EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Plumas acapulqueñas (XXXI)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 06, 2017

Luto por un amigo

Roberto Rodríguez Baños, amigo entrañable nacido en Chiapas pero con parentela en la Costa Chica, murió en la Ciudad de México luego de más de medio siglo de oficio periodístico. Lo ejerció en diversas trincheras siempre con sabiduría, pulcritud y honradez. Fue un hombre de ideas avanzadas y lecturas profundas.
Casado con Laura Zapata, hija de Carlos Zapata Vela, embajador de México en la URSS (1967-71), al periodista se le cumplió el extraño deseo de conocer al líder ruso Nikita Kruschev. “Chaparro, gordo, pelón, verruga en el rostro y muy hijo de la chingada”, lo definió.
Jefe de información de Amex, la primera agencia internacional de noticias con sello tricolor, Rodríguez Baños invita al que esto escribe a desempeñarse como corresponsal en Guerrero. Paga, por cierto, con la que adquirió un Datsun 1969, fiado por don Mario Martínez. Mucho más tarde, de 1992 a 1994, su cargo de director adjunto de la presidencia de la Organización Editorial Mexicana le permitirá radicar aquí un tiempo en calidad de coordinador de El Sol de Acapulco.
Humberto Musacchio ofrece en la República de las Letras, de El Sur, una apretada semblanza laboral del periodista:
Rodríguez Baños se inició en el periodismo en El Día en 1963 y pasó por las redacciones de Diario de México, La Prensa, Unomásuno, y La Jornada, donde laboraba al morir. Dirigió La República, órgano del PRI, y colaboró en numerosas publicaciones y periódicos de países socialistas. Perteneció al consejo editorial de Le Monde Diplomatique.
Fue asesor editorial de la Presidencia de la República (1973-76) y en este último año dirigió la revista Plural de Excélsior, fundada por Octavio Paz. También en esta casa dirigió el semanario Excelsior and The New York Times Weekly Review; el trimestral Un Solo Mundo; los programas de televisión Diorama y Enfoque Periodístico y la emisión de radio del mismo nombre. Fue coordinador de Comunicación Social del gobierno del Distrito Federal que encabezaba Cuauhtémoc Cárdenas.
DESCANSA EN PAZ, QUERIDO AMIGO.

La toma de Acapulco

Sorpresa e indignación se apoderan de los acapulqueños al atestiguar, aquél 13 de marzo de 1924, el desembarco de marines del crucero norteamericano USS Cincinatti, para circular libremente por la ciudad. El capitán de la nave C.P. Nelson se instala con su estado mayor en el Consulado de Acapulco, en la avenida Hidalgo (hoy Telmex), donde flota permanentemente la bandera de las barras y las estrellas.
La reacción no se hará esperar desde diversos puntos de la ciudad, particularmente de los núcleos cercanos a la bahía. Hombres, mujeres e incluso niños formarán pequeños grupos condenando a gritos aquella indeseable presencia:
–¡Gringos sanababiches, go home!,
–¡Pinches gringos, fockyurmoder!
Tan riesgosa como estúpida maniobra había sido concertada entre el cónsul español, Juan Rodríguez y el jefe de la guarnición militar, Amado Estrada. Este, por cierto sin ningún grado castrense, había firmado la petición del desembarco y la ocupación de la plaza. Temeroso, dijo, de que las fuerzas agraristas procedentes de la Costa Grande “hicieran una matazón de españoles para vengar a Juan Escudero y a sus dos hermanos”. Era un secreto a voces que los gachupines habían pagado por el triple crimen, apenas en diciembre de 1923, cinco mil pesos en monedas de oro.

El telegrama de Nelson

El capitán Nelson envía ese mismo 13 de marzo un telegrama al secretario de Guerra y Marina, general Francisco R. Manzo (Francisco L. Serrano ha renunciado para disputar la Presidencia de la República), pretendiendo justificar su injustificable presencia:
“A solicitud urgente del jefe de las tropas que ocupan el puerto de Acapulco y del cónsul español me preparo para efectuar un desembarco de fuerza para defender los intereses y comercios españoles de la localidad”.
Al día siguiente, el general Amadeo Vidales viaja a Pie de la Cuesta para encontrarse con los causantes del peligroso conflicto. Viajan estos a bordo de un hidroplano de la nave extranjera. Les urge pedir a Vidales que, “por su jefecita santa”, no ordene fuego contra los gringos porque, de hacerlo, los cañones del Cincinatti acabarían con Acapulco. Encabezan la comisión el cónsul estadunidense Harry K. Pangburn y el portavoz de los españoles, Marcelino Miaja.
Miaja, orgulloso de haber hecho la mayor aportación en la “cooperacha” para pagar el asesinato de los hermanos Escudero, pretenderá dominar la discusión. Exigirá con grandes voces el desembarco de 400 soldados gringos para proteger a los hispanos y sólo hasta la llegada de las fuerzas militares. Pablo Cabañas, futuro tío de Lucio, lo calla con un “ya me tienes hasta la madre con tus gritos de vieja caliente, pinche gachupín… que se me hace que ahorita mismo te fusilo y hasta te quemo el avioncito que aterrizó en la laguna”.
El cónsul Pangburn apacigua los ánimos exaltados con un severo extrañamiento para Miaja. A los revolucionarios les explica que los marinos gringos no están armados y que sólo hacen labores de acompañamiento de las familias españolas. Ofrece, además, usar su autoridad consular para lograr el retiro inmediato del Cincinatti.

Obregón y Vidales

Amadeo Vidales, por su parte, informa al presidente Álvaro Obregón:
“En nombre decoro Patria, suplico a usted atenta y respetuosamente dirigirse cónsul americano ordenándole que se suspendan las escoltas de marines protegiendo súbditos españoles. Estos, al conocer el avance sobre Acapulco de las fuerzas del Supremo Gobierno, a mi mando, empacaron sus bienes a bordo de lanchas fondeadas alrededor del Cincinatti. Dichos españoles se han negado abrir sus comercios no obstante ofrecerles garan-tías de seguridad. Prueba de ello es que comercios nacionales y extranjeros, no españoles, permanecen abiertos y debidamente garantizados. Respetuosamente Amadeo S. Vidales”.
La respuesta del presidente Obregón no se hará esperar y llegó ese mismo día:
“Con toda oportunidad secretario de Guerra se dirigió al comandante del Cincinatti rechazando toda idea de un desembarco; ya Secretaría de Relaciones se comunicó urgentemente con Washington protestando igualmente contra intenciones manifestadas por dicho comandante. Con llegada a esa del general Rafael Sánchez Tapia, con fuerzas a su mando, creo desvanecido todo pretexto y conjurado todo peligro”.
“En relación con extranjeros que se muestran hostiles a nuestro gobierno y que asumen una actitud parcial en favor de infidentes, ya sale un comisionado especial que se encargará de hacer amplias averiguaciones para obrar con toda energía. Por fuentes diversas me he dado cuenta de que algunos extranjeros de ese puerto han presentado una franca oposición al cumplimiento de las leyes que nos rigen.
“Ya me dirijo al general Rafael Sánchez Tapia para que proceda al restablecimiento de los servicios públicos procurando aprovechar los elementos identificados con nuestro gobierno para los servicios aludidos. Presidente República A. Obregón”.

Vidales aclara

Días más tarde, con la llegada al puerto de los diarios nacionales, el general Vidales se entera por El Demócrata sobre la forma en que el tema se ha visto y tratado en la ciudad México. Le formula una telegráfica aclaración:
“Encontrándome goteras Acapulco recibí comunicación de Amado Estrada participándome haber formado un piquete fuerzas dar garantías a la población mientras yo llegaba. Por su parte, mi oficial Juan Barrientos, comisionado en el puerto, me informa haber organizado otra pequeña fuerza. El propio Juan me advierte que la fuerza de Estrada estaba formada por puros paisanos suyos de Tecpan, todos enemigos de la cusa. Fue por ello que mi primera acción al llegar al puerto fue la de desarmar a Estrada y a su gente. Cuando tomé la decisión de capturarlo, ya había huido”.
“Seis horas después de haber tomado posesión de la plaza de Acapulco, vino a mi cuartel el comandante del Cincinatti, acompañado por el cónsul americano. El gringo insistió en su propósito de desembarcar únicamente 400 soldados americanos para garantizar la paz de la población. Lo dejé terminar solo para ponerme de pie y espetarle:
“–¡Hágalo, mister, por vidita suya, y le juro que todo el parque que me queda lo quemaré para treparlos al barco, a usted y a sus cuatrocientos marines!.
“La mortificación del cónsul Pamburng se hizo evidente adjudicando el desplante del gringo a su español tartajeado. Fue entonces cuando el capitán Nelson, apenado o fingiéndolo, me invitó a comer a bordo del Cincinatti, invitación que decliné cortésmente, por supuesto”.

“Mi no comprende”

“Con todo, el consulado español continuó bajo la vigilancia de marineros gringos, eso sí, desarmados, y el cónsul español y sus familiares escoltados en las calles por personal semejante. Fue entonces cuando llamé al cónsul norteamericano para hacerlo responsable de lo que pudiera pasar en el caso, nada remoto, de que los marinos extranjeros fueran objeto de ataques armados por parte de exaltados acapulqueños. Los insultos ya los recibían con sonrisitas de: “mi no comprende”.
“Me costó mucho contener mi indignación y la de mis valientes soldados pero al fin pudo más nuestra paciencia que las intrigas del cónsul español y por ello me felicito por haber dejado limpio el nombre de nuestra querida Patria, el del supremo gobierno y el mío propio”.

La salida

“Muy de mañana, casi de madrugada, el Cincinatti se dispone a zarpar. La idea del capitán Nelson es hacerlo a la chita callando pero su sorpresa será mayúscula. La playa, del Fuerte a Tlacopanocha, está ocupada por centenares de hombres, mujeres y niños. Como si toda la población del puerto se hubiera concentrado en ese lugar para festejar, con pitos y flautas, “la huida con la cola entre las patas de los gringos culeros”.
Lo que no se oirá aquella mañanita.

Emilio Vázquez Gómez. El ciudadano Jorge Joseph. Edi-ción mimeográfica, Acapulco, 1962