Julio Moguel
Mayo 08, 2026
LASCAS
Lenguaje, historia y literatura
(Último de la serie)
Hemos venido recorriendo el campo literario a través de las obras de Juan Rulfo, José Saramago, Nicolás Guillén y de García Márquez. Cerramos ahora el círculo de la serie “Lenguaje, historia y literatura” con el autor que abrió –y fue eje– de estas entregas, tratando de poner algunos puntos sobre las íes en torno a la que se ha considerado como la mejor novela mexicana de todos los tiempos: Pedro Páramo. En la próxima entrega abriremos el curso a una valoración que nos parece pertinente, a saber, la que existe entre la filosofía y la literatura, desde esa perspectiva que se nutre de Heidegger, pero que extiende sus líneas de desarrollo en grandes figuras como las de Hanna Arendt, Gadamer, Bachelard, Foucault, Derrida, Jauss, Agamben o Sloterdijk.
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En la mayor parte de “los ámbitos literarios” se ha manejado desde hace tiempo, con enhiesta certidumbre y como una especie de lugar común, que El Llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, “en el fondo”, si no en la evidencia simple de “los hechos”, son productos escriturales generados por un inteligente y dedicado triste hidalgo jalisciense que pudo verter en letra de cuento o de novela la síntesis de su vida desdichada, afectada desde muy temprana edad por el asesinato de su padre y por otras terribles circunstancias que desde su niñez forjaron en él un carácter melancólico y taciturno. Su conocida timidez agregó un aire de misterio interesante a un personaje que, de no haber adoptado tercamente el camino de “las letras”, bien pudo haber sido un exitoso alpinista, un fotógrafo de fama internacional, un burócrata del Instituto Nacional Indigenista o un declamador de versos célebres para el bienestar de los comunes.
Pocos lo tomaron en serio. Ricardo Garibay, por ejemplo, escritor de no pocos reconocimientos en el mundo literario, un buen día se burló de su texto-borrador de Pedro Páramo y le dijo que requería leer más novelas para que aprendiera a escribir. Octavio Paz, por su parte, no se tapó la boca para señalar que Rulfo era algo así como un advenedizo e improvisado escritor de líneas con poco alcance literario. Sólo Carlos Fuentes tuvo, a principios y a finales de su vida, la honradez intelectual de considerar que, palabras más, palabras menos, era, de todos los tiempos, la mejor novela que hubiera podido producirse en nuestros suelos.
¿Argumentos descalificatorios de la obra de Rulfo?: “Deshilvanada”, “incoherente”, “inverosímil”, “primitiva” en su lenguaje y “demasiado provinciana” y “rural”. Un criterio no poco común fue que “La Novela moderna” requería anclarse básicamente en “motivos urbanos”, pues el México de finales de los años 50 y principios de los 60 ya veía sus dramas o sus futuros promisorios desde el ámbito asfaltado y bullicioso de lo urbano.
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Las razones para “descalificar” las dos obras máximas de Rulfo se perdieron por lo demás en una estremecedora vinculación de las capacidades literarias del autor de Pedro Páramo no sólo con los recuerdos que se le enredaban en la mente a partir de su pasado infantil-adolescente, sino también con el alcohol. El alcoholismo del escritor habría hecho milagros para alcanzar los “pocos” méritos extáticos de su lectura. Estas y otras grandes barbaridades se fueron acumulando en los desméritos del jalisciense, con lecturas que –valga la paradoja– “se leían sin leerse”, pues nos pocos aseguraron que Pedro Páramo era una novela “indígena” y que era básicamente una “novela rural”.
La lectura más superficial muestra que en Pedro Páramo “lo indígena” sólo existe en una imagen de muy pocas líneas, y de que algunos de los personajes principales de la novela tienen en su trayectoria un vínculo más directo con lo urbano que con lo rural (Juan Preciado y su madre, o Susana San Juan y su padre, para poner algunos ejemplos significativos, pasan la mayor parte de su vida “en la ciudad”).
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Juan Rulfo no construyó su novela basándose en escenarios indígenas, y su hechura poco o nada tiene que ver con “su alcoholismo” ni con sus atribuladas experiencias tristes y “en desgracia” vividas desde su primera infancia y en su juventud.
Hay que recordar o saber, para empezar, que la mayor parte del tiempo de la vida de Rulfo se desarrolló en los medios urbanos, fuera en Guadalajara, la ciudad de México o en otras concentraciones urbanas. Hay que saber que a la edad de 15 a 20 años “ya había leído todos los libros”, con una capacidad de topo para entrar a estudiar literaturas que no eran muy conocidas y populares en aquellos años en el país. Y hay que saber también que su primera novela (antes de escribir su ramillete de cuentos en El Llano en llamas, y su inimitable novela Pedro Páramo) la echó a la basura cuando terminó de escribirla –titulada El hijo del desaliento–, misma que era “totalmente urbana”. Y hay que terminar este círculo de consideraciones con el hecho, simple y llano, de que, cuando escribió Pedro Páramo, Rulfo trabajaba como capataz en la empresa llantera Goodrich-Euzkadi, ubicada en la ciudad de México.
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De lo antes dicho surge una pregunta obligada ¿Qué relación pudo haber existido entre la experiencia de trabajo de Juan Rulfo en la Goodrich-Euzkadi y la redacción de Pedro Páramo? Veamos.
En carta fechada el 16 de febrero de 1947, Rulfo informa a su prometida Clara Aparicio que ha iniciado su proceso de capacitación para su ingreso a la Goodrich. En ella, divertido, se burla un poco de la falta de imaginación y de sentido del humor de quienes le “enseñan” lo que debe saber para ingresar al trabajo. Pero en unos cuantos días el gozo se va al pozo. Convertido ya en capataz en la fábrica, Rulfo cambia el tono de su escrito:
[Los obreros] no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día y por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar. Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está considerada como hombre.
¿Quiénes son esos personajes que el autor de Pedro Páramo describe? Sombras, fantasmas, vivos-muertos que no descansarán sino “hasta el día de su muerte”. Son hombres sin rostro, negados a ver cielo y a respirar aire limpio.
Todo en la vida de Rulfo ha sido trastocado. Quiere decirle a Clara, y no sabe cómo, que si se queda mucho tiempo más en ese ambiente terminará por ser él mismo destrozado en cuerpo y alma. Pero ello no sucederá –le explica a su prometida–, pues en esos días ha llegado a la conclusión de que “uno debe vivir en el lugar donde se encuentra uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados”. Y será entonces cuando Rulfo inicie su periplo de salida del referido trabajo embrutecedor.
Las señales del vínculo entre sus vivencias en la Goodrich y la redacción de su novela aparecen claramente establecidas en el calendario de 1947. Pues el 1 de junio de ese año dice en otra carta a su novia que quiere escribir “algo” que, de lograrse, se llamará “Una estrella junto a la luna” (Primer título pensado por Rulfo para su futura novela).
¿Bastan estas notas para mostrar que entre el paso de Juan Rulfo por la Goodrich y la redacción de Pedro Páramo hay algo más que una simple coincidencia de tiempos? El mismo Rulfo nos ofrece las claves definitivas cuando es entrevistado por el periodista argentino Máximo Simpson. Ante la pregunta de cuál es el significado de que Juan Preciado pregunte a otros muertos: “¿Están ustedes muertos?”, el autor de Pedro Páramo responde: “Usted ha de decir que [en la Goodrich Euzkadi] adquirí alguna experiencia o que aprendí mucho. Y no, lo único que aprendí fue a perder la memoria; acabé por no conocer a nadie, ni acordarme de cómo eran los pueblos y las ciudades por donde anduve y no tenía a nadie junto a mí para que me los recordara: me fui a mi casa para nunca más volver. Esa fue la coyuntura que aproveché para salirme de su infierno sin buscar ninguna otra justificación y así lo hice, aunque ya para entonces no sólo tenía quebrantado el cuerpo, sino adolorida toda el alma. Así pues, ése era mi estado de ánimo cuando escribí Pedro Páramo”.
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Dice Rulfo en “Pedro Páramo 30 años después” (1985): “Al llegar a casa después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní trescientas páginas”.
Gabriel García Márquez, otro grande entre los grandes, diría en algún momento en torno a esas trescientas páginas: “Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca [más] en mi vida”.