EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Plumas acapulqueñas (XII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 23, 2017

El Palacio Federal

“En la década de los treinta, el arquitecto don Vicente Mendiola Quezada realiza tres obras interesantes tomando elementos de la arquitectura tradicional o vernácula del lugar, reinterpretándola con características neocoloniales, en lo que se llamó la “Arquitectura de la Revolución”. Con estas obras, Acapulco iba a desarrollar una fisonomía que le proyectaba una identidad definida, pues se integraba al contexto formal del puerto, sin agredirlo.
Una de estas edificaciones fue el Palacio Federal en cuya fachada estuvo instalada la Aduana Marítima de Acapulco. Mismo inmueble en el que tendrá un piso completo la Junta Federal de Mejoras Materiales, para controlar el desarrollo urbano del puerto.
Su volumetría sobresalía por el buen manejo de sus fachadas, tomando en consideración el asoleamiento, el suroriente hacia la bahía , con corredores porticados con arcos de medio punto, cambiándole el ritmo y proporción a los arcos en uno de los segmento de las crujías, implementándole una serie de columnas pareadas; tenía una doble escalinata al exterior, para el acceso a las otras dependencias.
Similar solución tenía hacia Escudero (poniente), en la esquina un volumen ochavado, con un arco “escarsiano” (rebajado) enmarcado por dos elementos escultóricos en forma de cañón, rematado por un volumen cilíndrico con dos perforaciones en arcos de medio punto, y un relieve tipo art decó. La cubierta era una combinación a dos aguas y plana. El inmueble fue inaugurado en 1936 y demolido en 1951.
Otra obra importante del arquitecto Mendiola fue el Hotel Tropical (hoy, Costera e Ignacio de la Llave), de dos niveles que funcionó de 1935 a 1956 año este en el que fue tristemente demolido. Acapulco comenzaba a perder su patrimonio y memoria arquitectónica.
La última edificación de este excelente arquitecto fue la gasolinera El Aguila, en el ensanche de la calle Escudero, también con características coloniales. Fue demolida en 1968 (hoy Woolworth).

Arq. Ramón Fares del Río. Acapulco, Arquitectura y Ciudad. Pretexto y Comunicación, 2011.

El Palacio Federal

La superficie ocupada por el inmueble arriba descrito por el arquitecto Fares del Río, no será utilizada cuando en 1951 se construya el nuevo Palacio Federal (el mismo inmueble de hoy pero remodelado). Espacio que, en cuanto quede libre, será tapiado para no despertar ambiciones palaciegas. Se ignoraba, por supuesto, si continuaba siendo “propiedad de los acapulqueños”, como estos lo presumían. Sujeto, eso sí, a la especulación urbana dada su ubicación privilegiada.
Por aquello tan ingenuo del “Acapulco para los acapulqueños”, por no llamarlo por su nombre, surge un propuesta con aprobación general. Que la céntrica esquina (Costera y Escudero) se convirtiera en un primer parque público para disfrute de los niños del puerto. “¡Tanperosibienpendejos, eso vale oro!”, escuchará decir un topógrafo del Teconche a un funcionario federal. No obstante se siguió insistiendo.
Cualquier esperanza será rota años más tarde cuando las tapias del solar se echen abajo para iniciar la construcción de la tienda Sanborns Hnos. Esta se inaugura el 26 de noviembre de 1965 y allí están el gobernador Raymundo Abarca Alarcón, el alcalde Ricardo Morlet Sutter y el presidente de la Junta Federal de Mejoras Materiales, coronel Ernesto Serna Villareal. Casi simultáneamente se levanta en el solar siguiente el edificio Abed, propiedad del millonario Miguel Abed, constructor en el medio siglo del inmueble más alto de la ciudad de México (107 mts). Humillado dos años más tarde por la Torre Latinoamericana (182 mts).
El cerro del fuerte de San Diego seguirá rebanándose como sabroso pastel para deleite de la clase política y solo pararán las edificaciones cuando lleguen a la intocable fortaleza sandieguina. Don Melchor Perrusquía, presidente alemanista de la Junta de Mejoras, había aprovechado un cachito para levantar el edifico Manper al que seguirá otro y otro…

San Jerónimo-Acapulco

Hace muchos años, cuando aún no existía la carretera México-Zihuatanejo, la comunicación entre Atoyac y San Jerónimo con Acapulco se hacía en condiciones dramáticas. Una camioneta salía de Atoyac a las 6 de la mañana con pasaje y carga con destino al puerto. Paraba en el río de San Jerónimo donde ya esperaban los viajeros de esta última localidad. Todos montaban ahora en carretas tiradas por bueyes para un viaje accidentado por angostas y lodosas veredas. Los zancudos zumbaban y el estruendo de un mar que no se veía irrumpía en la comarca.
Se llegaba al Zapotillo casi al mediodía luego de un recorrido de alrededor de 20 kilómetros. Allí se cambiaba de medio de transporte, de carretas a camión de redilas. El destino siguiente era El Carrizal, distante 40 kilómetros, al que se llegaba entre 2 y 4 de la tarde. El viaje se hacía por el llano que separaba a la laguna del oleaje marino.
El Carrizal ofrecía un auténtico maremágnum al reunir a los viajeros de los distintos barrios de Coyuca con los procedentes del interior de la Costa Grande. Las pangas salían a la Barra a esperar el pasaje produciendo un ruido característico al ir rompiendo las aglomeraciones de lirio acuático o “patos, invasores de la laguna. Las hileras de costales de copra y ajonjolí se alineaban por toda la localidad. El olor a gasolina impregnaba el ambiente y los viajeros abarrotaban las fondas a orillas de la laguna.
Los 8 kilómetros entre el Carrizal y la Barra se cruzaban en dos o tres horas a bordo de lanchas gasolineras o pangos característicos de la región. Sobre la carga se montaba no sin riesgos el pasaje, sobre todo cuando la barra estaba abierta y el oleaje del mar irrumpía en la laguna. Era común escuchar a las mujeres rezando en voz alta La Magnífica, que ponía los pelos de punta cuando las barcazas amenazaban con ladearse.

El hundimiento

Y era que todo viajero conocía la historia del hundimiento de una lancha remolcando un camión de carga. Pertenecía a don Ben Todd, “el gringo que descubrió Pie de la Cuesta para el turismo internacional”, mientras que el camión marca International era de don Celso Salgado. Los náufragos, el señor Todd que operaba su propia lancha, Raúl Sánchez (hijo de Pancho El Gordo) e Isaías Torres, ambos a cargo del camión, sobrevivieron milagrosamente. Asidos a un tablón desprendido de la lancha, anduvieron a la deriva durante varias horas hasta ser rescatados sanos y salvos.
El tramo final entre La Barra y Acapulco –alrededor de 30 kilómetros–, se cubría en plena oscuridad para llegar al puerto a eso de las 9 de la noche. Un viaje nada agradable de ¡quince horas!

Carlos E. Adame, Crónica de Acapulco. Ediciones Municipales, 1996.

La Virgen de la Soledad

“La Imagen de Nuestra Señora de la Soledad probablemente fue traída de España por los primeros misioneros y puesta a la veneración de los primeros cristianos de estas tierras el año de 1566, fecha en que el segundo arzobispo de México, Fray Alonso de Montúfar, O.P., cuya jurisdicción se extendía hasta este puerto, pidió al Rey Felipe II que proveyera de párroco a la iglesia de Acapulco, cuyo titular era seguramente el que sigue teniendo ahora. Ya que los nombres o títulos de las iglesias son como los nombres que reciben los cristianos en el bautismo, que se conservan hasta el fin de la vida (Can. 1168.1).
Incontables viajeros que venían a Acapulco para embarcarse en el Galeón de Manila, se postraron ante las plantas de la V. Imagen para pedir su protección durante la arriesgada travesía. Uno de ellos, Juan Francisco Gemelli Carreri, en su Giro del Mundo, hace referencia a la iglesia parroquial de Acapulco y dedica un recuerdo agradecido a Nuestra Señora por el buen trato que recibió durante su estancia en este puerto el año de 1697.
Fue tanta la veneración que se le tuvo que en 1701 tenía ya edificado un templo, que fue casi destruido por el gran terremoto que hubo en la tarde del 21 de abril de 1776.
Años más tarde, el pueblo de Acapulco y sus autoridades quisieron proclamarla solemnemente Patrona de la ciudad. La ceremonia tuvo lugar en el fuerte de S. Diego, en donde se encontraba la Santa Imagen, debido al estado ruinoso de la iglesia parroquial. He aquí como describe aquella conmovedora escena una crónica inédita:
“El 8 de diciembre de 1812, las autoridades en fraternal consorcio, proclamaron a nuestra Señora de la Soledad Patrona de Acapulco y General de las tropas acuarteladas en el Castillo. El comandante de ellas, D. Pedro Antonio Vélez, ciñó a la Venerable Imagen con una banda de General y, en señal de vasallaje, puso en sus manos un bastón de mando. El pueblo que presenció la escena aplaudió emocionado aquel gesto caballeresco y filial, mientras se disparaban salvas de artillería como manifestación de júbilo”.

Altar Mayor

Reconstruida la iglesia parroquial en 1820 la V. Imagen fue llevada en solemne procesión y repuesta en el altar mayor. El Sr. Cura de entonces, D. Felipe Clavijero, celebró Misa Solemne Coram Sanctíssimo a la que asistió el gobernador D. Nicolás Gándara, el Honorable Ayuntamiento y nutrido pueblo.
Al correr de los años era lógico que la V Imagen sufriera deterioro. Y en el año de 1841 el Sr. Cura D. José Ma. Lozano Deza, la envió a México para que fuera retocada. Sin perder la gracia y hermosura original de su rostro, se acentúo en su semblante esa expresión de dolor que a todos conmueve. La bendijo el primer arzobispo de origen mejicano D. Manuel Posada y Garduño y fue recibida en Acapulco con júbilo extraordinario. Todo el pueblo, llevando a la cabeza a sus autoridades, salió a recibirla hasta el paraje llamado entonces “La Huerta del Chino”. Y desde allí se le condujo en procesión hasta la iglesia parroquial.

Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. Dn. José P. Quezada Valdez, Primer Obispo de Acapulco. Carta Pastoral. 22 de noviembre de 1964.