EL-SUR

Martes 16 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Piéda

Alan Valdez

Octubre 25, 2025

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Ayer hablé con mi padre, abuela. Miré sus ojos a través de una pantalla. Se parece a ti, abuela. Yo a veces me parezco a mi padre. Cuando me pongo lentes y salgo para mi trabajo, sé que me parezco a él. Cuando muevo las manos como si las manos fueran las palabras, me parezco a él, abuela. Mi padre que cada día se parece más a ti.
En la llamada me dijo que irá a verte. Que visitará el lugar donde descansas allá en San Luis. ¿Estás descansando, abuela? Yo espero que no te hayas dejado engañar por esa falsa razón de la tierra muda. Que lo estés mirando todo con esos ojos que son iguales a los de mi padre.
Ayúdame a recordarte, anda. Ayúdame a saberte mejor el vestido y los cabellos que hace tanto no veo. ¿Qué lenguas te dicen? ¿Qué otros niños te hablan? Ahora que estoy acá, en este lejos río, ciego río, me pregunto si me has mirado. Si has visto mis edades tejiéndose con las edades de gente con nombre o sin nombre. Anda, Piéda, llévame al mercado, ya entendí que no se come después de agarrar el dinero.
Me he convertido en un cuerpo extraño, Piéda. De niño solo me queda el nombre. Ay chamaco carajo. Ay chamaquito malcriado. Entonces mi padre me dijo que irá a verte. Que les echará agua a tus años quietos y limpiará un poco sus costados. Yo no sé si mi padre reza. Yo he dejado de hacerlo, abuela. Discúlpame. Me volví un callado para Dios, aun así, prendo una vela y la miro acabarse, gastar su fuego y dejar sombras esparcidas por las paredes de mi casa. Entonces la apago. Entonces el humo se riega como la cola de un perro y yo lo acaricio y me quedo dormido.
Mi padre que tiene tus ojos dijo que irá a visitarte. Oye, abuela, y cuando tú lo visitas, ¿lo regañas porque se queda dormido con los lentes?. Ya sabes cómo es: llega del trabajo, se quita la camisa y se queda en playera de tirantes, se pone sus sandalias y abre el periódico, a veces ni siquiera es el periódico de ese día, y se queda dormido.
Ayer que mi padre me llamó, yo era un poco más joven, abuela. Iba descalzo por un valle con flores acostadas, su tierra tenía escarcha y en la orilla de su caudal tenían sembrado un pequeño faro. Su luz como de 5 de la mañana no iba a ninguna parte. En el río no había botes y el agua se regresaba sigilosa. Yo seguí, quería saber qué cosas son mías y cuáles no. Pero era muy temprano, abuela, tan temprano que las horas no sabían qué hacer con los árboles. Los árboles tampoco sabían qué hacer y dejaban ir a todas sus hojas.
Cuando eso pasa aquí, en este lejos río, río ciego, abuela, los niños se disfrazan de animales. Y van y tocan las puertas y las puertas se abren y los niños brincan con las manos llenas, con las manos llenas de mieles secas. Y te digo, abuela, se van brincando, cruzan la noche en una lengua que ni tú ni yo sabemos, hasta que de nuevo las aceras quedan vacías.
La última vez que me disfracé era conejo. Jugaba al Mambrú se fue a la guerra. Tú aplaudías y yo danzarín y azul como un conejo azul, regaba confeti por el kínder de la colonia en mayo. Abuela, disculpa que interrumpa nuestra plática, tengo que corregir lo anterior, esa fue la última vez que me disfracé de animal, ahora llevo otras intenciones, le digo un año y un apellido mentiroso a la gente, porque qué les importa, verdad, abuela, qué van a saber ellos de cómo hemos despertado de pronto al oír cómo se tira el agua. Mijo, baje las cubetas. Mijo, barra el agua de la azotea.
Mire, véame, soy y no soy. Recorriste tanto monte y envejeciste al lado del mar y yo acá, lejos, en el río ciego y tú regada en la espera de todos nosotros: mi padre, tus hijas y los hermanos que te quedan. Lo cierto es, abuela, que todas nuestras bocas juntas no pueden decirte. Yo he repetido tanto tu nombre y nadie te conoce. Yo, a veces, cuando voy caminando y siento que alguien viene, pero no pasa nadie, me pregunto si así es como otros oyen las historias que cuento de ti. Yo mismo, abuela, que me crie entre tu cocina y la televisión encendida, a veces luego no sé de qué me acuerdo. Anda, Piéda, ayúdame a saberte mejor los aretes y los pasos. ¿Dónde estás ahora? ¿Qué silencio cansa más al aire?
Te digo abuela, a diario, ahí en mis maneras de renegar de mi sangre que está bordada con prisa en mi apellido, de esconder que yo también soy hijo de ese cerro lleno de pájaros y piedras húmedas con orín de perro. Ahí, en la orilla alambrada del pozo seco, te busco, ahí Piéda, bajo ese amate calcinado por un machete flácido y en todos los primos y tíos y vecinos que siguen pasando por el frente de tu casa, buenos días doña Piéda, ya anda barriendo, va a querer masa o chilate. Piéda, arajo, ya andas buscando calle otra vez, a ti te salió Cayetana en el calendario, arajo mujer.
Alguien barre la ciega agua por las escaleras de tu casa. Talla con una escoba. Se hace un hilito y luego un perro con sed pasa y se bebe el agua con espuma. La única diferencia es que ahora hay calle. La gente hace fiestas de concreto y se gritan unos a otros por saber quién merece, o por mérito cívico o por nacimiento, la banqueta.
Ya no está el almendro, ya no está el nanche, ya no está el guanábano, salvo una hermosa plancha de material donde, a veces ya cuando se ha entibiado la tarde, ahí se echan de panza los animales y se espantan las moscas con la cola. Eso sí, la vista de la playa sigue intacta, su diamante, que se abre y se cierra cada noche, sigue brillando desde lejos, pero ese brillo, abuela, ahora sufre el esmero de las flores de plástico. ¿Por qué pasa eso, abuela?
Ayer hablé con mi padre. Me dijo que iría a visitarte y vi sus ojos que son como mis ojos a través de una pantalla. Le conté del frío y él me platicó de los trabajos manuales que realiza en su casa después de las lluvias. Le hice un recuento de mi vida diaria y él me platicó de lo que puede comer y de lo que ya no. Nos acordamos de tu comida, él dijo uuuy, ya no más patitas de puerco con frijoles, ¿te acuerdas, hijo, de cómo tu abue cocinaba las patitas en salsa? Yo casi no como carne roja y mi padre ya no tiene permiso para ella. ¿Por qué pasa eso, abuela, eso de que las gentes son como sus padres, pero también son otras gentes, así distintas y extrañas? ¿Así como las piedras que se parecen unas a otras, pero, una piedra es una piedra y nunca otra piedra? ¿Por qué abue, por qué?
Ay, abuela, no hay nadie en casa, las cortinas están cerradas y ya empezó el otoño. Tengo 33 años. ¿Tú cuántos años tienes? Yo quisiera explicarte cómo soy ahora, decirte mira, abuela, mi casa y mis libros y esa es una foto de cuando nadé en un lago y creía que nunca nadie podría ser más joven que yo porque las olas de aquel verano me regresaban a una orilla de agua dulce. Pero no, abuela, la verdad es que mis palabras se acumulan, guardo cosas entre los libros y casi no llamo a mi madre. Yo quería ser un espejo acomodado en medio de un claro de bosque, pero ahora, mirar me cansa sin aviso y las gentes hablan con prisa y yo no les entiendo. ¿A dónde va todo mundo con esa prisa, abuela? ¿A dónde se dirigen?
Mi padre ayer me dijo que iría a tu pueblo. Y también dijo que llevaría este pliego de papel entre las manos para ti. Así que deja te digo mi oración, esta oración callada para un Dios también callado.
Esta es una carta solo para ti, esta es una palabra solo dicha para ti, blanco se volvió en el bosque el corazón salvaje, escuché abuela, justo cuando abría las ventanas. Enséñame a mirar con bien y a no equivocarme de fuego cuando señalo el final del día. Dime, recuérdame la canción que mecía a los frutos en cada una de las ramas de tu jardín. Dime, recuérdame el abrazo de niño rojo con el que protegías los tallos de la mordida de los cerdos. Del clamor ya no supe nada, pero hay días cuando el sol agrieta el río donde creo entender mis años y tus años.
La primera vez que me sentaste en tus piernas, yo tenía una cruz colgando de mi pecho y me limpiabas lo recién nacido con un paño suave por mi frente. Esta es una petición solo para ti, abuela. Ayúdame a ir sin el enojo marchitándome los dientes. Ayúdame a que no se me olvide el nombre de mis padres. Que sepa siempre cuáles son las escaleras que lleva a nuestra casa. Ahora, abuela, parado en una estela de aire de octubre, se me enfría la cara y me da vergüenza decirte que me he tardado más de lo que he prometido. Pero sigo y procuro separar el hambre del ayuno y soy agradecido cuando tengo que serlo. Piéda, tengo las manos llenas de la tierra que nunca solté de tu jardín. ¿Qué hago con ella, dime? ¿Qué hago crecer con ella?
En tus ojos que supieron dónde empezaban las riberas, qué hombres y mujeres viste ir, pesados con cestos de ropa sobre la cabeza. ¿A qué jugabas con tus hermanos cuando ninguno se había mudado a las ciudades? Mis hermanos y yo, abuela, nos hemos mudado a las ciudades. Somos hombres dóciles en países extraviados.
Mañana el día se presentará como un alimento. Tú y yo, y todo aquél que se acuerde de ti comerá en la misma mesa, y después pondremos las fotos de nuevo en las paredes, aunque estén llenas de humedad. Mañana, abuela, te contaré si pude atravesar el estrecho del río. Por mientras, anda, abuela, tengamos fe en el comienzo de la estación del frío.
Ya me voy a acostar, abue. En la mesa te dejé un vaso con agua. No quedaron trastes sucios en el fregadero, ya saqué la basura y revisé que la llave de la pila esté cerrada.
Mañana temprano, si nos vemos, me platicas qué tan crecido está el río de San Luis Acatlán.