EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Por qué no nos cuidamos?

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 01, 2020

 

¿Cuántas miles de veces hemos escuchado durante esta cuarentena la recomendación “quédate en casa”? ¿Cuánta atención ha recibido esta indicación de las autoridades del sistema de salud? ¿Cuánta gente parece indiferente a la llamada a cuidarse? ¿Cuánta frustración y cuánto enojo ha generado la actitud irresponsable de quienes no se cuidan? ¿Por qué no se cuidan quienes no se cuidan? ¿Por qué no comprenden que al no cuidarse a sí mismos pueden causar graves daños a los demás? Acapulco ha sido mostrado en los medios nacionales como un caso particular con población que no se cuida.
Esta cuarentena ha mostrado lo que realmente somos. Y hemos mostrado el cobre, como se dice coloquialmente. El asunto del cuidado es decisivo para el ser humano y para la sociedad misma. La carencia del cuidado no es sólo una deficiencia social, sin una distorsión del modo de ser, una carencia que está en las entrañas del ser humano. Es parte de nuestro ADN.
Observando el comportamiento social y las graves dificultades que se han ido manifestando al respecto, como el crecimiento de los contagios y un mayor número de defunciones, me vino a la mente un libro que leí hace unos años: Saber cuidar, del pensador brasileño Leonardo Boff, en el que aborda, desde una perspectiva prevalentemente filosófica el tema del cuidado como esencial en la vida humana, poniendo en la mesa la problemática relacionada con este asunto, y buscando caminos para lo que él llama, el necesario “cambio de paradigma”, que implicará una reconstrucción de la persona en orden a que ésta se comprenda a sí misma, a los otros y al ecosistema en términos de cuidado.
Leonardo Boff hace referencia al pensamiento de Martin Heidegger, quien en su obra Ser y tiempo, hace un planteamiento básico sobre el cuidado: “Desde el punto de vista existencial, el cuidado se encuentra a priori, antes de toda actitud y situación del ser humano, lo que significa decir que el cuidado está presente en toda actitud y situación de hecho”. En este sentido, el cuidado está inscrito en la misma naturaleza humana como una potencialidad que favorece el desarrollo y la plenitud de las personas. No es una cualidad, sino una forma de ser y de relacionarse. De ahí que la manera de concebir al ser humano determina si se distorsiona o se ensombrece esta forma de ser. Así, hay concepciones que hacen desaparecer la noción de cuidado. Por ejemplo, para la modernidad, el hombre es un animal racional, para la economía de mercado es una mercancía o un consumidor y para un sistema político es un súbdito y no un ciudadano.
Siguiendo a Heidegger, señala Boff que hay dos modos de ser-en-el-mundo: el trabajo y el cuidado. A través del trabajo, el ser humano interactúa e interviene modificando su hábitat en una relación sujeto-objeto. La razón (logos) instrumentaliza todo, mientras que la ciencia y la tecnología se convierten en herramientas de dominación. Todo puede convertirse en “objeto” por la razón instrumental al ser separado de las conexiones inherente entre todos los seres. Así, mediante el trabajo se llega a cosificar todo: al ser humano, los recursos naturales, el hábitat, las relaciones sociales. Es más, el trabajo se puede convertir en una cosa, en una mercancía. De ahí que, tarde o temprano, el trabajo se convierte en una relación de dominación.
Es el cuidado, la segunda forma de ser-en-el-mundo, el que establece una relación sujeto-sujeto con todos los seres. Cada ser tiene un valor, un sentido y un mensaje en sí mismo, que es captado por la pasión (pathos) afectiva y la empatía. “Cuidar de las cosas –dice Boff– implica tener intimidad, sentirlas adentro de nosotros mismos, acogerlas, respetarlas, darles sosiego y reposo. Cuidar es ‘entrar en sintonía con’, auscultarles el ritmo y armonizar con las cosas. De este modo, la razón analítico-instrumental le abre camino a la razón cordial, a la delicadeza, al espíritu de gentileza, al sentimiento profundo”. Habla Boff del cuidado como una convivencia amorosa, como una compañía afectuosa con todos los seres. Recordemos las palabras que Saint Exupéry pone en boca del Principito: “No se ve bien sino con el corazón (sentimiento); lo esencial es invisible a los ojos”. El cuidado humaniza todo, empezando con el mismo ser humano y cada una de sus relaciones…. y al trabajo mismo. Este modo de ser, que responde a la misma esencia del ser humano es la que hace posible que el cuidado se convierta en un principio de vida y en una característica de las relaciones.
Estos dos modos de ser-en-el-mundo no se oponen sino se complementan. El trabajo, junto con el cuidado generan relaciones sanas con los otros. Lo que ha sucedido es que en nuestra sociedad ha prevalecido el trabajo sobre el cuidado y por ello, las relaciones que se generan y se desarrollan son de dominación. El hombre domina al hombre, el varón domina a la mujer, los fuertes dominan a los débiles, los ricos dominan a los pobres, los gobernantes dominan a los ciudadanos. La política, la cultura, la economía, la religión y la educación se convierten, a su vez, en herramientas eficaces de dominación.
Lo que Boff propone es forjar un vínculo firme entre trabajo y cuidado. Es más, aboga por darle prioridad al cuidado sobre el trabajo. “Otorgar preponderancia al cuidado no significa, sin embargo, dejar de trabajar ni de intervenir en el mundo sino renunciar a la voluntad de poder que reduce todo a objetos desconectados de la subjetividad humana. Significa, continúa Boff, renunciar a todo despotismo y a toda dominación. Significa imponer límites a la obsesión por la eficacia a cualquier costo. Significa derrumbar la dictadura de la racionalidad fría y abstracta para dar lugar al cuidado. Significa organizar el trabajo en sintonía con la naturaleza, sus ritmos y sus indicaciones. Significa respetar la comunión de todas las cosas entre sí y con nosotros”.
Hoy por hoy, durante esta pandemia estamos dándonos cuenta que no estamos preparados para cuidarnos. Los gobiernos no han cuidado a los ciudadanos, las empresas no han cuidado a sus trabajadores, las iglesias no han cuidado los valores espirituales de sus miembros, las escuelas no han cuidado el desarrollo integral de alumnos y estudiantes y las familias no han cuidado a sus niños. Quien nació y creció sin los cuidados necesarios, ha ido desarrollando un sentimiento de abandono y de orfandad que le lleva a no valorarse a sí mismo y a descuidar su vida. Si no sabe cuidarse a sí mismo, está discapacitado para cuidar a los demás.
En esta perspectiva, entendemos que el cuidado no está en el centro de atención, ni de las personas ni de la sociedad, ni de los pueblos. Esto es muy grave. No nos sabemos cuidar, ni a uno mismo ni a los demás. ¿Qué tanto cuidamos a la familia o la relación de pareja? ¿Los padres cuidan a los niños y solemos cuidar a los adultos mayores? ¿Cuidamos de los pobres, de los enfermos y de los sectores más vulnerables? ¿Cuidamos la salud integral, desde la salud física, emocional, mental y espiritual? ¿Los vecinos nos sabemos cuidar unos a los otros? ¿Cuidamos el medio ambiente o lo descuidamos o lo agredimos? ¿Comprendemos las relaciones humanas como formas cuidadosas de tratarnos unos a otros? ¿Comprendemos la política como el arte de cuidar a un pueblo? ¿Qué podemos decir de la violencia desatada por todas partes, desde el ámbito de la familia hasta aquélla más cruel y sanguinaria de las organizaciones criminales? ¿No ha quedado deteriorado el ser humano con el afán de dominación que se manifiesta de manera pluridimensional? ¿Acaso no hemos cedido a la lógica de cosificación de todo, a la mercantilización de las relaciones interpersonales, de la salud, de la política, de los recursos naturales? ¿Y no hemos cedido al consumismo desenfrenado que se ha convertido en una compulsión incontrolable?
Las llamadas de las autoridades a quedarse en casa, a usar cubrebocas, a guardar la sana distancia y el resto de las indicaciones como medidas de cuidado no hacen gran efecto en buena parte de la población que está discapacitada para hacerlo. Personas apocadas, disminuidas o acomplejadas no llevan puesto el equipaje del cuidado porque nacieron y crecieron en medio del descuido y no conocen la experiencia espiritual que les haría capaces de valorarse a sí mismas y de valorar a las demás y de vivir de manera cordial con todo.
Esta experiencia de descuido, que se ha hecho tan visible durante la presente pandemia, nos permite comprender la necesidad de transformaciones profundas, comenzando por la transformación del ser humano, para convertirlo en persona que asume el cuidado de sí misma y de los otros. Esta transformación personal podrá impactar en la transformación social y política y en todas las demás transformaciones necesarias que han de hacerse. Con la cultura del cuidado habría mejores condiciones para abordar con mayor éxito asuntos relacionados con la corrupción, la violencia, la impunidad y la desigualdad, entre otros. Tendremos el mejor de los recursos, el recurso humano para afrontar todo con mayores posibilidades de éxito.