EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Plumas acapulqueñas (III)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 29, 2016

Los chaneques bailadores

En el estado de Guerrero a los duendes se les conoce con el mote de “chaneques”. Se dice que estos seres, imaginarios o no, viven durante el día de manera invisible en las copas de los árboles y aparecen por las noches para hacer víctimas de bromas y tretas a quienes están solos y viven o frecuenten zonas poco pobladas. Se comenta que les gusta retozar por lugares solitarios asustando a quienes tienen la poca fortuna de toparse con ellos.
Cuentan que los han visto correr a la orilla de algún río o juguetear por cerros y cañadas y hay quienes aseguran haberlos visto bajar de los árboles en loca carrera, siempre al amparo de la noche, pero nunca se comentó que se aparecieran en medio de una animada fiesta.
Sucedió que en un pueblito llamado El Ticuí, perteneciente al municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero, famoso por su antigua fábrica de hilados y tejidos que fuera inaugurada en el año de 1904 y cerrada en 1966, la gente del pueblo decidió salir de la monotonía y hacer una gran fiesta acordando que ésta se realizaría en el cancha de basquetbol que hay en el lugar a fin de disponer de una enorme pista de baile. Todos estaban entusiasmados y cooperaron para que no faltara comida ni música en aquella celebración.
Llegado el día del festejo el pueblo entero se congregó al atardecer en la cancha de basquetbol que lucía espectacular decorada con globos y faroles de papel multicolor, las chicas del pueblo deseosas de conseguir novio se había arreglado con esmero, o, como se dice en la Costa Grande, se habían puesto “charras”, todo era algarabía, había comida en abundancia y dos orquestas, la gente no paraba de bailar , sin embargo había muchas jóvenes que no tenia pareja pues con el cierre de la fábrica la mayoría de los hombres del pueblo habían emigrado a otras partes en busca de trabajo.
La fiesta se prolongó hasta muy noche y como el ánimo iba en aumento, las dos orquesta se unieron para tocar una alegre canción por todos conocida como La Cocaleca provocando tremendo alboroto entre los asistentes, y como los pobres chaneques habían presenciado el regocijo que reinaba en la fiesta, no pudieron soportar más y bajaron de los árboles sin importarles ser vistos por la multitud y uniéndose al festejo invitaron a bailar a las chicas que no tenían pareja, quienes movidas por el deseo de bailar aceptaron la invitación sin reparar en el aspecto de aquellos extraños que, a decir de todos, eran unos excelentes bailarines.
Una vez terminada la pieza musical y con ello la euforia del momento, los chaneques comprendieron su error y de inmediato se retiraron del lugar para evitar ser reconocidos, resignándose a contemplar de lejos el desarrollo de la fiesta.
Al día siguiente la mayoría preguntaba de dónde habían salido esos extraños bailarines; sin embargo, no faltó quien los hubiera reconocido e informara a todos que aquellos desconocidos eran los mismísimos chaneques, y para evitar que se volviera a repetir una situación igual, los ticuiseños estuvieron de acuerdo en que nunca más se volvería a tocar ni a bailar La Cocaleca ¡y menos de noche!

(María del Carmen Quevedo Acosta. Jácaras guerrerenses.
Pretexto Comunicación -2012).

“La cena más grande del mundo”

Desconozco el porqué la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos dejó de realizarse, pero años después, en 1987, cuando se concretó el plan de volver a realizar dicho festival en Acapulco, todos nos vestimos de gala y pusimos nuestro granito de arena para que tuviera un éxito rotundo.
Y fue así que el señor Jesús Chuy Rodríguez creó la que sería “la cena más grande del mundo”. Dicho fastuoso evento se realizó en la Playa Condesa, con 2 mil 500 invitados, que cubrió al totalidad de la playa, que seguramente usted conoce, con tarimas para ofrecer un auténtico piso de madera, en donde se colocaron 250 mesas para 10 personas cada una; todas con mantel, vajilla y su consiguiente lámpara.
Acomodados en los 2 mil 500 asientos, todos cómodos, con respaldo, al mismo tiempo que se servían las primeras botellas de vino, los sorprendidos invitados veían como el promontorio llamado El Morro se iluminaba con cientos de antorchas y 400 hombres en sus cayucos –lanchas–, partían rumo a la Playa Condesa navegando con sus antorchas en la mano, al tiempo que la orquesta entonaba unos muy vistosos acordes de la mejor y la más representativa música acapulqueña.
A todos y cada uno de los comensales les fueron servidos ceviches, pescados y langostas, sin contar los cientos de kilos de ceviche y pescado, para agasajar a los comensales. Entre los asistentes se encontraba Miguel Alemán y su esposa Christian Martell, María Félix, Andrés García y Luis Miguel. Y me considero muy afortunado en haber estado presente. Esta cena indudablemente debe estar en el libro de Records Guiness. Todo fue agradable y grato, gracias al gran desprendimiento y amor del señor Rodríguez y sus hijos tenían por Acapulco, ya que todos intervinieron en el enorme esfuerzo para poder realizar el evento, El cual fue totalmente gratuito.
Por medio de estas páginas personalmente agradezco a los señores Rodríguez: Chuy, Tony, Ernesto, Héctor y todos los demás que dieron su esfuerzo para realizar el buen nombre de Acapulco y, por ende, de nuestro país.

(Aarón Fux. Acapulco, ¿jet-set? ¿Cuál? Arte Final – 2002).

“Contra el vicio y la corrupción”

A cinco días de su ascensión al poder (1960), el acalde Jorge Joseph Piedra pone en marcha un operativo para cumplir una de sus más sentidas promesas de campaña: el cierre de centros de vicio y prostitución copando auténticamente a la ciudad. Se pretende limpiar inicialmente el centro citadino y el área en torno al mercado central. Lo ha planeado en secreto, con sus íntimos, sin comentarlo siquiera con sus regidores, por temor a las filtraciones. Uno que lo conoce muy bien es su ejecutor, por supuesto, Liberato Torres, amigo de la infancia de Joseph y subjefe de la oficina de Reglamentos.
Será un golpe demoledor contra los empresarios del vicio, “los envenenadores del pueblo”, como se les llama. Levantará ámpulas cuando se ponga al descubierto que entre estos últimos figuran políticos, gobernantes y periodistas. La operación, gracias al sigilo impuesto por el alcalde, resultará exitosa. Se anuncia la clausura de sesenta y dos establecimientos entre cantinas, piqueras, cabarets, brincos y casas non sanctas. Noventa por ciento de ellos en manos de influyentes
Estarán entre estos últimos los burdeles Babalú, Balalika y Lontana, en la zona de tolerancia, propiedad del propio jefe de la policía estatal, Joel Añorve, sobrino del gobernador. El Safari, cabaret, fumadero de mariguana y sitio de reunión de degenerados que funcionaba entreverado con las aulas del Instituto Regional de Bellas Artes. El conspicuo cabaret El pez que fuma, a unos metros del Zócalo y la Quinta Evangelina en Mozimba. El mundo oficial se daba cita allí porque el negocio era propiedad del gobernador Caballero Aburto. Este había importado de Puebla a la más famosa de sus madrotas, Evangelina, pues, con la que iba a medias.
Contra lo que él mismo se esperaba, Joseph recibe la felicitación entusiasta de los miembros de su cabildo quienes, incluso, lo exhortan: “¡adelante, señor presidente, cancele todas licencias de funcionamiento!”. “¡Claro que sí!”, responde un Joseph emocionado por aquella muestra de solidaridad de gente que, en los hechos, estaba dispuesta a entorpecer todas sus acciones. Muy poco, sin embargo, le durará la sonrisa. Cuando alguien le informe que existe en el cabildo una vieja costumbre. La de que cada principio de año los ediles reciban, a título gratuito, licencias para operar centros de vicio que venden hasta en diez mil pesos cada una o trabajaban a través de prestanombres.

Las “Quintas”

Jorge, sin elevar el diapasón de la voz, explica al Cabildo que durante su régimen no habría ese género de negocios y ratifica su decisión de que las clausuras ejecutadas son definitivas. Y sigue de frente. El día 10 de enero los sellos de clausura son colocados en las puertas de la Quinta Alicia, de gran lujo y valiosas influencias; y el 15 el golpe fue para la escurridiza e intocable Casa Rebeca, un lupanar de exagerado lujo oriental, diputándose la supremacía con Evangelina. El lenocinio era de Rebeca Piña en copropiedad con el hermano del gobernador, Enrique Caballero Aburto, el siniestro recaudador de Rentas del Distrito. También se cerró la casa de asignación Los Cardenales, frente al jardín de niños Montessori.
Por su parte, el cierre del lupanar Musmé movilizó al mundo político y a la prensa acarreando serios dolores de cabeza al primer edil. Ello porque su propietaria era la periodista Carmen Villa, a la sazón secretaria general de la sección XXV del sindicato Nacional de Redactores de la Prensa. Incluida en la nómina del Diario de Acapulco y, por si fuera poco, esposa de un general del ejército.
Las empresas afectadas movieron inmediatamente influencias y coyotes; ofrecieron dinero a Joseph, lo amenazaron, le suplicaron, lo halagaron, lo abrumaron con cartas y telefonemas de recomendación de senadores y diputados guerrerenses, y personajes encumbrados de la administración federal; y de todos modos las casas siguieron cerradas.

(Emilio Vázquez. Cierre de antros de vicio. Edición mimoegrafiada-1961).

La reversa

Diez meses más tarde las cosas volverán a su sitio cuando Jorge Joseph Piedra sea separado del gobierno municipal. Una decisión del presidente Adolfo López Mateos, el mismo que lo había llevado a ese cargo. Ambos se hicieron amigos cuando Joseph, reportero de la fuente laboral del diario La Prensa, cubría la secretaría del Trabajo a cargo de ALM. El acapulqueño que cuando niño fue ayudante de un inválido Juan R. Escudero, culpó de su desafuero al secretario de la Presidencia, el chilapeño Donato Miranda Fonseca, a quien bautizó como “el ministro del odio”. Y, por supuesto, al gobernador Caballero Aburto, por exhibirlo como un lenón.

“Acapulco y sus alcaldes

Don Alfonso Argudín enlista a los presidentes municipales de Acapulco de 1900 y hasta 1999, del siguiente modo:
De Tepecoacuilco: Antonio Pintos Sierra
De Chilpancingo: Carlos Adame, Efrén y Alfonso Villalvazo.
De Campeche: Luis Martínez Cabañas.
De Atoyac: Baltazar Hernández Juárez, Canuto Nogueda Radilla e Israel Nogueda Otero.
De Chilapa: Donato Miranda Fonseca e Ismael Andraca Navarrete.
De Petatlán: Israel Hernández Ramos
De Huitzuco: Febronio Díaz Figueroa
De Arcelia. Amín Zarur Menez
De Ometepec: Manuel López López, Rafael Añorve, Mario Romero Lopetegui, Antonio Trani Zapata y Manuel Añorve Baños.
De Cocula: Antioco Urióstegui.
De Acapulco: Juan R. Escudero, Enrique Lobato, Jorge Joseph Piedra, Ricardo Morlet Sutter, Martín Heredia Merckley, Alfonso Argudín Alcaraz, Israel Soberanis, René Juárez, Rogelio de la O Almazán, Juan Salgado Tenorio, Virgilio Gómez Moharro, Antonio Piza y Ana María Castilleja.

(Alfonso Argudín Alcaraz.
Del Acapulco que perdimos,
Crónicas arregladas, corregidas y aumentadas. Alejandro Martínez Carbajal. Editor: A.M.C.).