EL-SUR

Martes 30 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

¿Por qué es salado el mar?

Silvestre Pacheco León

Marzo 03, 2025

El mar es salado debido a la cantidad de minerales acumulados en millones de años que han sido arrastrados desde las montañas más altas por las escorrentías de los deshielos y las lluvias, por eso tiene sentido que esa agua en extremo salobre se use como líquido curativo y suplemento alimenticio, incluso como manera de enfrentar la sequía sembrándola en lugares donde los campesinos piensan que puede dar origen a manantiales.
Esa primera parte la explicó el biólogo de la UNAM, Carlos Federico Candelaria, en su disertación sobre la importancia de los estuarios en los ecosistemas costeros, mejor conocidos como “esteros” en lenguaje zanca y popular.
El biólogo de la facultad de Ciencias de la UNAM ocupó el espacio cultural del ecotianguis Zanca de Zihuatanejo para dar continuidad al programa de divulgación mensual de la enciclopedia Biodiversum que guarda el conocimiento del litoral guerrerense acumulado en diez años de investigación de los biólogos marinos.
Federico Candelaria define como el encuentro de dos mundos al fenómeno que mezcla el agua dulce proveniente de tierra a adentro para mezclarse con la salada del mar en los amplios arenales, creando ecosistemas de una gran riqueza biológica donde lo más conocido son sus aves, animales, árboles y plantas.
El sábado pasado, el biólogo a cargo de la escuela de Ecología en Zihuatanejo explicó de manera didáctica que es tal la acumulación de minerales en el lecho marino que la sal que contiene representa el 35 por ciento de su volumen, razón que explica la vocación natural de los costeños para fundar salinas que producen miles y miles de toneladas de blancos granos de sal para un mundo que desconoce su origen pero que difícilmente podría vivir sin ella, pues su uso es generalizado en la preparación de alimentos, sirve para fijar el sabor, ayuda a conservar el pescado y la carne, es sustancia medicinal para detener las hemorragias y curar las heridas, relativamente barato por su abundancia en la naturaleza y la facilidad de su producción.
En la exposición de la importancia que tienen los esteros ninguna de las preguntas fueron ociosas, ni siquiera la que pretendió contradecirlo aduciendo que en el monte Himalaya también se había encontrado sal. El investigador nos recordó que hubo un tiempo en la evolución del planeta que todo era agua, y esa es la razón de que incluso en las montañas más altas la sal encontrada es prueba de que estuvieron cubiertas de agua. De allí que se hable de tantas bondades que tiene el agua de mar, aunque ahora también esté contaminada.
Claro que cuando todo era agua la vida que conocemos no había emergido porque ocurrió muchos tiempo antes del relato bíblico que se conoce como el diluvio universal, una lluvia que duró 40 días con sus noches “inundando las más altas montañas”, salvándose de morir ahogados solo quienes pudieron subir a la barca que el patriarca Noé construyó.
Por eso la sal marina ha estado presente desde siempre en la historia del mundo y su uso es tan generalizado que pocos piensan en el tiempo y lugar donde su uso se desconocía o era un producto con precio prohibitivo, de manera que también se usó como moneda de cambio definida como el oro blanco de entonces.
El imperio azteca se sabe que intentó romper la alianza de los tlaxcaltecas con los conquistadores españoles ofreciéndoles sal y algodón, porque parte del dominio que el imperio ejercía sobre ese pueblo tributario era monopolizando la sal.
Otro comentario sin desperdicio sobre la importancia de la sal fue la marcha que encabezó Mahatma Gandhi en 1930 en su lucha contra el imperio británico, para denunciar el control monopólico que ejercía sobre las minas de sal. Esa marcha hasta las playas del mar Arábigo donde simbólicamente produjo un puño de sal fue icónica en su lucha contra el imperio.
Pero la sal es también un producto demasiado cercano a la vida e historia de la Costa Grande y de Zihuatanejo en lo particular porque no solo lleva ese nombre la Ciudad Integralmente Planeada de Ixtapa, sino el de la laguna de Zihuatanejo que se llama de las “Salinas” pues el hecho es que en lengua Náhuatl para nombrar la sal se dice Ixtapan.
Pero se habló aún más en esta parte de la exposición para ilustrar las bondades de los esteros o el encuentro de dos mundos. Esos espejos de agua, la mayoría ocultos bajo la sombra de los manglares, refugio de chaneques, territorio de cocodrilos y escondrijo de cangrejos, son lugares umbrosos cuyo silencio suele interrumpir y hasta espantar el aleteo y sonoro canto de una garza pico de cuchara huyendo del cocodrilo que cae pesadamente en el agua en su vano intento por hacerse de una presa.
En ese ambiente se desarrolla el mundo que viene de tierra adentro para encontrarse con el inmenso y salobre océano con cuya mezcla generan ese ambiente especial en el que viven garzas de distintos colores, zanates, cigüeñas, de tamaños y picos diversos como las barredoras de fango, filtradoras, come néctar, (definidos así por el biólogo Pablo Mendizábal en un trabajo pionero de las aves comunes de Ixtapa y Zihuatanejo) y Cocodrilos, iguanas, cangrejos tortugas, árboles de mangle, manzanillos, icacos, marañona.
Para enriquecer e interesar la exposición acerca de los esteros se recordó el aporte poético del ilustre y liberal tixtleco, don Ignacio Manuel Altamirano quien seguramente sin proponérselo, ya en 1864 visitando los lugares vecinos del campamente del general Juan Álvarez, en la sierra de Atoyac, escribió un extenso poema a su río, que de acuerdo con los conocedores constituye uno de los más inspirados, sensibles y bellos cantos a la naturaleza.
La profesora Esperanza Mora, toda una institución cultural de la ciudad, junto con el maestro Alejandro Honda y quien esto escribe, nos deleitamos leyendo Atoyac, el río que corre blandamente bajo la fresca sombra/Que el mangle con sus ramas espesas te formó/ Y duermen tus remansos en la mullida alfombra, que dulce primavera de flores matizó. Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo/el mango con sus pomas de oro y de carmín; y en los ilamos saltan gozosos el papagayo, el ronco carpintero y el dulce colorín.
Pero el tema de la sal siguió presente, quizá porque es uno de los productos que tiene un lugar especial en el catálogo de lo que la Costa Grande aporta al estado, que ofrece al país entre 700 y mil toneladas de ese grano blanco que antes de almacenarse, hecha montones, semeja ser el reflejo de las nubes que han bajado hasta el suelo.
Recuerdo que hace tiempo, en una supuesta disputa entre salineros sobre la calidad de su sal, unos adujeron que la suya era más salada. Eso que era difícil de refutar y tampoco era fácil de comprobar pronto pasó a la historia porque los consumidores la siguen comprando indistintamente y no reparan en esas exquisiteces.