EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Playa Ventura, vacación de privilegio

Ana Cecilia Terrazas

Abril 09, 2022

AMERIZAJE

A las Estheres.

La palabra ventura, salvo cuando se abusa de ella, articula felicidad, suerte, contingencia, casualidad, riesgo, peligro, suceso o lance extraño y, desde luego, aventura, según la Real Academia Española. Viene del latín y de todo aquello por venir; esto es, tiene un pie en el presente y otro más en el futuro.
Las playas mexicanas son de una belleza inconmensurable a pesar de la interminable basura que ahí se arroja y de las oportunidades lamentables que en ellas ve el crimen organizado y el desorganizado también. Es el caso –lo saben mejor quienes ahí habitan o van a vacacionar– de Playa Ventura, Guerrero.
A una distancia de –más o menos, sin tráfico– una hora con 50 minutos del principio de la carretera Acapulco-Diamante; después de unos 35 topes, tres retenes comunitarios y alguno que otro militar, está expuesto uno de los centenares de paraísos que aguardan los más de 11 mil kilómetros de litorales mexicanos. Poco antes de Marquelia y de la Barra de Tecoanapa, por la carretera Acapulco-Salina Cruz, se llega ahí, de día, en paz, a esa playa rotunda, tranquila, llena de garza blanca, garza negra, pelícanos de aviación impecable, aguilillas coquetas y, desde luego, tortugas que procuran seguir desovando antes de extinguirse por completo. Ah, y a fines de marzo –reporta quien esto suscribe– se vieron algunas traviesas ballenas (las localizamos con binoculares gracias a la expulsión de vapor de agua desde sus espiráculos o agujeros en las espaldas). No queda justa la descripción si se omiten las estrellas fugaces del cielo nocturno y de todo tipo de otras aves pequeñitas y grandes, pescando y comiendo cangrejos.
Con amaneceres y atardeceres de azoro, por ser distintamente iguales, Playa Ventura aguarda paciente a las semanas de vacaciones o días feriados para no parecer un lugar abandonado.
En su frente hacia el mar, totalmente abierto, la Costa Chica en pleno ruge con fuerte donosura. El coro de olas hace un apartado de todos los demás ruidos y paisajes sonoros porque impera, impone, descansa, cansa y acaba por arrastrar cualquier saldo que una lleve para adentrarlo con fuerza al mar y conservarlo para sí.
Hace 26 años una pareja joven llegó para acampar a la colonia Juan N. Álvarez y construyó poco a poco lo que hoy es el sencillo, austero, rústico e impecable La Tortuguita Hotel and Camping, con algunas pocas habitaciones muy limpias, un magnífico restaurante, anfitrionía precisa, jardín y lugar para acampar y para campers. Hay varios de estos espacios en la localidad, sólo que en este caso tuvimos la ventura de hospedarnos ahí que además está autorizado oficialmente para realizar actividades de protección, conservación y turismo en torno del cuidado de diversas especies de tortugas marinas.
La abundancia de planos visuales y sonoros playaventurescos es inacabable; parecen los mismos tonos y las mismas escenas las que pasan por los ojos que se mecen en la hamaca y, sin embargo, con la atención plena, se nota toda la paleta colórica y el relato diferente.
El gran turismo y el turismo de lujo suelen asociarse, como todo lo considerado comercialmente privilegiado, al precio; la calidad del servicio y de los servicios; lo cotizado del lugar y los pocos espacios disponibles; la cantidad de estrellas por puntos adquiridos y recomendaciones internacionales que se allega. En México hay muchos lugares para todo tipo de turismo y los espacios para este turismo de lujo quizá no son los más abundantes, pero sí los más conocidos.
Lo maravilloso del país, y sí, también de la Costa Chica de Guerrero –como ocurre en Oaxaca, Chiapas y todas nuestras costas del Pacífico y las demás–, es que aún pueden hallarse lugares para hacer un turismo de privilegio: el privilegio del silencio; el de ver ballenas con binoculares desde el confort de una hamaca; el de comer delicioso sin gastar 200 quincenas; el de la limpieza a pesar de nuestra cultura no orillada a poner la basura en su lugar; el de los cielos estrellados despejados; el de la poca gente y el mucho amor a la naturaleza.
Este Amerizaje es un homenaje particular y general; al mismo tiempo, es un llamado a que entre todas y todos difundamos esos espacios fuera del foco de la ultrapopularidad comercial; es una gana de vencer el miedo a recorrer, como antes, carreteras y caminos para tocar poblados que viven sin temores o tratan de hacerlo. Es un guiño para encaminarnos hacia lugares de privilegio, es decir, venturosos.