Anituy Rebolledo Ayerdi
Febrero 12, 2026
La Virgen de la Paz y la Salud
Michoacano con larga residencia en este puerto, don Felipe Espinosa se dedica a comerciar con vino transportando sus barricas, a lomo de mula, a partir de la capital novohispana.
Hombre devoto, adjudica el éxito de su negocio a su fe en la Virgen de la Salud, de Pátzcuaro, cuyas bendiciones se propone compartir con católicos de otras tierras.
Sin comentarlo con nadie, Espinosa descuelga de su dormitorio una imagen de la Virgen de la Salud, pintada especialmente para él. La envuelve en finos paños para dirigirse enseguida al muelle de la Nao de Manila. Sabe que ese día partirá un galeón y que no faltarán entre sus pasajeros frailes a quienes encomendar su santo encargo.
La encomienda la recibe, en efecto, fray Pedro de las Llagas, mismo que conduce la imagen hasta ubicarla en un templo filipino. Será adorada como Virgen de la Paz.
Las Cruces
El comisario del Santo Oficio, don Andrés Sánchez Covarrubias, acusa a un ciudadano francés, Bernard Cotaux, de un acto sacrílego para el cual no hay castigo que recomiende fuego. Lo envía entonces a los calabozos de la Real Fuerza (San Diego).
¿El delito del turista francés? Haber lapidado un símbolo religioso de los acapulqueños, a la entrada del puerto, hoy Las Cruces.
Un par de enormes cruces de madera pendiendo de una roca enorme, haciendo las veces de santuario y ante el cual los viajeros se santiguaban y prendían veladoras en demanda de un camino sin tropiezos. Quienes lo conseguían, regresaban para colmarlo de flores.
A Cataux, aquel altar le pareció grotesco y sin más arremetió a pedradas contra él, logrando desprender una de las dos cruces. Testigo único de tal agresión, un albañil que recogía varas lo detiene y conduce maniatado al tribunal del Santo Oficio. Pronto el francés se hará famoso como el loco de merde, su expresión favorita.
Pasado un año (20 de julio de 1712), el tribunal del Santo Oficio abrirá el expediente de Bernard Cotaux para dictar sentencia. Tan solo su expulsión de Acapulco.
–¡Si te veo otra vez por aquí –le advierte el comisario Covarrubias– te quemo, cabrón, igual como quemaron a tu paisana Juana de Arco!
Cotita de la Encarnación
El 6 de noviembre de 1638 se ejecutan en la capital de la Nueva España las sentencias dictadas por el Tribunal del Santo Oficio en contra de 15 varones encontrados culpables de sodomía. Catorce de ellos quemados en la hoguera y uno, por minoría de edad, a recibir 200 azotes y más seis años en galeras.
La mañana de aquel día –narra la crónica– la ciudad entera se agolpa en la ruta que llevaba al “brasero” de San Lázaro. Atestigua, burlona y soez, el paso de la cuerda compuesta por doce aterrorizados mocetones –indios y mulatos y dos adultos, un español magro de piel blanquísima y un mulato sobrados de carnes– ensogados todos ellos por el cuello y los tobillos.
El mulato gordo encabeza la procesión, quizás por ser el “alcahuete” mayor. Sus pupilos lo llaman “señora grande”, mientras que para su clientela amplísima era simplemente Cotita de la Encarnación.
Era Cotita –describe el cronista– el más educado y aseado de todos. Aparentaba unos cuarenta años y vestía siempre con ropajes indígenas. Ante la autoridad, dijo llamarse Juan Galindo de la Vega, quien, de acuerdo con las actuaciones procesales, resultará ser precursor en México de un sistema de comercio carnal entre varones. También era llamado Señora Grande, cuya oferta era discreción y pulcritud.
Cuiloni, cuiloni
Camino a una muerte crudelísima, los catorce sométicos (contracción esdrujulizada de sodomitas), marchaban como autómatas tras la guardia a caballo de la Inquisición. Vestían sanbenitos (enormes sacos de paño amarillo con cruces encarnadas, adelante y atrás), llevando en la mano derecha un enorme cirio verde, apagado. Durante todo el trayecto eran objeto de la befa y el escarnio del populacho.
¡Cuiloni, cuiloni, cuiloni, cuiloni! era el grito único, feroz y unánime de la muchedumbre envenenada. Cuiloni, a decir de Bernal Díaz del Castillo, fue la misma expresión usada por los mexicanos cuando corretearon a Cortés y a su tropa la noche en la que el feroz conquistador lloró como una auténtica mariquita
La fogata
La cuerda de sodomitas continúa por la calle del Reloj (hoy Argentina), pasa luego frente a la casa de la marquesa de Villamayor y toma la vía recta hasta la albarrada de San Lázaro.
Cotita fue la primera en pasar al horno y enseguida uno a uno de sus pupilos, hasta que ardieron todos ellos. Los alguaciles del Santo Oficio fueron los encargados de atizar los fogones y lo hicieron hasta el amanecer en medio de un alegre jolgorio popular.
Cotita hablará hasta por los codos. Revelará los nombres de por lo menos medio centenar de clientes, todos de la más alta jerarquía novohispana. Figuraron entre ellos personajes de la Corte virreinal e incluso uno que otro bizarro general del rey y sin faltar varones vistiendo ropajes eclesiásticos.
La enramada de doña Sebastiana
La enramada levantada por doña Sebastiana de Acuña en un predio frente a su residencia, calle de por medio, tendrá usos múltiples. Servirá lo mismo para la celebración de alegres fandangos que como sesteadero de recuas ¿y por qué no?, para que el señor de la casa, don Antonio Rodríguez, practique el vaivén ensoñador de la hamaca al que era adicto.
No se trata de ningún acto de paracaidismo, como los que harán famoso al Acapulco del futuro. La dama acapulqueña había adquirido el lote con todas las de la ley, pagando ducado por ducado a la sucesión testamentaria de don Antonio González, cuyo título de propiedad data de 1589.
Justa será entonces la indignación de doña Sebastiana, cuando reciba el documento oficial reclamando su propiedad . Lo hace uno de sus vecinos, el capitán Juan de Iturbe, quien pretende hacer valer sus derechos con un título con fecha posterior al de ella.
El solar en cuestión hace las veces de patio trasero de la casa del capitán Iturbe, con frente a la bahía. El área del litigio se ubicaría hoy en la manzana formada por las calles Benito Juárez, José María Iglesias, Costera y la plaza Álvarez.
Don Pedro Legorreta, Justicia Mayor de Acapulco, es un hombre preocupado por la convivencia pacífica de sus gobernados. Abomina los diferendos por sus efectos corrosivos para la comunidad, máxime que este caso involucra a dos familias distinguidas del puerto. Decide por ello aplicar en este caso la antigua justicia del agandalle, que él llama, quien sabe por qué, “salomónica”
Luego de una amplia exposición presumiblemente jurídica, frente a las partes interesadas, el Justicia Mayor concluye que el solar en litigio no será para ninguna de las dos partes en disputa sino que, por el contrario, pasará a formar parte de las reservas territoriales de la ciudad. Don Pedro Legorreta sostiene su argumentación ha-blando de la urgente necesidad de calles para Acapulco, ello como consecuencia de la rehabilitación del Camino de Asia (Acapulco-México), obra bendita del virrey don Luis de Velasco hijo.
Para no hacer el cuento más largo, el mismo día de la sentencia se derriba la enramada de doña Sebastiana, incorporando su superficie a la calle de San Juan (hoy Benito Juárez), comunicando a la Plaza de Armas (zócalo) con el barrio de El Rincón.
Puerta falsa
Don Miguel Gallo llega al puerto directamente de España. Viene a ocupar el cargo de Castellano de la Real Fuerza, Alcalde y Mayor, y Capitán de Guerra de Acapulco. Sustituye a Fabián Dávila Salazar, engarrotado víctima de artritis reumatoide, quien disfrutará por ello de una pensión por invalidez equivalente a 500 ducados al año. Este último había sustituido, a su vez, a don Antonio Poloy Navarro, muerto en circunstancias extrañas, hablándose entonces de hechicería. La habría aplicado el negro Mandinga para vengarse de Polo, quien había perjudicado a una de sus sobrinas, aunque no faltará la versión de suicidio ante un enorme faltante en sus cuentas.
Todas aquella versiones erizaban los pelos de la familia Polo y Navarro, pero particularmente la última. Y es que don Diego había sido ejemplo de honestidad y corrección administrativa, pero sobre todo porque el suicidio le deparaba irremisiblemente un lugar cercano al Maligno. Él, católico devotísimo.
Funcionarios de la Real Hacienda confirmarán, final-mente, que Polo había escapado por la puerta falsa al descubrir en sus cuentas un faltante de diez mil pesos. Un recurso que estaba destinado para artillar el fuerte de San Diego, única defensa de Acapulco contra los piratas, que será recuperado de los bienes del difunto.
Una pregunta circulará por mucho tiempo en el puerto: ¿en qué diablos gastaría tanto dinero un viejo tan agarrado, como lo era Polo?
Mariana de la Cruz
Antonio Hernández y Mariana de la Cruz deciden acallar con el matrimonio las condenas parro-quiales y las habladurías por tres años de amancebamiento. Se unen en la parroquia de Nuestra Señora de los Reyes y cuando la pareja se dispone a disfrutar de un luna de miel, nunca aplazada, surge un tropiezo para la dama.
Se le acusa anónimamente de bigamia ante el Santo Oficio y era verdad. Mariana había contraído matrimonio tiempo atrás con un esclavo de la familia Altamirano, de Michoacán, del que pronto se había separado. No acudió a la anulación eclesiástica porque no existía.
Llorando su vergüenza, Mariana camina rumbo a la hoguera de la Inquisición, localizada en el Fuerte de San Diego. Ni lo dramático y sobrecogedor de aquél cuadro serán suficientes para dominar la lujuria despertada por aquel cuerpo de formas rotundos apenas cubierto.