EL-SUR

Sábado 03 de Diciembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Populismos y populistas

Saúl Escobar Toledo

Junio 23, 2016

En los últimos años, tanto en los medios de comunicación como en los círculos académicos, se han desatado numerosos comentarios y reflexiones sobre lo que algunos consideran ya un fenómeno mundial: el fortalecimiento acelerado de gobiernos, partidos y líderes “populistas”. Así, se acusa de populismo a personajes y expresiones políticas tan distintos como al presidente ruso V. Putin, a Donald Trump en Estados Unidos, a diversos gobiernos de la izquierda latinoamericana, a Marine Le Pen en Francia, o a los grupos que promueven la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.
Toda esta variedad tendría en común la existencia de líderes carismáticos que con mucha demagogia logran la simpatía de grandes grupos sociales con un discurso basado en un nacionalismo extremo que se opone al libre mercado, a las élites políticas o financieras, o a los fundamentos básicos de la democracia representativa. Pero una revisión más a fondo de este enfoque revela que ni el calificativo de populista ni el término populismo están claramente definidos ni ayudan mucho a entender el por qué y cómo han surgido estas expresiones políticas.
El concepto de populismo fue un tema muy estudiado sobre todo en América Latina hace poco más de cuarenta años. Se concentró en el estudio de los gobiernos de Lázaro Cárdenas (1934-1940), Juan Domingo Perón (1946-1955), Getulio Vargas (1930-1945) y el partido APRA (1930). A pesar de la riqueza del debate que suscitó, algunos estudiosos del tema como Ernesto Laclau, llegaron a la conclusión de que era imposible definir el populismo. Se reconocía, así, que aplicar el mismo concepto a fenómenos históricamente tan diversos como los de México, Argentina, Brasil y Perú, llevaba a múltiples y encontradas interpretaciones.
Con el paso del tiempo, el término populismo renació, pero se utilizó entonces para calificar a los gobiernos irresponsables que gastaban mucho y tenían que recurrir a altos niveles de déficit público con graves consecuencias económicas. La crisis de la deuda de 1982 que empezó en México pero que afectó a toda América Latina, hizo más popular este adjetivo. Desde entonces a los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, entre otros ejemplos latinoamericanos, se les catalogó de populistas. Por extensión, a cualquier propuesta de ampliar el gasto del gobierno más allá de los límites estrictos formulados por los organismos financieros internacionales, se le ha llamado populismo. En los comienzos del siglo XXI, se dividió a la izquierda latinoamericana en dos bandos: la populista como la de Hugo Chávez en Venezuela, y la brasileña del PT, calificada como responsable por no caer en políticas populistas, esto es, en un gasto público excesivo.
Otra vez, el término populista ha resultado equívoco y confuso pues si se reflexiona con más cuidado se puede concluir que no toda expansión del gasto tiene que resultar dañina para la economía, cosa que después de la crisis mundial de 2008, hasta el FMI reconoce. Tampoco es cierto que las diferentes experiencias de la izquierda latinoamericana se puedan entender, principalmente, por el manejo de los presupuestos del Estado. Aun así, por ejemplo, el gobierno de Evo Morales ha sido calificado como populista más bien por su simpatía y alianzas con el gobierno de Venezuela que por el manejo de la economía boliviana.
Ahora se habla de que el ciclo de la izquierda populista en América Latina está terminando debido al triunfo de gobiernos “amigables con el mercado”, es decir apegados puntualmente a las reglas del neoliberalismo no sólo en materia de gasto sino en todo lo que tiene que ver con políticas sociales, salarios y empleo, reducción del déficit y libertad de los mercados.
En Europa en cambio, el término populista se ha aplicado, sobre todo, aunque no exclusivamente, a las opciones de extrema derecha que se oponen al libre comercio. El 23 de junio se llevará a cabo el referéndum en Gran Bretaña sobre la pertenencia de este país a la Unión Europea. Si gana la opción de la salida (el llamado Brexit), éste será un gran éxito del populismo, lo mismo que un eventual, aunque hasta ahora poco probable triunfo de Trump y su oposición al TLCAN en Estados Unidos.
Como puede verse, el término populismo o populista se ha aplicado de manera indiscriminada para calificar a expresiones políticas de significados muy distintos. Pero bien mirado, los errores y aciertos de la izquierda latinoamericana y las posiciones de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos no sólo tienen raíces ideológicas distintas y obedecen a contextos históricos y geográficos muy diferentes. Lo cierto es que las agendas de las izquierdas (no sólo latinoamericana sino también por ejemplo la del español Podemos o de Syriza en Grecia) se distinguen de las de la derecha europea (por ejemplo de Polonia y Hungría) y republicana (en Estados Unidos), en un amplio abanico de temas como la redistribución del ingreso, las políticas sobre salario y empleo, el problema de la migración, el racismo, el cambio climático, los derechos de las mujeres, la libertad religiosa y el papel de la sociedad en las decisiones del Estado.
Así pues, el término populista o populismo se ha convertido más bien en un calificativo sin sustancia que sólo ha servido para denostar a partidos y personajes. Se le ha utilizado como un sinónimo de demagogia, pero no es útil para entender lo que está pasando y, además, oculta el fondo del problema.
En realidad, como algunos han afirmado acertadamente, en las actuales circunstancias, todos los partidos y candidatos en campaña podrían ser calificados como populistas pues tratan de ganar el favor de sus electores con promesas de cambio y críticas, a veces muy extremas, a la situación actual caracterizada por la caída del nivel de vida de amplios sectores de la población y el comportamiento de las élites políticas tradicionales.
El problema entonces es el gran malestar de la población en Europa, Estados Unidos y América Latina que se expresa en posiciones políticas diversas pero que tienen en común una gran insatisfacción con el curso que ha tomado la globalización capitalista y el libre mercado, y la enorme incapacidad de los gobiernos para responder a sus ciudadanos bajo un sistema que parece dominado por una minoría muy pequeña (el 1%) y muy corrompida. Una muestra de esta inconformidad ha sido la gran movilización social en Francia contra la reforma laboral que, por supuesto, ha sido calificada como populista.
El problema de fondo, como señala el profesor de la Universidad de Harvard, Yascha Mounk, es que estamos viviendo una democracia en la que las grandes decisiones han quedado “al margen de la competencia democrática” y “las elites políticas se han alejado de las preferencias de sus votantes”.
Todo esto tendría una solución, afirma, si advirtiéramos las causas del malestar social y “se pusieran en práctica políticas económicas destinadas a elevar los estándares de vida de los ciudadanos comunes y corrientes” Y, también, si se buscaran “nuevas formas de participación política” pues los gobiernos y parlamentos no han sido capaces de representar plenamente a los ciudadanos.
En México, el malestar social se está expresando en las urnas, como en los comicios del pasado domingo 5 de junio, pero también y de manera cada vez más frontal en las calles y en muy diversas formas de expresión ciudadana. Es el caso del movimiento magisterial al que muchos tachan de extremista y, desde luego, de enarbolar banderas populistas. El mismo adjetivo se ha aplicado a los críticos de la reforma educativa y de otras reformas estructurales. Se trata de un discurso tramposo que trata de ocultar que se han tomado decisiones, en el Poder Ejecutivo y Legislativo, de manera autoritaria, sin diálogo ni consensos. Ahora, además, se intenta imponer violentamente la razón de un gobierno cuestionado por su enorme corrupción y sus malos resultados. Todo se vale, dicen, para combatir al populismo y a los populistas.

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