EL-SUR

Sábado 20 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Por puntos y por nocaut

Adán Ramírez Serret

Julio 06, 2018

Dentro del género de la narrativa, el cuento y la novela, tengo una debilidad, una predilección por las obras que se encuentran, por extensión y forma, a mitad de camino. Pues o son muy largas para ser un cuento o son muy cortas para ser una novela. A mitad del siglo XX una corriente de escritores franceses llamó a este género Nouvelle. En México hay maravillosos ejemplos de estas novelas breves. Entre las más famosas Aura, de Carlos Fuentes, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco; y, también menos conocidas pero igual de deslumbrantes, El sol de Emilio Carballido y Polvos de arroz de Sergio Galindo.
Decía antes que tengo una debilidad por este tipo de novelas y es que algunas de ellas, incluso, se encuentran entre mis favoritas de todos los tiempos, El sueño de Emile Zolá y El bello verano de Cesare Pavese. Las predilecciones son difíciles de explicar pues muchas veces hay libros que sin saber bien a bien la razón, dejan una impresión profunda. Sin embargo, si ahora tuviera que explicar la causa por la cual me gusten tanto estas novelas breves, recurriría a aquella teoría de Julio Cortázar en donde a manera de definición que distinga la novela del cuento, decía haciendo un símil con el box, que la diferencia más fuerte, más aún que la extensión, es que la novela debe ganar por puntos y el cuento por nocaut. Es una definición famosa y brillante que hace sufrir a los escritores pues muchas veces al final una novela no convence, no gana por puntos, y muchos cuentos pueden resultar prescindibles, sin nocaut. Así, la Nouvelle lleva sobre sus espaldas la tarea de ganar por puntos además de la necesidad de lograr un nocaut. Me parece que todas las obras breves citadas logran esto y hago esta reflexión a propósito de la más reciente novela de Robert Seethaler (Viena, 1956).
Se trata de la quinta novela de este original autor austriaco que con Toda una vida ha vendido tan sólo en Alemania más de un millón de ejemplares. Es una “bellísima contemplación de la vida solitaria en un valle remoto, en el que el mundo moderno se va infiltrando poco a poco”, escribió de ella Ian McEwan. Por si esto fuera poco, la maravillosa Margaret Atwood añade: “He gozado con esta novela breve pero maravillosamente ejecutada”.
Pocas novelas merecen de manera tan precisa el adjetivo deslumbrante. Lo es porque en tan sólo 139 páginas ciega por su belleza, porque sucede en las luminosas y blancas puntas de los escarpados Alpes; y también, porque el autor nació con una debilidad visual que lo hizo perder la vista durante algún tiempo. Y, de manera extravagante y natural, es una novela llena de luz e imágenes.
Lo que cuenta la novela es, precisamente, toda una vida, la de Andreas Egger, quien fue abandonado a los 4 años por su madre y criado por un tío que lo golpeaba tanto que terminó por dejarle una pierna inservible. Sin embargo, un buen día, Egger decide rebelarse, no dejarse golpear más, abandonar a su tío y buscarse la vida por sí mismo. No le va mal, aunque sufre, vive en la gélida nieve, y trabaja como esclavo (pues son los principios del siglo XX en Alemania.); aun así encuentra espacio en su vida para enamorarse y es correspondido.
Es una novela en la que página a página, imagen tras imagen, con sufrimientos, pequeñas alegrías y momentos de paz, se cuenta la vida de este hombre que ve transformarse su mundo y vive en carne propia la Segunda Guerra Mundial.
Poco antes de terminar esta pequeña novela, pensé que había ganado, con constancia y precisión, por puntos si sumaba todas las maravillas que contenía. Pero poco antes del final, el autor tenía un as bajo la manga que me dio un golpe gigante y con la boca abierta me di cuenta que también ganó por nocaut.
Toda una vida es una sumergida en aguas heladas y azules que regresan al lector renovado y hechizado por la experiencia de su lectura. Una vida completa en un abrir y cerrar de ojos.
(Robert Seethaler, Toda una vida, Barcelona, Salamandra, 2017. 139 páginas).