilda contestó Sí, mijito, pero ponga atención, que esto solo pasa cada año.
El hombre, el toro y el fuego eran la misma cosa. El rostro de todos los espectadores brillaba si el fuego lo hacía y pausaba su brillo si el fuego también pausaba. La banda no dejaba de tocar su canción.
Algún perro intrépido se atrevía a cruzar el patio encendido. Y la gente gritaba. No sé si a Dios, si al fuego, si al perro o al hombre que corría inflamado sobre el concreto sugeridamente sagrado de la iglesia San Cipriano.
El humo se alzaba como una bandera inconforme con su geografía. Los aplausos y estridencia de la banda compartían un mismo grito de celebración. Y como si fuera la única orden de la noche, los niños empezaron a tomar sus posiciones en todo asiento disponible de cada juego mecánico.
Tía Hilda, tendrás dinero para los juegos mecánicos.
Sí, mijito, pero nomás pa’ uno, que no crea que ya se me olvidó que usted me debe una ventana.

* Nota a los lectores: Sólo quiero agradecerles a quienes hayan seguido este recuento de la vida que pasa. Que nos pasa. Nos vemos en la siguiente columna. Un saludo.