EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (I)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 07, 2019

 

La casa del espía

Las costumbres discretas y morigeradas de la pareja darán pie a las hablillas del vecindario. El ingeniero Víctor Lagauth era francés de la Gazcuña y marroquí su esposa Soraya. Vivían en una de las primeras casas de la avenida México (hoy 5 de Mayo).
–Apenas sí dan la cara, no hablan con nadie, son muy misteriosos –era la queja de los vecinos. –O se creen mucho, los cabrones, o andan en malos pasos –discernían ellas.
En efecto, el matrimonio francés-marroquí salía a la calle lo indispensable; tampoco recibía visitas y la parquedad le era característica. Las únicas salidas, de ella al mercado y de él al salón de billares Vucanovich, en la plaza Álvarez (hoy edificio Pintos). Hablaba lo indispensable con sus compañeros de carambola y una vez colocado el taco en su lugar volvía al hogar siempre ensimismado.
Y, bueno, los acapulqueños tendrán razón al murmurar que “algo muy gordo se traía la pareja de extranjeros”. Lo confirma al calor de un habanero Palma el propio monsieur Lagouth, en confidencia con su compañero de billar, don Víctor Isasola, vicecónsul de España en Acapulco.
–¡Que esto quede entre los dos! –suplica.
El francés de finos modales, piocha bien cuidada, vestido siempre de traje de lino blanco, parece quebrarse ante la posibilidad de perder con Acapulco su último refugio. Ha vagado por medio mundo acosado siempre por una jauría rabiosa con intenciones de despedazarlo a dentelladas. Sólo aquí ha encontrado la tranquilidad buscada por tanto tiempo.
–¿Quiénes y por qué!, mesié –interroga alarmado el amigo ocasional.
Logauth duda aún abrirse de capa. Su cabeza se mueve intensamente para comprobar que nadie lo escucha y calla cuando se acerca el mesero. Su tic nervioso de golpear la mesa con el dedo índice se acelera y no se atreve a la revelación. Apenas sí esboza un dato muy vago que habla de su afiliación a una organización secreta con sede en París, Francia, con centro de operaciones en el norte de África.
–Es todo lo que puedo decirle hoy, amigo Isasola, ya habrá tiempo para nuevos encuentros.
Antes de que el francés abandone el lugar, el vicecónsul hispano le aconseja poner el asunto en mano de las autoridades y en lo personal le ofrece la compañía permanente de dos hombres bien armados, por lo que pudiera ofrecerse.
–¡No, por Dios, amigo Isasola, no! Sería insensato de mi parte involucrarlo en un asunto tan personal y riesgoso. Se lo agradezco infinitamente, de veras…
Pasados tres días de aquella conversación, Acapulco amanece con la noticia de la muerte del misterioso monsieur Logauth. De acuerdo con la versión policiaca, el hombre se había encerrado en el baño de su casa y, sentado en el retrete, se había atravesado el corazón con un fino estilete. Por supuesto que nadie la cree. Por su parte, la esposa Soraya no pronunciará una sola palabra, permaneciendo aquí sólo el tiempo necesario para las honras fúnebres.
–¡Madres, al franchute se lo echaron por ser espía! –será la reacción inmediata de buena parte de la población.
Y espía será Logauth a partir de entonces. Con tal convicción, que la casa que habitaba en la avenida México, salida a la capital del país, será en adelante “la casa del espía”.
Dejará de serlo cuando la adquiera el compositor acapulqueño y mecenas deportivo Juan Calleja, padre y abuelo de periodistas.

El pinto y la caimana

Se ignora por completo el mes y el año en que llegó al puerto un médico francés, portador de una hipótesis tremebunda sobre el origen del mal de pinto. No obstante que fueron muy pocos quienes la tomaron en serio, por contradecir básicamente a la naturaleza humana, la especie circuló tomando más tarde los visos de una leyenda atroz.
Leyenda que adjudicaba el mal de pinto al ayuntamiento de un hombre con una ¡caimana!, quizás en la laguna de Tres Palos. Así pontificaba el franchute ante auditorios perplejos, azorados.
“El nativo llama con silbidos a la caimana, esta sale del agua y se tiende boca arriba en la playa. Casi inmediatamente llegará hasta ella el jarioso amante para hacerla suya hasta el desfallecimiento de ambos. Este hibridismo produce las manchas moradas en la piel de tan exóticos enamorados, trasmitiendo al mal a toda la especie para toda la vida y toda la descendencia.
–¡Ta’ cabrón!, ¿qué tal si hubiera sido caimán y se le voltea al hombre? –era la hipótesis más frecuente de la cátedra.
El presunto médico estaba en México interesado en el estudio del mal de pinto que conoció en su tierra. Y era que muchos de sus paisanos lo habían pescado durante la invasión francesa a Tierra Caliente.
En Acapulco, a propósito, los soldados galos de ocupación no se quitaban las botas ni para dormir, convencidos de que el mal de pinto era causado por algún bicho que penetraba por la planta del pie. Se despojaban del calzado únicamente a la hora de brincotear en la panadería sobre el amasijo de sus sabrosas baguettes. Los acapulqueños le llamarán por ello “pan de pata”, que no dejarán de consumir, por cierto.

Peligro de hecatombe

El incendio de una pipa mientras descargaba combustible en la estación gasolinera de Pepe Polin, entre el mercado Zaragoza y el Palacio Federal (hoy Woolworth) provoca justa alarma en el Centro de Acapulco. El riesgo de un estallido se hace presente cuando se escuchan voces advirtiendo que el fuego puede llegar a los tanques de almacenamiento. Los acapulqueños huyen del peligro por una ruta de evacuación intuitiva que los conduce a los cerros del anfiteatro, con eficacia probada durante siglos.
Aquel 22 de enero de 1942 sólo quedan dos almas en el área de peligro, Armando Ladrón de Guevara, chofer del carrotanque, y su ayudante Mariano Mendoza, ambos decididos jugarse el todo por el todo.
–¡Hay que echarle güevos, zanquita, o a todo esto se lo va a llevar la chingada! –exhorta el chofer a su ayudante y éste lo sigue tan resuelto como aquel.
La pipa ardiendo cruza veloz el mercado Zaragoza, prendiendo todo a su paso. Corre por la actual 5 de Mayo, provocando caos y confusión hasta salir finalmente de la ciudad. El conductor logra su propósito de llegar a la playa Hornos para ahí sofocar el fuego con arena. Lo logran ellos dos.
La hazaña de Armando Ladrón de Guevara y Mariano Mendoza será reconocida por el pueblo y sus autoridades. Durante una ceremonia en el Palacio Municipal, el alcalde Elpidio Rosales, líder obrero de la fábrica La Especial (hoy Industria de Acapulco) los declara Hijos Valerosos y Predilectos de Acapulco. El edil elogia y agradece en su discurso el valor de aquellos dos hombres quienes, aun en riesgo de sus propias vidas, salvaron a Acapulco de una hecatombe.
Ahora viene lo mejor, anuncia el propio Pillo Rosales, como paradójicamente era conocido siendo él un hombre honrado a carta cabal. Y diciendo y haciendo: entrega a los valientes acapulqueños una bolsa repleta de billetes y morralla, producto de una recaudación popular organizada por los señores Manuel y José Muñúzuri.
–¡Déjame sopesarla, hermano! –pide Mariano a su jefe, para diagnosticar enseguida:
–¡Fácil nos alcanza para un “pedito” de cinco días, hermano!

Club de Yates

Albert Pullen, tejano fraccionador de la península de Las Playas; Wolf Schoemborg (cuya esposa Florenne era heredera de las tiendas estadunidenses de “cinco y diez centavos”, más tarde Woolworth) y Lewis A. Riley, productor de teatro neoyorquino, fueron los precursores del yatismo en Acapulco y creadores del Club de Yates.
Fue la deslumbrante actriz mexicana Dolores del Río la encargada de colocar la primera piedra del futuro establecimiento, en la Playa Larga, cortando ella misma el listón inaugural el 19 de diciembre de 1955. Ella y Riley se casan aquí luego de varios años de amancebamiento, como se decía entonces. La regata inicial entre Newport Beach, California y Acapulco culminará con la internacional San Diego-California-Acapulco. Eventos que dieron fama y prestigio al puerto.
Todas las regatas terminaban con una lunada en la playa Pichilingue y en ellas el mayor atractivo era el treasure hunt. Consistía en la búsqueda de “tesoros” enterrados a lo largo de toda la playa y cuyo mapa de localización se entregaba a los asistentes. Los tesoros consistían exclusivamente en botellas de tequila de un litro , no habiendo quedado ninguna sin descubrir y muchos menos sin consumir.

Lola del Río

A Dolores del Río le apenaba cuando alguien, en reunión de amigos, recordaba opiniones de celebridades en torno a su belleza. Por ejemplo, la de la germana Marlene Dietrich que la consideraba “la mujer más bella de Hollywood”. O la que aseguraba que tenía mejores piernas que la propia Dietrich y pómulos mas bellos que los de la divina Greta Garbo. La voz muy autorizada de la modista italiana Elsa Schiaparelli, rival de Coco Chanel: “He visto a muchas mujeres hermosas en mi tienda, pero a ninguna tan completa como Dolores del Río”.
Y una opinión muy particular y sorprendente, la de Rebeca Welles, hija de Orson Welles y Rita Hayworth: “Mi padre la consideró el gran amor de su vida, ella es una leyenda viviente en la historia de mi familia”.
Cuando Orson Welles llega a Acapulco en 1947 para filmar su película La dama de Sanghai, estelarizada por Rita Hayworth, pregunta por Lola, su esposa por espacio de cuatro años, pero ella se escabulle. Orson había dejado a la mexicana por seguir a Rita y, cosas de Cupido, en Acapulco Rita lo abandona para viajar a Europa con el suizo Teddy Stauffer.
Recordaba Concha Hudson que Lola le entraba bien y bonito a los mejillones, la langosta y el agua de coco, desmintiendo así la leyenda en torno a su rígida alimentación para conservar línea y belleza. Legendaria leyenda que la hacía comer solo pétalos de orquídeas y dormir 16 horas diarias. (El Acapulco de antes).