EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Plumas acapulqueñas (XIV)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Marzo 09, 2017

Donato G. Alarcón

Sólo cuando han pasado 76 años del nacimiento del doctor Donato G. Alarcón Martínez, el 16 de octubre de 1899, Acapulco se entera de que fue aquí donde quedó enterrado su ombligo. De que es cuna del primer cirujano mexicano de tórax, fundador de Huipulco, el primer sanatorio para tuberculosos, y director de la gran Campaña Nacional contra la Tuberculosis. El mismo la pondrá en marcha en este puerto.
Tal identidad será razón suficiente para que el alcalde Virgilio Gómez Moharro (1975-1977) logre un acuerdo de cabildo para reparar tan grave omisión. El hijo de Andrés Alarcón, de Chilpancingo, y de Taide Martínez, de Zumpango del Río, será distinguido como ciudadano acapulqueño además de que su nombre será dado a una calle de la ciudad. El de su hermano, Alfonso G. Alarcón, destacado médico pediatra, habrá sido impuesto, por gestiones de don Chendo Pintos, a la Biblioteca Federal del puerto.
Y así sucede. El cabildo declara al doctor Donato G. Alarcón Martínez “Hijo Predilecto de Acapulco”, en mérito a su destacadísima trayectoria como médico neumólogo y su empeñosa lucha para desterrar la tuberculosis de nuestro país. Se ponen de relieve en la ceremonia los diversos reconocimientos otorgados al acapulqueño en otros países. Entre ellos el nombramiento de oficial de la Legión de Honor de Francia, entregado por el propio presidente Charles de Gaulle. Las medallas de honor a su saber científico por parte del gobierno cubano y el Instituto Bresnewiski de Moscú.

La calle

La tarde de aquel mismo día tendrá lugar la ceremonia para imponer el nombre del homenajeado a una arteria de la ciudad. La encabeza el gobernador Rubén Figueroa Figueroa y la clase política de la entidad. La calle del científico guerrerense se ubica sobre la Costera y rodea al Laboratorio de Análisis del Agua de la Bahía, de la secretaría de Recursos Hidráulicos, (en-cargado de reportar diariamente la contaminación de cada una de sus playas, como para que cada bañista escogiera las bacterias a consumir). Por tal ubicación es que la señora María Teresa Segovia de Alarcón, esposa del “Hijo Predilecto”, le encuentra a la calleja la forma de una “herradura”. No le gusta, pues, la considera muy poca calle para llevar el nombre de Nato y así se lo hará saber en repetidas ocasiones.
–Nato, ¡esta no es una calle, más bien parece una herradura y mal hecha! Dile a tu amigo Figueroa que mejor le ponga tu nombre a una avenida como la Costera, con jardines, palmeras y bien iluminada.
–El homenajeado, en cerrada charla con funcionarios estatales y municipales aparenta no escuchar a su compañera, aunque no duda en reconvenirla: ¡“No hables tan alto, mujer, que te pueden escuchar! Luego hablamos…
Viene enseguida la develación de las placas metálicas del bautizo y con ella la exaltación de los méritos científicos del nativo de Acapulco. Orgulloso miembro de la Asociación Médica Americana, de la Real Sociedad de Medicina de Londres, Inglaterra, y de las Sociedades de Tisiología de Brasil, Cuba y Chile.
–Donato –insiste más adelante doña María Teresa–, no deberías aceptar estos homenajes porque no son sinceros, esta gente se entera apenas de quien eres, incluso que aquí naciste. ¡Y nomás mira la calle que te dan!
–¡Por favor, María Teresa, estoy ocupado… llegando a casa me dices todo lo que quieras!… ¿sí?
La cena para el homenajeado y sus invitados tendrá carácter íntimo y en ella se hablará de muchas familias de Chilpancingo que, en distintas épocas y circunstancias, tuvieron que abandonar la ciudad capital para radicar en el puerto. Los Alarcón, entre ellos. La señora Segovia, por su parte, no quita el dedo del renglón:
–Donato, aprovecha que tienes al lado a Figueroa para recomendarle que vea que no le quiten tu nombre a la “herradura” apenas lleguemos al aeropuerto.
“¡Son muy capaces!”.
–¡Por Dios, mujer!, responde aquel ahogando sus palabras con la servilleta.

Sabiduría femenina

Y vaya que tenía razón doña María Teresa Segovia de Alarcón en sus reparos sobre el nombre de su esposo para una calle tan “pinchurrienta”. Un día desaparecerán las placas broncíneas del bautizo, como antes desaparecieron en Acapulco los hornos coloniales, las águilas republicanas del paseo del Malecón, el reloj del Palacio Municipal, la pequeña réplica de la nao de Manila de la glorieta de Icacos y si seguimos no acabamos. La denuncia la hará el colega Xavier Rosado, entonces reportero de El Sur, llamándola maliciosamente “La calle sin nombre” (título, por cierto, de un memorable thriller con Richard Widmark).
Una nueva realidad desmentirá al poco tiempo a Rosado: su bautizada “Calle sin nombre” desaparecerá como por encanto, afirmándose incluso que tal arteria nunca había existido. Para esto la habrán integrado sutilmente a los jardines y estacionamientos del hotel Crowne Plaza. “¿Cuál calle, pinches periodistas mentirosos?, reprocharán engallados los voceros del gobierno federal y hoteleros.

Xavier Rosado, reportero. La Calle sin Nombre. El Sur, 2003.

El Reloj de Palacio

Inaugurado por el alcalde Nicolás Uruñuela, el primer reloj público de Acapulco ocupó una torre de madera de 9 metros sobre la techumbre del Palacio Municipal. Sus primeras once campanadas sonaron la noche del 15 de septiembre de 1910, en ocasión de la ceremonia del Grito de Independencia. A partir de esa fecha se le conocerá simplemente como el “Reloj de Palacio”.
Hombre honesto a carta cabal, don Nicolás Uruñuela no pretenderá presumirlo como una aportación de su gobierno a los festejos del Centenario de la Independencia. Sí lo hará el gandalla don Porfirio al incluir “la inauguración del reloj de Acapulco”, en el programa nacional de festejos. Don Nicolás lo presenta como lo que era: un donativo. Uno muy generoso que agradece a los hermanos Nicola y Rómulo Allegretti Crushani, empresarios italianos asentados en el puerto al frente de una beneficiadora de ácido cítrico. Para ellos solo será una respuesta obligada a la bondadosa generosidad de los acapulqueños y a la honradez de sus autoridades.
Don Nicolás, por cierto, contraerá nupcias aquí con la porteña Enriqueta Billings Diego, hija de doña Catalina Diego y un caballero inglés ausente. Procrearán una numerosa familia integrada por Rómulo, Remo, Roma, Enrique e Hipólita. Que los “playeños” adjudicarán al consumo generoso de pescados, mariscos y huevos de tortuga.

El tin-tan

Las cuatro carátulas del reloj de palacio, de casi dos metros de diámetro cada una, era de porcelana blanca con los números romanos en negro. El sonido de sus campanas era claro y brillante. Un tin-tan equivalía a 15 minutos y 4 de ellos a la hora exacta, tocada ésta por una campana más grave. Una vez acostumbrada la sociedad a ordenar sus actividades diarias al ritmo de aquellos sonidos, se verá trastocada cuando el aparato sufra retrasos o descomposturas. Tres personajes se encargarán de su mantenimiento a través de los años: don Benjamín H. Luz Cárdenas, don Eduardo H. Luz Castillo y don Julio Vélez.
A dos años y 45 días de aquel acontecimiento, Acapulco es azotado por un feroz tornado (12 de octubre de 1912) que desploma la torre de madera del reloj de palacio para convertir en añicos su maquinaria helvética. Vuela también la techumbre de la parroquia de N.S. de la Soledad, se desploma el mercado central de Zaragoza (hoy Escudero), sucumbe el muelle de madera; el río Grande (Aguas Blancas) abandona su cauce para inundarlo todo. Asombro general ante una canoa de pesca anclada en la fronda de un árbol de la plaza Álvarez.

No marques las horas…

Enviado para su reparación a la joyería La Esmeralda de la ciudad de México, el “Reloj de Palacio” es rescatado por el alcalde Manuel L. López. Lo reinstalarán en el mismo sitio pero ahora una estructura sólida y sus primeras campanadas serán las doce para despedir 1927. Año de la carretera México-Acapulco.
A mitad del siglo XX, el Palacio Municipal resulta afectado seriamente por los sismos al grado de ser abandonado por el ayuntamiento. Se muda “temporalmente” a un mercado de zona en la calle Arteaga (hoy Azueta), hoy Capama. Quedan en el dañado edificio del centro los juzgados, las corporaciones policiacas y desde luego la cárcel municipal.
Entonces el Reloj de Palacio sufrirá nuevos y duros embates esta vez por parte de la población carcelaria. Y era que la carátula norte asomaba precisamente al patio central de la prisión. La lapidación será uno de los métodos utilizados por los reclusos para detener sus manecillas y silenciar sus campanadas, logrando únicamente hacer añicos la porcelana suiza.
Para muchos sentenciados significaba una tortura insufrible escuchar cada segundo aquel maldito tic-tac. Uno de aquellos, sentenciado a 25 años de reclusión, se adelanta a Roberto Cantoral clamando: “reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer”.
Junto con la casa municipal de adobe y teja se va el “Reloj de Palacio”. Seguramente lo enviaron a La Princesa para dejarlo como nuevo, se dirá la gente. Por ello cuando se construya en el mismo sitio el nuevo palacio municipal, “El Redondel”, se esperará la edificación de un nicho para albergar la maquinaria suiza donada por los Allegretti. Nada sucede, sin embargo. Se anidará entonces en los acapulqueños la sospecha de que “alguien se chingó el reloj de palacio”, muy pronto convicción. Ningún indicio, ¡como si se hubiera tratado de un reloj de pulsera!
¿Alguien sabe por ventura dónde quedó el Reloj de Palacio?

Francisco Eustaquio Tabares. Lorenzo Liquidano Tabares. Memoria de Acapulco.
Rubén H. Luz Castillo. Recuerdos de Acapulco.