Adán Ramírez Serret
Enero 31, 2025
Pocas cosas son tan contrastantes como la forma en que se ve un país ante el mundo y como se observa a sí mismo. Japón, por ejemplo, nos parece un país del futuro y en las novelas podemos ver que en muchos sentidos viven con leyes del pasado. Estados Unidos es el país más rico del mundo y sorprende que en documentales es posible ver gente que vive en extrema pobreza; e Inglaterra, de manera contundente, nos parece desde fuera un lugar de reyes, lords y elegantes caballeros y pura sofisticación y su literatura nos demuestra que, en efecto, hay gente que pertenece a la nobleza, pero que la gran parte no es noble; es lógico, y que tiene una vida mucho más dura, mucho más de lo que se pensaría de un país de Europa con tanta riqueza.
Esto se ha visto desde un buen número de novelas del siglo XIX, pienso en Charles Dickens, en su monumental Oliver Twist; en Thomas Hardy y la hermosa y terrible Jude el Oscuro e incluso en novelas más recientes como Expiación de Ian McEwan; digo incluso porque las gigantescas novelas inglesas del siglo XIX, un siglo de muchos y muy buenos escritores en Inglaterra, tuvieron un peso profundo en la sociedad y lograron que durante el siglo XX se acortaran las diferencias de clase en Inglaterra. Y claro, los cambios son brutales. Pero en un viaje por la Gan Bretaña en el presente aún es posible sorprenderse, pues todavía flota en el ambiente el peso de la sangre azul en la forma de vestir, hablar y la dentadura. Las diferencias para los turistas son superficiales, como las que acabo de describir, pero para los nativos de Inglaterra son contundentes, pero, al mismo tiempo, no tan fáciles de expresar porque están hechas, se practican de manera sutil y siempre sin romper la ley, de manera suave y sofisticada, muy a la manera inglesa.
Es el caso de la autora Paula Hawkins (Rodesia, 1972) quien nació en Zimbabue, de padres británicos y criada buena parte en Inglaterra y quien dio el salto a la fama con la novela La chica del tren, que rápidamente se convirtió en un best seller y años después fue llevada al cine.
Hawkins ha escrito ya varias novelas y ahora vuelve con La hora azul en donde retoma en suspenso sicológico en el cual se ha vuelto cada vez más experta, en hacer aquello que se dice amaba Hemingway que era apenas mostrar una superficie pequeña en comparación con la parte inferior invisible y que es gigante y en donde en estas novelas de suspenso sicológico se va desarrollando de manera inmensa una trama llena de conflictos.
La hora azul comienza con la exposición en la Tate Gallery de una célebre artista fallecida recientemente y quien es cada más famosa. Sus obras incluyen lienzos, cerámicas e instalaciones y entre estas últimas se encuentra una que contiene un hueso que se pretendía ser de un ciervo, hasta que un espectador se da cuenta que no, que es, en definitiva, una costilla humana. Entonces la galería busca a los dueños de la obra para iniciar las pesquisas, pues, sin duda, hay un presunto homicidio por investigar.
Entre los muchos talentos de Hawkins está que comienza por rascar un lienzo que parecía perfecto, sin apenas alteraciones, pero con cada página va jalando un hilo y en cuanto más lo hace, ese hueso, esa costilla va siendo una rasgadura que en cuanto más crece va dejando ver más todo el clasismo, toda la misoginia que permea en Inglaterra, pero lo hace de manera soterrada, silenciada o acaso educada. Y el vestigio de los problemas sociales sólo se manifiesta de manera subrepticia en una sofisticada obra de arte.
Paula Hawkins, La hora azul, Ciudad de México, Planeta, 2024. 452 páginas.