EL-SUR

Lunes 04 de Marzo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Patrimonio Histórico de la Humanidad. (Tercera parte)

Alan Valdez

Septiembre 23, 2023

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

El medidor de la luz presume unos números intermitentes con una tipografía estilo calculadora marca Casio. Debajo del medidor hay una placa de talavera poblana. La placa tiene escrito en letras azules Fam. Domínguez y el número 31 Bis.
Hacía algunos años que ahí ya no vivía una familia. Tan sólo quedaba en esa arquitectura hueca de dos pisos la señora Hilda Domínguez. Se escuchaban por ahí en la cuadra cosas como Tamaño caserón para una señora y sin nadie que le ayude. Ya que se consiga otro marido. Y ni hablar de los hijos que ni tantito se tientan el corazón para visitar a su madre.
Hilda se había casado joven. Bastante. Se la trajeron a la ciudad. La obligaron a usar vestidos de estos y no de aquellos. Le exigieron tener preparada la comida a cierta hora, con más exactitud que un reloj espiado por alguien con prisa. Tuvo una hija. Tuvo un esposo. Tiene dos hijos. Se le fueron a Estado Unidos. Le mandan dinero. Y desde el velorio, hace cuatro años, no habla del accidente.
Casi no se le mira a la señora Domínguez, pero cuando pasa, se le encuentra en misa. A veces en el tianguis, cargando una morralilla y un chilate en bolsa. Y a veces en la fila del banco donde recoge el dinero que le mandan de Arizona. Siempre vestida igual. Pareces una fotografía, Hildita, le dicen. Aunque las comadres le celebran los aretes cada una de las veces, a pesar de que también sean los mismos.
Es medio día, Hilda ha salido a recoger el recibo de la luz que le dejan atrancado entre la pared y la herrería. Lee algo en el papel blanco con verde. Y como si cotejara una errata, gesticula con las manos una sensación de molestia. Antes de cerrar la puerta, escucha cómo rebota un balón a lo lejos y varias voces. Se voltea para identificar bien el barullo. Distingue cómo un grupo de niños, todos vestidos de negro, andan averiguando dónde hay tabiques o piedras grandes. Centra su atención en una niña en particular.
El cabello de la niña combinado con la luz del sol le permite a ese castaño un tono parcialmente más claro. Hilda persigue ese brillo. Se acuerda de alguien, sin desatender a la cabellera que se mueve como un árbol entregado a la respiración. Pasa una motocicleta y los niños detienen la construcción de su imperio. Hilda interrumpe su investigación sobre el castaño y se vuelve a quejar, soltando un Pinches chamacos porqué no se ponen a hacer algo de provecho. Cierra definitivamente la puerta.
En la sala, pone el recibo sobre la mesita del teléfono. Se sienta en el sillón más largo, el clásico que siempre tiene tres cojines para tres lugares. En la mesita, además del teléfono, hay una fotografía. Es de una Navidad. En la esquina superior izquierda se puede distinguir un pino excesivamente decorado, que no alcanza a caber en la imagen, casi como si se tratara de un pariente de esos altos y extravagantes que hay en las familias. El padre no sonríe, pero carga amorosamente a la niña. La madre sonríe, pero sin mostrar los dientitos. Y los dos niños parados enfrente como dos gárgolas apenas regañadas. Fingen entender la quietud mientras dos gorros de Santa Claus se desacomodan en sus breves cabezas.
Unas gotas comienzan a deslizarse sobre el cristal que protege la fotografía. Resbalan desde el pino de Navidad hasta los piecitos de los hermanos. Otra gota cae, exacta, deformando la nitidez de la cara de la niña. Hilda persigue la gota de la cara de su hija hasta el borde inferior del marco plateado de la foto. Suspira como si en realidad el nombre de la niña le entrara a los pulmones. Así, el llanto busca sobrevivir a como dé lugar afuera de Hilda. Los ojos replican el origen de lo líquido sobre el cristal de la fotografía hasta formar otra capa transparente que se tambalea de un lado a otro como un mar inoportuno pero vivo.
Hilda ha regresado tanto a la imagen, que recrea con bastante detalle esa mañana de diciembre en el estudio fotográfico de una Comercial Mexicana. Le preguntaron a la pareja: qué fondo les gustaría. Tenemos la clásica sala americana con chimenea, el pino, el muérdago y la ventana que muestra un tranquilísimo invierno afuera. La anhelada blanca Navidad. Para presumirla con los familiares y amigos el día de la rosca. O hay otros fondos más planos, miren, que sólo son texturas, como estas o estas otras, y tenemos varios paquetes para los más peques, que consisten en…
Hilda no está segura de por qué recuerda los distintos tipos de fondo que les recomendaba el vendedor de voz chillona. Pero repite toda la situación, hasta llegar al momento donde Sandra le dice Ándale mami, sí mamita linda, ándale, aunque sea nieve de a mentis.
Hilda ha entrado en un lugar de la memoria que ya no tiene que ver con el tiempo, y más bien transcurre en lo que se ama y lo que ya no. Absorta en una voluntad que no la deja salir de su interior. Llora como si en esa agua corriendo se pudiera deslizar hasta la orilla donde están los otros. Viendo el blanco de la pared como viendo lo que ya no está.
Y el ruido de un balón rompiéndole uno de los dientes al segundo piso de su casa no la distrae de ese lugar que ya ni siquiera se podría llamar pasado. Y se queda ahí, horas, hasta que la oscuridad de la sala es lo único que se respira.
En la madrugada, un dolor de cabeza combinado con un dolor de espalda espinoso obliga a Hilda a despertar de su ausencia. Asustada, prende la luz. La fotografía tirada en el piso, ya seca, pero con el cristal quebrado. Le quita los pedazos de vidrio. Vuelve a poner la fotografía ya sin protector en la mesita. En la cocina, envuelve los vidrios en un pedazo de papel tortilla. Los echa al bote de basura. Suenan. Rompiéndose en pedazos aún más mínimos. Y antes de dirigirse a su cuarto se toma un ibuprofeno. Y bebe mucha agua, con una sed que no cree haber tenido, quizá, desde que le avisaron del accidente.
Arriba están tres cuartos. Los dos de sus hijos. Y el de su hija que siempre está cerrado con llave. Y aunque no fue modificado, sirvió para que Hilda pusiera, en cajas, toda la ropa y otras cosas de su marido de las que no pudo y no quiso deshacerse. Hilda duerme en la planta baja. En la misma habitación donde ha dormido desde que llegó a vivir a Patrimonio Histórico de la Humanidad hace casi 25 años.
Al acostarse, sólo destiende la mitad de la cama. Y se acomoda como si el colchón estuviera ocupado. Alguna vez cuando no ponía tantas excusas para que la visitaran, le dijo a una de sus comadres que le estaba siendo difícil aprender a dormir sola. A ocupar toda la cama completa. A ser ella sin la sombra que la acompañaba hasta dormida. Es que comadrita, tantos años casada, no es que una se acostumbre, es que una ya no se sabe otra.
Hilda nunca ha recordado sus sueños. No es una persona supersticiosa. Y si va a la iglesia, es porque se siente sola. Sin embargo, lo que ha soñado mientras dormía no ha desaparecido. Le insiste. Mientras se pone su ropa de noche, trata de no pensar en esas imágenes. Pero por más fuerza que le dedica a suprimir su reflejo, hay una en particular que no puede detener. Su hija, ya mayor, viene a la casa. Hay un bebé en camino y fue a avisarles la noticia a ella y a su esposo.
Hilda se ve por última vez en el espejo del baño. Le causa mucha curiosidad que, a pesar de lo claro del sueño, que le permite distinguir la cara de su hija asumida en una edad que nunca le va a conocer, no puede hacer lo mismo con el rostro de su marido. Sólo sabe que está. Ningún detalle sobre él, su ropa o sus gestos se le aparece. El fantasma insiste en su personaje.
Apaga la luz. Se toca la sien como si pudiera reacomodar lo que sea que le duele adentro. No lo consigue en lo más mínimo. Se cubre con la sábana. Y aunque sospecho que le sería más difícil conciliar el sueño, vuelve a quedarse dormida de inmediato.
Si no fuera por el ruido del teléfono que sonaba y sonaba, Hilda no se hubiera levantado, posiblemente, hasta mucho, mucho más tarde. No es una persona que duerma pasadas las cinco y media a.m. Costumbre de darle de comer muy temprano a las gallinas en el pueblo, le explicaba a su marido al principio de su matrimonio, cuando, aún y en domingo, Hilda ya estaba con los ojos pelones desde tan temprano, y el marido sólo refunfuñaba un Por favor, apaga la luz y no hagas mucho ruido, que aquí es la ciudad, no tu rancho aquél.
Aturdida, se apresura al teléfono en su tercera ocasión sonando. Ya se sabe los timbrazos, cinco y se acabó. Lo logra. El “hola, bueno, sí, quién habla” le sale pastoso, pero suficientemente distinguible para que del otro lado respondan con un: Ájala, comadrita, usté cómo está buena para una emergencia.
Hilda, aún incorporándose al mundo, pregunta de nuevo quién es. Y sólo oye desde el otro lado, Carajo comadrita, soy yo, Jose. La mamá de tu ahijado, el muchachito Moisés, pues, Hildita, qué ya no conoces a tu gente o qué. Qué me preocupas, mujer. Te voy a ver ahora mismo, quiero platicarte algo. Pero si ya.
–Discúlpeme comadrita, sabe que ando desde ayer toda atolondrada. Pero, cómo que vienes, si ya voy pero de salida.
–¿Cómo que ya vas de salida, mujer, carajo, qué tanto tienes que hacer afuera que no me puedes esperar? No comadrita, péreme, que esto es más importante que ir a pagar la luz, de todas formas, si se la van a cortar ya estarán cortándosela ahorita mismo, verdad de Dios. Fíjese que al viejo ya le dieron la plaza en Veracruz, y pues que ya nos vamos.
–A ver, péreme, cómo, cómo, ¿cómo que ya se van?
–Pues que el don Ramiro sí se puso las pilas y pues que ya nos vamos pa´llá, comadrita.
–Y, cuándo, pues, óigame, usté ni avisa.
–Pues ya le estoy avisando.
–¿Y el ahijado?, que no entra ya mero a la escuela, cómo que se lo va a llevar así nomás. Ya hasta uniforme y útiles y todo.
–Pos por eso quiero ir a hablar con usté, comadrita. El chingado chamaco anda haciendo majaderías y a mí me gustaría encargárselo, al menos hasta que llegue diciembre, pero ahora resulta que le anda haciendo travesuras a los perros de los otros vecinitos y nomás falta que me lo vayan a madrear.
–Pos qué anda haciendo el Moy.
–Pos pendejadas comadrita, al perro ese del Tomy, y ya ve que el Tomás es un muchachito muy vago, muy violento. Su papá también otro problemón. No vaya a ser que hasta al Ramiro le quiera pegar esa familia. Ya ve que andan en cosas.
–¿Qué cosas?
–Chingado comadre, que voy pa´ya. No que traía prisa, pues.
–No pos venga y platicamos, porque el ahijado es el ahijado, pero si anda con sus vagancias y groserías, pos así no.
–Pos sí comadrita, pero pues mire, mejor déjeme ir a platicar con usted.
–Ándele pues, apúrese, antes de que me vaya. Véngase por la sombrita.
Hilda colgó el teléfono. Fue a la cocina a calentar agua para café. Y en lo que hervía, se fue a poner rápido un vestido. Uno de estos y no de aquellos. Y unos aretes. Los mismos.
Continuará…