EL-SUR

Sábado 15 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Percepciones acerca del silencio femenino

Federico Vite

Mayo 21, 2019

 

Para beneplácito de quienes siguen a escritores extravagantes, es grato saber que en el siglo XXI se sigue traduciendo y publicando a Tommaso Landolfi; autor de Racconto d’autunno, Le due zittelle y Diálogo dei massimi sistemi, entre otros tantos títulos.
En 2007, la mitológica editorial Siruela se encargó de acercar a los hispanohablantes textos del maestro italiano. Abrió las puertas de su colección Libros del Tiempo a Tres Relatos, cuya estupenda traducción estuvo a cargo de Carlos Manzano. Tres relatos, originalmente publicados en 1964, incluye los cuentos La muda, Mano robada y Las miradas. Son narraciones hermanadas por la pulsión amorosa y el misterio que esa emoción impone a quien la padece o disfruta. Aunque no es la única sustancia que alimenta la creación de estas tres narraciones breves.
Como es habitual en Landolfi, hay más de un componente temático en la estructura de estos cuerpos narrativos, a ratos, francamente delirantes. El volumen en sí transita por estadios de neurosis superlativa; explora las obsesiones, como es el caso de La muda, y experimenta diversos niveles de exaltación en Mano robada. Se hunde en las indecisiones brutales con Las miradas. Éste último, un cuento de una crueldad sutil.
Los personajes masculinos de este volumen no son ejemplares de fina estampa, sino exaltados natos de aparente tranquilidad. Poseen singulares percepciones del deseo. Son hombres que asedian a las chicas que les quitan el sueño, las desean, las poseen, pero en todos los casos son incapaces de lograr el ingreso a esa intimidad que las protege. Pero lo más curioso de todo es que de la mano de Landolfi descubrimos que las mujeres se encuentran, inexorablemente, encerradas en un secreto que termina por destruirlas; lo técnicamente asombroso es que Landolfi logra que las mujeres hablen muy poco (me refiero a las tres mujeres principales de este volumen, claro está). Logra que los hombres cometan ciertas delaciones, exabruptos y lapsus de gravedad emocional. Es decir, los caballeros comienzan las historias con la única intención de comprender qué ocultan las mujeres. Para los narradores, ellas cobran un profundo sentido de la existencia. No entienden lo que ocurre y hieren por sentirse heridos, engañan por sentirse engañados. En cierta forma, Landolfi expone a cabalidad eso que el compositor Rafael Pérez Botija escribió para que José José eternizara con su voz: “Porque el sentimiento es humo y ceniza la palabra, porque se vuelven cadenas lo que fueron cintas blancas, porque hasta la belleza cansa”.
Landolfi brinda una lección narrativa valiosa en estos cuentos. Describe los hechos, enfatiza los desplazamientos de los actantes y construye muy bien el suspenso. Edifica el enigma que ocultan las mujeres así, con puros movimientos de ajedrecista. Reproduce esa obsesión por saber qué pasa con ellas. Deja algo aparentemente no resuelto, como si proyectara una sombra sobre la prosa clara y luminosa de sus textos. Recurre a un narrador en primera persona y en tercera del singular para sondear las múltiples aristas del enigma femenino.
Landolfi nació en Pico, una localidad de la provincia de Frosinone, en Italia. Dejó una obra con ecos del romanticismo. Su trabajo se compara con el de Herman Melville y Nathaniel Hawthorne. Fue traductor de ruso y de alemán; se ocupó de verter a la lengua italiana la obra de Nikolái Gogol, Aleksandr Pushkin, Novalis y Hugo von Hofmannsthal. Rendía una profundo respeto por la obra de Gogol, Fiódor Dostoyevski y Franz Kafka, las tres vertientes literarias reconocibles en Tres relatos. Si me preguntara qué se siente leer a Tommaso Landolfi, yo le diría, por ejemplo, que algo muy desgastante, casi como entrar a misa en la catedral de los neuróticos.