EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (II)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 14, 2019

 

Basquetbol

A su regreso (1923) de Estados Unidos, donde estudiaba, Simón Chamón Funes logra interesar a los acapulqueños en un deporte aquí desconocido: el basquetbol. Los primeros entusiasmados con la propuesta de Funes son los directores de dos escuelas del puerto, Herculano Escobar , de la primaria oficial Miguel Hidalgo y Felipe Valle del colegio privado Acapulco. Pronto ambos anunciarán la integración de sus respectivos equipos para una primera torneo del nuevo deporte.
Integran la quinteta de la Miguel Hidalgo, Dámaso Vicencio, Humberto Villalvazo, Joaquín Altamirano, Alfredo Añorve y Rubén H Luz Castillo (autor de esta remembranza en Recuerdos de Acapulco ) En tanto que la del colegio Acapulco la componen Isaías Acosta, Abacuc Cuevas, Rafael Muñúzuri, Luis Chavelas y Carlos Sutter.
Triunfa el equipo de la Miguel Hidalgo y cada jugador recibe un ramo de flores, un listón azul colocado a la manera de banda presidencial, una moneda de 20 reales (dos pesos con cincuenta centavos) y un beso tímido y fugaz de sus madrinas en sudorosos cachetes. Ellas fueron Leova Mazzini, Josefina Pintos, Berta Aguilar y Consuelo H Luz Castillo.

Los papaquis

El advenimiento del carnaval en Acapulco, una de las fiestas grandes del puerto, era anunciado por músicos que recorrían la ciudad cantando versos llamados papaquis (alegría, en náhuatl). Se trataba casi siempre de tríos acompañados por guitarras y sus versos resultaban muy apropiados para la “cuelga” de quienes celebraran santo o cumpleaños. Nobleza obligaba brindar con los cantantes, además de gratificarlos generosamente.
Los papaquis se escuchaban durante las noches previas a las carnestolendas y sus trovadores desgranaban sus versos frente a los domicilios escogidos por ellos mismos o por encargo de familiares y amigos. Así festejaban:

Es aquí o no es aquí
o será más adelante,
pero seguro viven aquí
la perla con el diamante.

Hasta aquí hemos venido
alegres a felicitarte
y además patentizarte
que por siempre seas feliz.

En la silla de Carlos V
no se sienta ningún pobre,
sólo don Jeremías Acosta
por ser caballero noble.

A su esposa Carlotita,
que cabellos de oro peina,
acostadita en su cama
se le parece a una reina.

En no pocos casos la “reina” dejaba la cama para ofrecer un sabroso bastimento a músicos tan generosos.

Piratas

Para romper el monopolio laboral de la CROM en los muelles del puerto, la CTM crea en 1939 una sección denominada El Alijo. El máximo líder cetemista en la entidad, Alfredo Córdova Lara, no tiene paciencia para negociaciones contractuales y ordena la acción directa.
–¡Órale, cabrones, si les faltan güevos les presto los míos! –incita Córdova a sus trabajadores que, en realidad, no tenían idea de aquellas maniobras en el mar.
Y diciendo y haciendo: los cetemistas se lanzan armados con palos y armas de fuego para desalojar a los estibadores de la CROM, alijando en aquel momento el carguero Currigan. La sorpresa y las pistolas obligarán el repliegue de los cromianos de la Liga de Alijadores, mientras el capitán de la nave llama a su tripulación para lanzar al agua a los piratas. Así los llamará en su informe ante sus patrones, pero nadie le creerá la existencia de piratas en Acapulco.
La interrupción de aquella descarga significará para los líderes cetemistas una primera victoria en su guerra por apropiarse de los muelles del puerto.
–¡Ahora, vamos a partirle toda su madre a esos cabrones y en sus propia madriguera –ordena el líder. Y allá van.
Será sangriento el saldo de la refriega en las oficinas de la CROM del barrio de La Playa (actual edificio gremial). Un cetemista muerto a balazos y medio centenar de ellos mismos con las cabezas rotas a garrotazos.
–¡ Ni pedo, en la guerra se pierde o se gana! –sentencia sabiamente el dirigente Córdova Lara y ya no intentará nuevas incursiones al barrio que él mismo calificará como muy peligroso.
Por su parte, el querido dirigente de la CROM, Constancio Martínez Ramos, izó en señal de triunfo la bandera rojinegra de la organización, ante el jubilo de los agremiados.
–¡Ahora que sí que a los valientes cetemistas se les frunció el cicirisco! –fue el comentario final de Don Tomás Diego, bragao entre los bragaos.

El Teconche

El escribano Real Juan de Solana asienta a media docena de familias migrantes en la falda noresta del cerro de La Mira. Ocupados en levantar sus moradas, aquellos hombres, mujeres y niños ignoran al hombre cuando les endilga una perorata sobre la preocupación del señor virrey por los pobres. Cuando termina, algunos de aquellas familias ya han terminado sus chozas de palapa.
La localidad (hoy a lo largo de la acera izquierda de la avenida Vicente Guerrero) está poblada por arboles de teconche, nombre escogido para su barrio por los recién llegados. Los han respetado creyéndoles arboles frutales, más luego se enterarán de que se trata de una especie nativa, también conocido como tecomate y cirián, con algunos usos medicinales y al que luego sacarán provecho convertidos en jícaras para el agua.
El Teconche es vecino del barrio de La Poza y se comunica con la plaza principal por una vereda recta y empinada (hoy Independencia), asiento del convento de los Franciscanos y del templo de N. S. de los Reyes (hoy Soledad).

Zaragoza

La plaza principal de Acapulco no puede mantenerse limpia porque en ella funciona el mercado de la ciudad y ello es preocupación de muchos acapulqueños, empezando por el alcalde Samuel Muñúzuri López. Será este quien tome la decisión de sanear y darle dignidad a aquel espacio que ya lleva el nombre de Don Juan Álvarez.
Logrará ese propósito corriendo el cabalístico año de 1913 mediante la construcción de un nuevo mercado para el puerto localizado en la plazoleta de Zaragoza (hoy Escudero). El Ayuntamiento ha contado con el apoyo importante del gobernador José Inocente Lugo. Se trata de una nave única consistente en un galerón abierto con gruesas columnas, piso elevado y techumbre de teja. Se levanta frente a la poderosa casa Alzuyeta y tiene a su costado derecho la casa de don Francisco Escudero y Espronceda, padre de Juan.
–¡Ustedes póngasela, carajo! –ordena irritado el alcalde Muñúzuri cuando los constructores objetan su orden de dotar al mercado de instalación eléctrica. Sencillamente, porque no existe tal energía en Acapulco.
Y es que algo sabía don Samuel, pues en noviembre de ese mismo 1913 se hará por primera vez la luz en Acapulco, vía una plantita instalada en el Zócalo por el hispano Enrique Colina. Muy admirado entre los jóvenes, no por su aportación luminosa al puerto, sino por la belleza de su hija Laura, por la que derraparán muchos poetas invocándola con el nombre de Luz.

Fin del mercado

Con un escueto “esa chingadera apesta a caca” justifica el coronel Agustín Flores, alcalde interino de Acapulco, su orden de arrasar en 1938 con el mercado Zaragoza. La acción resulta impecablemente ejecutada por un cuerpo militar de zapadores
Se hablará en contrario de un cañonazo de 50 mil pesos , como los que hicieron famoso al general Obregón, que habrían disparado los comerciantes establecidos en el área, particularmente la Casa Alzuyeta.
–¡Háganmela buena, cabrones cochinos! –exigía Flores.

Carestía

Con o sin mercados, la carestía de la vida dominará al puerto con precios como estos:
Docena de ojotones y agujones, 5 centavos; litro de leche bronca, 15 centavos; huevos colorados de rancho, 3 centavos; gallina criollita, 12 centavos; vara de manta cruda, 25 centavo; boleada de calzado, 10 centavos.
Litro de petróleo diáfano para candiles y quinqués, 20 centavos; litro de tractolina para estufas, 15 centavos. Gaseosa acapulqueña marca Trébol, elaborada por don Rafael Pintos, 5 centavos; cerveza, 20 centavos; copa de coñac francés, 50 centavos.
Automóvil Ford 1934, 3 mil pesos y Chevrolet 1936, 6 mil pesos. Taxi, 50 centavos la dejada.

Teporocho

Don Jesús Flores y Escalente descifra en su libro La morralla del caló mexicano el origen de la palabra teporocho, genuinamente chilanga. Habría nacido con la costumbre de beber en las madrugadas capitalinas infusiones o tés para engañar la cruda y el frío. Eran ofrecidos por señoras mayores en expendios callejeros y se elaboraban con hojas de naranjo, canela y un chorrito de alcohol puro. El precio del pocillo era de ocho centavos (té-por-ocho) calificando de paso al bebedor irredento.
En Acapulco, cuando alguien era identificado como teporocho pero no había la intención de lastimarlo, se le llamaba simplemente “cincuenta y seis”. O sea, el resultado de la multiplicación de “sí-e-te-por-ocho”.
Un refresco pedido por algunos paisanitos como “un yole” (la limonada Yoli creada por don Jaime Castrejón Diez en honor de su hija Yolanda), formó parte de la mezcla conocida como “30-30”, tan demoledora con el fusil revolucionario. Su preparación, sencillísima: 30 centavos que costaba el refresco más 30 centavos de alcohol puro. La consumían con fruición los teporochos en su hábitat natural que fue la calle Xóchitl.