EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Pensar y votar

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 29, 2006

Ya estamos en los umbrales de las elecciones, las que han sido precedidas por unas larguísimas campañas pre-electorales y electorales, que a mucha gente le han llevado al tedio y al fastidio por la invasión desmedida de mensajes de toda clase. Llega la hora de una de las decisiones más importantes que los ciudadanos tenemos que tomar de cara al futuro de la nación. Los partidos políticos hicieron su tarea presentando a sus candidatos con sus propuestas. Tuvieron la oportunidad de llegar hasta la conciencia de los ciudadanos para convencerlos. ¡Vaya, si tuvieron oportunidades!
Mucha, exagerada publicidad, incontables imágenes, encuentros, mítines y debates fueron emitidos para atraer la atención e influir en la decisión de los ciudadanos. Aquí cabe una pregunta. ¿Generaron los partidos procesos de reflexión seria y responsable para ayudar a razonar el voto? ¿Se dirigieron a la inteligencia de los ciudadanos de manera que tuvieran los elementos necesarios para discernir las diversas opciones y elegir aquélla que demostrara más solidez y coherencia con principios y proyectos?
Según se percibe en el ambiente, los partidos le apostaron más a la emotividad y a la pasión que a las ideas y a las razones. La política se ha reducido, en gran parte, a una pasión que ha mermado el espacio del pensamiento. Es más, pareciera que a los políticos les interesa que los ciudadanos no pensemos ni cultivemos la habilidad de pensar, lo que se dice, pensar. Es lamentable que el pensamiento y la razón sean tan restringidos para tomar una decisión tan importante como es la conducción del país.
Tenemos una cultura política pobre, en parte, porque se ha desentendido del pensamiento, de las ideas, de las mismas ideologías. En estos tiempos postmodernos, la política se ha hecho pragmática a más no poder y ha renegado de las razones y de los proyectos. Eso de pensar se ha vuelto intrascendente. Por eso, las razones se han sustituido por las imágenes vertiginosas, por los flashes, por los escándalos y las injurias de la peor ralea. Si los políticos ya no piensan, ¿qué pueden transmitir en sus mensajes sino incoherencias y ocurrencias? Y, lo peor, han tratado a la gente como consumidora de esta basura política.
De por sí, el sistema educativo, tan orientado hacia lo tecnológico y a lo comercial, se ha encargado de castrar la inteligencia de los mexicanos. De esa manera, ellos saben que influye más un escándalo que una idea en la toma de decisiones. Los ciudadanos somos tratados como imbéciles que pueden ser manejados por la publicidad y por quienes pueden pagarla. Los mensajes de estos tiempos electorales no propician la reflexión serena, el análisis de discursos y de realidades, no están dirigidos a la inteligencia sino al estómago pues pretenden generar miedo, enojo, frustración y hasta desprecio.
Y como la democracia se ha vuelto más una cuestión cuantitativa, en cuanto que lo que interesa es la cantidad de votos al costo que sea, no interesa a los actores políticos elevar el nivel de la conciencia y la participación de los ciudadanos.
Un asunto de fondo en las campañas es el de la verdad. La democracia no depende sólo de mayorías como aquéllas que fueron manipuladas por un partido mayoritario durante las décadas pasadas. La democracia depende, también, del honor que se rinda a la verdad. En los auges de los relativismos la democracia sale perdiendo porque ésta no puede construirse a costa de la verdad. Algunos candidatos se han acusado de mentirosos, de encubridores de verdades, más por táctica política que por honor a la verdad, pero no se ha manifestado aprecio a la verdad como un fundamento para la democracia. “La verdad los hará libres” ha dicho el Maestro de Nazareth, afirmación que sigue siendo incómoda en las esferas políticas porque la verdad suele ser siempre “políticamente incorrecta”.
Quien valora la razón y la desarrolla en toda su amplitud, se orienta necesariamente hacia la verdad. Nadie posee la verdad sino sólo Dios, pero podemos orientarnos hacia ella, hacia su búsqueda, su contemplación y su acogida. Amar la verdad es creer en ella, en su necesidad para el desarrollo de las personas y de los pueblos. La verdad, y con ella, la razón y la inteligencia suelen ser insoportables para las contiendas electorales que se basan en exageraciones, en fanatismos y en dogmatismos al por mayor.
¿Será que la verdad es poco rentable políticamente? ¿Será que la mayoría de los políticos le siguen apostando, todavía, a que la gente vote movida no por la razón sino por el miedo, el enojo y el egoísmo? ¿Qué no hay un lugar propio para la razón, para el pensamiento sereno, coherente y, sobre todo, enamorado de la verdad ineludible de una nación que tiene hambre de justicia y que no necesita de redentores sino de servidores que sepan pensar y que aprecien la capacidad de pensar de la gente