EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Plumas acapulqueñas XXIX

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 22, 2017

Sire: más que un error fue una estupidez

Aquel pueblo de ayer

La bahía acapulqueña solo era perturbada de cuando en cuando por el arribo de los hermosos barcos de vela, clippers, trayendo el carbón imprescindible para la nueva forma de navegación marítima. El combustible era descargado en el “muelle del carbón”, para luego ser almacenado en las bodegas de enfrente (hoy Palacio Federal). El oleaje de aquella tranquila bahía lamía los accesos de tales bodegas e inundaba la base misma del fuerte de San Diego, deprimiéndose luego en la playa “Terraplén”. El vaso marino, a propósito, se ha retirado a través de los años por lo menos 100 metros.
Cuando los niños y jóvenes se iban de “tíquite” o “pintaban venado” lo hacían preferentemente en la playa cercana a la “Piedra Ahogada” (frente al hoy Hotel Las Hamacas). Las bromas pesadas eran el pan de cada excursión, siendo la más popular “la galleta”. Consistía en tomar la ropa de los menores para mojarla y luego anudarlas, nudos tan fuertes que las víctimas no podrán deshacer. Caminarán por ello desnudos hasta sus casas.
Otra de “las maldades” de los mayores consistía en “dar manteca”, también a los menores. Se les untaba el cuerpo con trozos del carbón que habían dejado en las playas los legendarios veleros australianos, hasta hacerlos aparecer como auténticos “negritillos”. La “pelas” en casa eran seguras.

Personajes involvidables

Fueron entonces precursores de “jipismo”, Romeo Jiménez y Chanito Rivera. Sobre sus largas melenas se tejieron varias hipótesis aunque la única real fue la enemistad de ambos con el único peluquero del puerto. Otra precursora en materia de moda fue La Ñeca Torres, ésta de las faldas cortas o “minifaldas”. El largo de las suyas era poco más de un jeme arriba de la rodilla, aunque no despertaba gritos de ¡guau! porque la señora vivía ya su medio siglo.
En Acapulco vivía gente buena y muy querida como Nicéforo Rico. Subía éste al barrio de La Poza con un elegante balanceo, herencia de sus años a bordo de la corbeta Zaragoza. Muy orgulloso de haber dado la vuelta al mundo junto con los Limones de La Playa. O como Luis Walton, orgulloso de su moderna e increíble guitarra eléctrica.

Plazoleta Álvarez

La vieja plazoleta Álvarez, rodeada por la casa de alto Boucanovich, hoy edificio Pintos. El cine Salón Rojo de los hermanos San Millán; las cantinas de Pepe Pintos y de Simón Funes; la Aduana Marítima, la casa de Delfino Funes y La Marinita, famosa cantina de Doroteo Doroche Lobato. Desde luego el templo de La Soledad y la refresquería del kiosco, construida en 1908 por Tomás Véjar, papá de La Tuchi.
Un tanque cuadrado en la bahía surtía de agua las embarcaciones. Se llenaba desde los depósitos localizados, uno en la calle de La Quebrada, en la casa de Mariquita Piza, y otro en la ahora calle Azueta. Anclados en la bahía, El Chipischapla, famoso bote de carreras y sus similares de Cachemo y Pancho Moreno. También El Bilbao, velero de P. Uruñuela y Cía.

Acapulqueños

La mayoría de los niños acapulqueños andaban “chirundos” o desnudos y descalzos. También sin zapatos, muchos adultos. En materia de diversión dominical, las familias concurrían al Zócalo a escuchar la Banda Municipal, instalada en los altos del kiosco. Los jóvenes daban la vuelta alrededor del jardín obedeciendo una regla inviolable: Las mujercitas caminaban en el sentido de las manecillas del reloj y al revés los caballeros. No faltaban, por supuesto, los encuentros frontales y tampoco los besos furtivos.

La porracera

Los cardúmenes de ojotones se acercaban a la orilla de la playa permitiendo a los pescadores, niños y adolescentes entre ellos, cobrarlos con sus efectivas “arañas”. Cuatro anzuelos fundidos en una plomada que, con un solo “gante”, ensartaban dos o más peces.
En la playa “Terraplén”, junto al Fuerte, era tradicional la pesca de la sardina. Era tal la porracera, como se llamaba aquella extraordinaria concentración de peces, que las mujeres, con el agua a las rodillas, llenaban sus canastas con aquellos pececillos. Bien asoleadas, las sardinas tenían gran demanda en el mercado del Parazal Fernández.

El auténtico ceviche

Cuando los mexicanos se aventuran por una “carretera mortal” hacia Acapulco, para gozar de una hospitalidad jamás imaginada, se encontrarán aquí con un platillo de rechupete, el ceviche, sebiche o seviche. Ceviche de sierra cocida con limón o no era ceviche. Con jitomate, cebolla, chile verde picado y nada más. El banquete se completaba con el pecho de tortuga cocinado como nadie por Marcelino Deloya.

Evaristo Valverde

Habrá gente de mar que otorgue a peruanos el origen del ceviche, más tarde acapulqueño. Se remontaban a la época en que la bahía era invadida por “barcas buceras” procedentes de Perú. Pescadores que venían de tan lejos en pos de la concha perla, aquí abundante y con cayo de hacha se alimentaban. Lo ensartaban en alambres colgados del palo de la vela y una vez terminada la jornada procedían a picarlo menudamente. Lo cocían con chorros de limón y listo: el ceviche había nacido.
Fue Evaristo Valverde el primer acapulqueño que preparó el ceviche original: lonjas de sierra marinada en limón, jitomate y orégano. Lo servía con gran demanda en la cantina de Doroche Lobato, en la plaza Álvarez (hoy Bancomer). A partir de esa propuesta, el guisado experimentará una y mil adiciones.

Julio Diego y Carlos Adame

Don Tomás Diego vivió en la playa del Rincón (hoy simplemente La Playa), donde crio una numerosa prole: Julio, Lalo, Tomás, Pipo, y las mujeres. A su muerte, Julio, el hermano mayor, se hace cargo de la familia hasta hacer de todos hombres y mujeres de bien y de trabajo. De esto y más hacen memoria Julio Diego y Carlos Adame, en una hermosa tarde acapulqueña.
Al exaltarse en la conversación el pundonor de la gente de la Playa o “playeños”, surgirá indefectiblemente el diferendo entre Alfonso Mocho Sutter y Manuel Ramírez alias Mezcalito, cuyo epílogo provoca honda conmoción en el puerto.
El Mocho Sutter, patrón de lancha, departe como de costumbre con amigos en el restaurante La Mojarrita, de Roberto Bermúdez, en Azueta y Costera. Una tarde pasa frente a ellos, también como de costumbre, el estibador Manuel Ramírez, Mezcalito. Éste asume para sí una cuchufleta proferida por aquella mesa, acompañada por sonoras carcajadas. No solo la responde con insultos de gran calado sino con ¡un reto a balazos!
–¡Ni a resortera llegas, borracho pendejo! –le responde uno del grupo.
–¿Qué no tengo pistola?… ¡Orita van a ver, pinches ojetes! –responde Mezcalito para desaparecer de la escena.
No han pasado ni diez minutos cuando el hombre está de vuelta. Viene bien pertrechado con una pistola de piña o revólver que enarbola con la mano derecha. Desgrana una nueva retahíla de ofensivos dicterios. La mesa se pone de pie y Sutter, el único armado del grupo, desenfunda de inmediato una cuarentaicinco. El momento retrata con gran fidelidad la escena de los duelos cinematográficos del estadunidense Lejano Oeste. Falta sin embargo quien lance al aire el pañuelo femenino a cuya caída deberá abrirse fuego.
Aquella tarde, frente al mar, dos hombres guiados por el odio o vaya usted a saber por qué sentimientos, disparan sus pistolas. Lo hacen al mismo tiempo y al mismo tiempo se desploman. Ramírez, inerte, la mirada perdida. Sutter, apenas lanza un estertor. Llevado al sanatorio del Sagrado Corazón de Jesús, junto al hotel Las Hamacas, muere al poco rato.

Diego vs García

¿Y el duelo de tu hermano Tomás?, pregunta Adame. Los dos amigos engarzarán recuerdos dolorosos. Antonio García, lanchero del malecón, reta a balazos a Tomás Diego, patrón de lancha. Se trata de dirimir agravios personales que mancillan el honor. “Pero hoy mismo”, demanda el retador aunque un poco más tarde deberá posponer el duelo. Le ha salido una chamba para llevar turistas a Zihuatanejo. “No me rajo, entiéndase, vuelvo enseguida”, advierte a sus amigos.
La espera resulta angustiante para familiares y amigos de los presuntos duelistas. Para entonces todo Acapulco se ha involucrado en el folletinesco drama, sin faltar quienes hablen de un circo sin leones. Las apuestas no podrán faltar: las primeras en torno al regreso o no de García y las demás por quien sobrevivirá.
¡Ya!, exclama la población entera cuando, cumplido el séptimo día, se escucha el silbato de la embarcación de Toño García. Las mujeres solo podrán retener en el hogar a los menores, ningún mayor querrá perderse aquel excitante suceso en primera fila. Se aprovecha que el malecón está en proceso de construcción para buscar escondijos entre grandes tubos, bloques de cemento y socavones. Seguido de un grupo de amigos, Tomás Diego se dirige hacia el muelle de madera, frente al hoy Palacio Federal, donde se encuentra atracada la embarcación de García. Allí, sobre un túmulo de arena le grita:
–¡Antonio García, te estoy esperando!
El interpelado responde inmediatamente con dos disparos que no proceden de la embarcación, indicando ello que ha podido desembarcar y ya está en el escenario del duelo. Diego no es tocado por ninguna de las balas pero las detonaciones provocan una loca desbanda de curiosos. Se guarecen como topos bañándose en el lodo e incluso comiendo tierra.
A partir de ese momento, los duelistas iniciarán una danza macabra en toda aquella área verde vendida más tarde por el bolerito Zedillo a empresarios gringos. Entran y salen siempre disparando de los escondites ofrecidos por las obras del malecón. No falta quien contabilice dos cargadores utilizados por cada uno de los duelistas. Ambos usan pistolas cuarentaicinco. No es cosa, pues, de buena o mala puntería, es cosa de oportunidad, se dice.
Los gritos provienen de un sitio que hoy estaría frente al Palacio Federal. Gritos sonoros que se repiten una y otra vez y que hablan del desenlace de aquél drama: ¡Ya cayó!, ¡ya cayó¡ Gritos que se refieren al lanchero Antonio García, quien ha recibido un tiro entre ceja y ceja. Por su parte, Tomás Diego aparece cubierto de lodo con su pistola en la mano, todavía humeante. No sonríe, su cara es de preocupación.
Más arriba, en el Palacio municipal, el alcalde de Acapulco indaga en unos monitos de la Ley del Revolver, lo que hacía en casos similares el marshall Matt Dillon.
Don Julio Diego y don Carlos Adame se prometen una nueva sesión para recordar casos y cosas de aquel pueblo de ayer.

Carlos E Adame, Crónica de Acapulco. Editorial Municipal, 1996