EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Periodistas en la encrucijada

Jorge Zepeda Patterson

Enero 10, 2005

 


Cuando Vicente Fox y el PAN sacaron al PRI de Los Pinos, en el verano de 2000, parecía que las profecías de Nostradamus de fin de milenio se estaban cumpliendo para la clase política tradicional y su mundo se derrumbaba. La más temida de las pesadillas había llegado: la certeza de que la conquista o preservación del poder ya nunca más residiría en la propia clase política sino en el electorado, es decir, en la opinión pública. No fueron los únicos que llegaron a esta conclusión. Los periodistas, los editores y los dueños de los medios de comunicación se dieron cuenta que, en cierta manera, se habían hecho más poderosos que los poderosos. Súbitamente los políticos dependían de los medios de comunicación para construirse una imagen pública, para acceder de nuevo al poder.

Desde luego este proceso no se dio en un día, pero si en unos cuantos años. Lo que en otros países tomó varias décadas, en México sucedió a lo largo de una generación de profesionales. Y el resultado dista de ser satisfactorio.

La emergencia de un mercado político, con tres grandes partidos compitiendo entre sí, generó una vida pública hiperventilada. Para los partidos políticos ha sido más fácil hacer campañas electorales por la vía expedita de destruir la reputación de los rivales que por el esforzado camino de construir proyectos de futuro. El hecho de que durante décadas la “mordida” fue la única manera de navegar con la burocracia y la sinuosidad fiscal era indispensable para hacer un negocio rentable, ha significado que tanto los que gobernaban como los aspirantes a sustituirlos tienen hartos cadáveres en los armarios. Unos y otros se han dedicado a exhumarlos y filtrarlos a los medios para regocijo de la opinión pública. Un día es un video con imágenes de una extorsión; otro es la publicación del expediente sobre la riqueza de una amante de gobernador; la siguiente semana se trata de un diputado haciendo desfiguros a las 3 de la mañana. Por desgracia no se trata de un ajuste de cuentas con los responsables de los grandes desfalcos del pasado o los causantes de los males crónicos que aquejan al país. Es más bien el fusilamiento del que va pasando, del candidato que estorba a otro político, del eslabón débil en la cadena alimenticia.

Aunque la opinión pública ha quedado horrorizada, se ha vuelto adicta a estas ejecuciones sumarias y supuestamente redentoras. Durante tanto tiempo los contribuyentes fueron víctimas cautivos de la corrupción oficial, que ahora todos asisten fascinados al linchamiento mediático de los políticos.

En esta masacre purificadora, los periodistas viven en temporada de caza sin ninguna restricción. Los reporteros y conductores de noticieros más ingenuos gozan embelezados su repentina gloria, sin darse cuenta de que son cómplices de un sistema que les usa. Los más cautos perciben que ninguna cacería es genuina si la presa es colocada enfrente de la mira atada de manos. La investigación periodística se ha convertido en una mera edición de los expedientes filtrados por los enemigos de la víctima sacrificada.

Pero no es fácil escapar de ello. Las empresas de comunicación son las más interesadas en alargar el período de ejecuciones públicas porque las denuncias de corrupción elevan la circulación de los diarios y los raitings de los noticieros, y proporcionan una imagen aparente de independencia y profesionalismo. Nunca como ahora, el periodismo mexicano había gozado de una libertad tal, y nunca como ahora había sido tan difícil para los periodistas honestos percibir la degradación de su ética profesional.

Es tal la fuerza de la prensa ante los políticos, que en la recientemente aprobada Ley de Transparencia de la Información –que obliga a la burocracia a hacer pública la información solicitada– se eliminó toda mención a mecanismos de sujeción legal de los medios de comunicación frente a asuntos de difamación, privacidad de terceros o derecho de réplica. Desde luego, ha sido una ley muy importante para liberar los asuntos públicos de la cautividad en la que la mantenía la burocracia desde tiempos inmemoriales. Pero dejó intocada la otra pinza del fenómeno de la información: el mensajero.

Al enorme protagonismo que los periodistas y los medios de comunicación tuvieron en el pasado –a cambio de la sujeción– ahora se suma el disfrute de la autonomía. Lejos de transformarse en una mejor práctica del oficio, el fenómeno se ha traducido en una soberbia que inhibe la autoexigencia, la capacitación profesional y el sentido de responsabilidad.

Algo tenemos que hacer los periodistas para salir de esta jaula de oro en la que nos ha colocado el repentino y fácil éxito que otorgan cámaras y micrófonos. Ciertamente la mayoría de nosotros somos escépticos de la promulgación de alguna ley que limite las actividades informativas en nombre de una supuesta protección de los derechos del público. En el pasado los hombres de poder han tenido la capacidad de poner a jueces y a tribunales a su servicio. Mientras no mejore la calidad de la justicia, es muy probable que una ley de ese tipo sea utilizada para acallar a un medio que resulte incómodo al gobernante en turno.

Pero eso no nos exime de la necesidad de autorregularnos para ser mejores. No podemos permitir que los foros informativos, es decir nuestro espacio de trabajo, siga siendo la cloaca en la que se tira lodo y putrefacciones de todo tipo.

Algo tenemos que hacer para dignificar nuestro trabajo, para responder a la confianza del público, para mejorar la salud de la vida pública.