EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Plumas acapulqueñas (VIII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Enero 26, 2017

El jefe Chemita

El generalísimo don José María Morelos conoce en Pie de la Cuesta la captura en Morelia del cura Mariano Matamoros. Hondamente preocupado porque se trata de su mejor soldado, su mejor amigo, hará todo lo que esté sus manos para salvarlo. Ofrece al virrey Calleja la vida de 70 de sus soldados, presos en Acapulco, a cambio de su “brazo derecho”, como también llegará a considerarlo. Rechazada su oferta, un “jefe Chemita” colérico, francamente encabronado, ordena el incendio de Acapulco y la muerte de los prisioneros.
Recibe la orden letal el teniente coronel Isidro Montes de Oca quien, a su vez, la trasmite al capitán Francisco Marcos Mangoy. Es Mongoy famoso en las filas insurgentes por haber hecho de la “degollina”, o sea, cortar pescuezos, un ejercicio magistral, un verdadero arte. Lo ejerce con una daga de doble filo y las cachas plateadas. Por estar impresa en una de sus caras la figura de una mujer con los senos desnudos, el soldado la llama con cariño “mi monita”. Viniendo de ahí la costumbre de acompañar sus letales acciones con una tonada macabra que dice: ¡mi monita tiene sed, mi monita quiere sangre..!
Mongoy era originario de Coyuca (hoy de Benítez). No obstante su impresionante corpulencia era poseedor de una vocecilla chillona. De esas voces normales en las sopranos pero que la gente adjudica en los hombres a los “volteados” o bien a los que carecen de escrúpulos. Esto último, su caso.
Fue en el hospital edificado en los terrenos ocupados mucho más tarde por la casa del licenciado Alfonso Flores Orozco (hoy Cinco de Mayo), donde Mangoy empieza a cantar su estribillo siniestro: ¡mi monita tiene sed, mi monita quiere sangre! A su paso quedan 15 soldados degollados o con las cabezas apenas unidas al tronco. A otro grupo de realistas los encontrará en La Quebrada, elevando a 21 el número de sacrificados.
Los 34 militares restantes habían sido trasladados a las laderas del cerro de La Pinzona, a la barranca denominada de “Las Pozas de los Dragos,” (hoy Hotel del Monte). Aquí la voz tipluda de Mangoy entonará una y otra vez aquello de mi monita tiene sed… hasta completar las 70 cabezas propuestas.

La monita ¿de la suerte?

Desaparecido Mangoy, la monita aparecerá en manos de don Juan Álvarez, producto con toda seguridad de un obsequio pues ambos habían militado a las órdenes de Montes de Oca. Es posible que la daga que cercenó centenares de “cogotes” haya adquirido con el paso del tiempo alguna virtud sobrenatural, poderes mágicos o cosa parecida. El caso fue que don Juan la hereda a su hijo Diego, quien gobernará este estado por mucho tiempo.
Diego Álvarez no hace lo propio con su descendencia sino que obsequia la daga a un amigo y protector, el judío millonario Enrique Kastan. A éste la monita le funcionará como talismán labrando una inmensa fortuna inmobiliaria, heredándola por ello a su hijo Pedro. Una monita casi centenaria pero con sus filos intactos, llegará finalmente a manos del acapulqueño Simón Funes Dueñas, obsequiada por Kastan Jr., a la sazón cónsul de la República de El Salvador en Acapulco. Luego no se sabrá más de ella.
José Manuel López Victoria Leyendas de Acapulco. Ediciones Botas. 1963.

1877-2017

“Comandancia militar de Acapulco. Tengo el honor de adjuntar a usted copia de la solicitud que el Cuerpo Consular residente en este puerto y varios vecinos del Comercio de esta Ciudad me han dirigido, a fin de que se sirva no retirarse con su fuerzas que guarecen la fortaleza de San Diego.
“Apoyando dicha solicitud, suplico a usted se sirva acceder a lo que piden permaneciendo en esta Plaza con las fuerzas de su digno mando, mientras llega la fuerza federal que debe guarecer esta población garantizando los intereses del gobierno como de los particulares. Me es grato suplicar a usted se dignen aceptar mi distinguida consideración”.
Libertad en la Constitución, Acapulco, Junio 7 de 1877. C. Gral. de División Diego Álvarez. Presente
Diego Álvarez Benítez. Archivos del C. Gobernador. La Providencia, Acapulco, 1862-1885.

La Unión-Acapulco

El presidente Porfirio Díaz incorpora al escritor catalán Salvador Castelló Carreras, tío de su esposa Carmelita, en una expedición que recorrerá la Costa Grande. La encabeza el coronel canadiense Andrew D. Davidson y se dispone a cubrir 340 kilómetros entre La Unión y Acapulco. Ruta cubierta finalmente entre el 17 de septiembre y el 12 de octubre de 1910, con la participación de diez arrieros, diez caballos y 30 mulas.
Además de los citados, participan en la expedición tres ingenieros canadienses y uno norteamericano; el mexicano Luis Ibarra, en calidad de coordinador, un cocinero francés y su pinche. Por cierto, este último resultará ser una mujercita disfrazada de hombre, con toda seguridad petit-ami secret de cuisiniére. Su error, bañarse en el río donde la delatará un enorme derrière.
Con esta expedición don Porfirio pretendía conocer la riqueza agropecuaria, forestal y minera costera con perspectivas de explotación y colonización. Señalar, además, el trazado general de una vía férrea del Balsas a Acapulco y de aquí a Chilpancingo e Iguala. La misión había comenzado con un recorrido por el río Balsas, de Santiago Zacatula a La Unión.
Las impresiones de viaje de Salvador Castelló fueron publicadas en un periódico de España con el título de En las selvas y costas del Pacífico (1916). José Iturriaga, el investigador mexicano, obtiene los derechos del texto logrando su publicación por parte del Fondo Cultura Económica. Lo titula Diario de viaje por el Balsas y la Costa Grande de Guerrero, con prólogo suyo. El mismo lo presentará durante las Terceras Jornadas Alarconianas de Taxco, en 1990.

La travesía

El cronista reseña: “Chiquillos desnudos y bronceados corrían por la orilla del camino chillando y su aspecto, mejor que el de seres humanos, era el de monos que huían despavoridos… El uso del tabaco está generalizado entre mujeres, hombres, jóvenes ancianos e incluso niños de cinco años. Ellos mismos fabrican sus cigarros. La raza india tiene en esta costa un tipo arrogante; sus facciones y su color son mucho menos pronunciados que en el Valle de México y la mujer es menos fea”.
“El caballo de copas, el cinco de bastos, el siete de espuelas… gritaba una india de formas redondas y muy negra sentada a la presidencia de una larga mesa. A su derredor se habían acomodado hombres y mujeres que, con frijoles, señalaban en sus respectivos cartones las cartas anunciada por la voceadora. Era la lotería en la que se jugaba de firme… ahí dejaban paulatinamente sus salarios. Tal manifestación del vicio entre gentes tan pobres y miserables, resulta mil veces más abominable que en los aristocráticos garitos de la ciudad”.
La expedición respondía también a un interés secreto del presidente Díaz y sobre el cual ya mantenía pláticas con el exterior. La fundación en Petatlán de “una colonia para un millón de inmigrantes europeos, españoles de preferencia, que supieran explotar las riquezas de la región. De hacerse realidad este sueño de don Porfirio, anota Castelló, los colonos habrán de encontrar un emporio superior a todas las tierras de América”.
En San Jerónimo, el autor catalán describe en el río una panga jalada por caballos para el cruce de personas y mercancías. Cinco o seis potros de buenas alzadas demuestran un entrenamiento paciente para nadar a contracorriente y por ello no desvían mucho su camino. Se trata de un espectáculo que nos deja a los extranjeros con los ojos cuadrados de admiración. “Esto tengo que contárselo a Carmelita”, anota el tío hispano de la primera dama de México.
Luego, como dice el corrido, “vino el remolino y los alevantó” Salvador Castelló Carreras. Diario de viaje por el río Balsas
y Costa Grande de Guerrero, 1910. FCE y Gobierno del Estado, 1999

Cortés en Acapulco

Hernán Cortés entró a la bahía de Acapulco en 1535 con seis navíos. Aquí llegará un mensajero para darle cuenta del arribo a la capital de don Antonio de Mendoza, en calidad de primer virrey de la Nueva España.
El propio mensajero le entrega la copia de una carta de Francisco Pizarro a Pedro de Alvarado, “adelantado” de Guatemala, pidiendo auxilio urgente. Se dice cercado por los naturales de Lima, “Ciudad de los Reyes”, a quienes, no obstante combatir todos los días, no cree poder vencer a la larga. El auxilio debe ser, pues, inmediato.
Cortés ordena a su mayordomo Hernando de Grijalva y a Fernando de Alvarado, un muchacho de 26 años, llevar en dos naves el auxilio a Pizarro. Van al frente de 70 hombres, once piezas de artillería, 17 caballos, setenta cotos de malla, muchas ballestas, arcabuces, herrajes, muchas vituallas y ropa.
El marqués del Valle de Oaxaca aprovechará su estancia en Acapulco para crear en la bahía vecina, parte de su señorío (más tarde “puerto del Marqués”), una colonia con 300 soldados y 37 mujeres. Asentamiento sin futuro por las dificultades para su abastecimiento y pocas ganas de ganárselo por parte de sus residentes.
De aquí, Cortés viaja a Cuernavaca.
Francisco Eustaquio Tabares y Lorenzo Liquidano Tabares, Memoria de Acapulco.
Editorial Municipal-1994