EL-SUR

Lunes 27 de Junio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Planeta negro

Jorge Zepeda Patterson

Octubre 28, 2007



Las mil 900 casas destruidas por los incendios en California producirán más combustible ecológico entre la opinión pública y las
autoridades que los 300 mil hogares desaparecidos por el huracán Katrina, hace dos años. Ambos desastres tienen que ver con el
cambio climático, aunque hay una gran desproporción entre ambos fenómenos:
Los incendios en San Diego constituyen un corte en el dedo frente a la amputación de un brazo que representa Nueva Orleáns.
Pero con una diferencia: el sur de California es el territorio con más millonarios por kilómetro cuadrado en el mundo; mientras
que Luisiana es uno de los estados más pobres de la Unión Americana. La presión sobre Washington habrá de ser mucho mayor.
Ojala.
La revista Nacional Geographic publicó en su edición de octubre un reportaje que ha conmovido a la opinión pública. El cambio
climático es más acelerado de lo que se había considerado hasta ahora. En la mayor parte del hemisferio norte la temperatura
promedio ha ascendido alrededor de 3 grados centígrados en los últimos 30 años, tres veces más de lo que hasta ahora se creía.
En México el incremento promedio varía entre 1.5 y 2 grados. Lo peor no es el promedio sino las severas variaciones a lo largo
del año. Las oleadas de calor son más intensas, pero también las heladas ocasionales. En conjunto están haciendo trizas el
ecosistema bajo el cual los seres humanos han vivido durante miles de años.
Durante décadas creímos que la contaminación del aire y del agua sería la mayor represalia que el planeta nos asestaría en
respuesta a nuestro descuido. Sin embargo, los científicos afirman que el Apocalipsis habrá de desencadenarse por una vía
mucho más terrible: la ausencia de agua. El cambio climático sentenciará a los seres humanos a una lenta condena a la
deshidratación. Hasta ahora la precipitación pluvial registra variaciones de entre 10 y 15 por ciento en los últimos treinta años,
pero tales cambios parecerían haber sido distribuidos en el planeta de acuerdo a un patrón destinado a producir el mayor daño
posible. Sequía en las zonas desérticas o secas, lluvia a raudales en las regiones húmedas.
El problema es que mayor cantidad de lluvia no necesariamente se traduce en mayor disponibilidad de agua. En muchos lugares
sucede justamente lo contrario. En Europa del norte, por ejemplo, las lluvias invernales han aumentado sustituyendo a la caída de
la nieve, lo cual ha colapsado el sistema de recolección de agua que Europa generó a lo largo de siglos. La nieve permite
prolongados deshielos que alimentan durante meses los largos y anchos ríos que abastecen de agua a sus ciudades. Las lluvias
inclementes de los últimos años simplemente provocan inundaciones calamitosas repentinas, pero desbordan los mecanismos
diseñados para retener el agua para los períodos de sequía.
El principal causante de todo esto es la emisión de dióxido de carbono que el consumo de combustibles libera en la atmósfera y
el efecto invernadero que provoca. Durante miles de años el ser humano vivió en una atmósfera con 280 partes de CO2. Eso
cambió repentinamente en el siglo XX. Para 1950 se había alcanzado un nivel de 315 y hoy en día llega a 380. Los científicos
estiman que una proporción de 450 sería la frontera límite, tras la cual el proceso sería irreversible; pasado ese punto gran parte
de Greolandia y el Antártico se deshelarían y muchas de las ciudades del mundo desaparecerían por el ascenso del nivel del mar.
Para entonces, de cualquier manera, sólo habría agua en algunas porciones del planeta.
No se trata de una escena de ciencia ficción. Estamos a 70 puntos de alcanzar esa mojonera de 450 partes de CO2 por millón.
Cada año aumentamos dos partículas más, lo cual significa que dentro de 30 años el destino habrá de alcanzarnos.
Probablemente antes, porque pese a los esfuerzos de Greenpeace o Al Gore, la generación de dióxido de carbono sigue
aumentado, de tal forma que en una década podría pasar de dos a tres partículas por año.
Esto significa que la mayor parte de los lectores de estas líneas padecerán los estragos del cambio climático de una manera
muchos más dramática que la simple inundación de las calles de su ciudad o el aumento de la cuenta eléctrica por el consumo de
refrigeración y calefacción. Solíamos decir que había que cuidar el planeta en beneficio de nuestros hijos y las siguientes
generaciones. En realidad tendríamos que hacerlo en beneficio de una vejez apacible. O peor aún, simplemente para poder llegar
a viejos.
Los mayores responsables de que esto cambie están haciendo muy poco al respecto. Los intereses corporativos controlan a los
líderes políticos que hoy tendrían que estar tomando medidas radicales para detener esa cuenta regresiva. Tendremos que
padecer muchas inundaciones, incendios y huracanes de efectos descomunales antes de que las élites se decidan a introducir
terapias de shock en nuestra desquiciada sociedad de consumo.
Mientras tanto, todos podemos hacer algo al respecto. Lo suficiente al menos, para no sentirnos cómplices de la tragedia por
venir. Cinco recomendaciones al respecto: Primero, sustituir focos tradicionales por focos de luz fluorescente de baja energía;
son más caros, pero duran 10 veces más y, sobre todo, consumen sólo la cuarta parte que los focos normales. Se estima que si
cada hogar estadounidense cambiara un foco evitaría la emisión de CO2 equivalente a 800 mil autos en todo un año. Segundo,
evite al máximo las bolsas de plástico y papel; use las propias de tela. Tercero, disminuya el tiempo en la regadera; un minuto
menos representa 2 mil litros al año de ahorro de agua. Cuarto, atempere el termostato del aire acondicionado y el calentador.
Quinto, incida políticamente para demandar proyectos de transporte público y mayor severidad en las exigencias de impacto
ambiental. Parecen medidas menores, pero en conjunto pueden ser significativas. El mejor momento para haberlas tomado era
hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora.
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