EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (IV)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 28, 2019

La Revolución en Acapulco

Federico Carranza, funcionario aduanal, escritor, buzo y amigo con muchos años de residencia en el puerto, explicaba el por qué de la calle Jesús Carranza, en honor del hermano menor de don Venustiano Carranza, Jefe del Ejército Constitucionalista, además de figura señera de la Revolución Mexicana e impulsor de la Constitución de 1917, ambos ascendientes suyos, por supuesto.
Fallecido recientemente lejos del puerto, Federico relataba que el general Jesús Carranza estuvo en Acapulco en 1914, para cumplir un encargo del Primer Jefe: la difícil misión de unificar a las fuerzas revolucionarias de Guerrero y alinearlas en torno al constitucionalismo. Llega procedente de Oaxaca el 10 de noviembre del año citado, a bordo del cañonero Guerrero, con tan buena fortuna que en sólo tres días logra su objetivo. Los grupos armados convocados, algunos irreconciliables entre sí, juran finalmente lealtad a don Venustiano.
Reunidos en los altos de la Aduana Marítima (hoy edificio Nick), los caudillos surianos, si bien desconfiados y quisquillosos, mirándose de reojo mientras soban las cachas de sus pistolas, aceptan los postulados del carrancismo. Una empresa tenida como imposible y que por ello merecerá el reconocimiento unánime para su autor. Los abrazos y felicitaciones estentóreas menudearon entonces entre jefes militares de ambas costas, lo que no será impedimento para que más adelante se exterminen unos a otros
Cuando dos meses más tarde se conozca aquí el asesinato en Oaxaca del general Jesús Carranza, junto con su hijo Abelardo y su sobrino Alejandro Peraldi, ambos de 18 años, los indignados revolucionarios del puerto homenajearán al jefe y amigo. Recordarán a don Chucho como un hombre valiente, noble y generoso, muy parecido físicamente al Primer Jefe, aunque con barba menos luenga y mucho más abultado el vientre. La autoridad municipal acepta la invitación de unirse tal homenaje. Dedica al general Carranza una cuadra de la calle llamada del Castillo, por comunicar al Fuerte de San Diego con la plaza Álvarez.

Revolucionarios acapulqueños

El cronista Rubén H Luz Castillo enumera en su libro Recuerdos de Acapulco a muchos jóvenes revolucionarios acapulqueños, incluso con los grados que ostentaron durante el movimiento. Les rinde así el homenaje que nunca tuvieron como soldados.

SUBTENIENTES: Constancio Martínez Ramos, Ramón Arvizu, David S. Arizmendi, Tomás López, Humberto Vargas, Enrique Liquidano y Marcos Sánchez Sosa,

TENIENTES: Miguel Valeriano, Francisco Carmona Carmonita, Daniel Lobato, Pedro Olea, Matías Sánchez y Palemón Gómez.

CAPITANES: Manuel Uruñuela, Eliseo Escobar, Juan H. Luz Apun (telegrafista) Octavio Pelón Lobato, Reynold Miranda, José Galeana, Natividad Rivera, Gregorio Miranda, Manuel Galeana, Nicolás Márquez, Modesto Guillén, Severo Medina, Eustacio Tachire Olea, Fernando Heredia.

MAYORES: Crispín Escobar, Isaías Acosta (pagador), Dustano Montano (doctor).

TENIENTES CORONELES: Nicolás Uruñuela, Donaciano Reséndiz, Rosendo Cárdenas.

CORONELES: Florentino Zurita, Antonio Fernández, Amado Olivar, Crisóforo Salas, Sabino Deloya, Salomé Castrejón, Florencio Maya, Isaac Dorantes, Darío Olea y Natalio Vinalay.

GENERALES: Albino Lacunza, Desiderio Zequeida, Felipe y Mariano Barrios y Félix Álvarez.

La escuela de aspirantes

El propio H Luz Castillo reivindica en su texto a los jóvenes cadetes acapulqueños de la Escuela Militar de Aspirantes de Tlalpan, quienes recibieron la orden de asaltar el Palacio Nacional al iniciarse la Decena Trágica. Fue dictada por los generales Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz y el objetivo era asesinar al presidente Madero.

Los hechos

“Un grupo de vanguardia de la referida institución logra tomar el control de la sede del Poder Ejecutivo, haciendo prisioneros a don Gustavo A. Madero, hermano del mandatario; al señor García Peña y al almirante Adolfo Bassó. No obstante la confusión, el Palacio será recuperado inmediatamente por el general Lauro Villar y los prisioneros liberados”.
Refiere el cronista que en la refriega participaron los cadetes acapulqueños Daniel, Federico y Alejandro H Luz Silva; Víctor Contreras y Miguel Tellechea, muriendo dos de ellos en el acto: Daniel H Luz y Victor Contreras.

Domingo Soler

El teatro Domingo Soler de Acapulco lleva ese nombre porque, independientemente de su prosapia escénica y haber nacido en Chilpancingo, el actor perteneció hasta su muerte a la comunidad acapulqueña. Formó parte, como es bien sabido, de la gran dinastía Soler de actores y una actriz de teatro, cine y televisión. Con él, Julián, Andrés, Fernando y Mercedes.
Fue Soler un recio actor dramático que dio vida a una gama enorme de personajes heroicos y piadosos y entre ellos a José María Morelos (Padre Morelos y El Rayo del Sur) y a Doroteo Arango (Vámonos con Pancho Villa). Su presencia noble y afable lo hicieron cura bondadoso de media docena de cintas (Río Escondido, una de ellas). Ganó un Ariel en 1945 por La barraca, basada en la novela de Vicente Blasco Ibáñez. Su esposa, la actriz Margarita Cortés, dio vida en el cine a la mujer de Juan Diego en La virgen que forjó una patria; a La Pascuala, de Los bandidos de Río Frío; a La Chole de ¡Arriba las mujeres!, a la Camila de Tierra de pasiones y a Felipa, de Azahares para tu boda.
Domingo Soler nace en Chilpancingo cuando la carpa itinerante dirigida por sus padres, Domingo Díaz e Irene Pavía, ofrece al público capitalino dramas intensos y comedias ligeras. Recorrían los caminos del país y por ello eran llamados “cómicos de la legua” (escala social estigmatizada por los “fifís” junto con la connotación de “cómicas” para las damas, más lapidaria aún). Ocurría ello despuntando el siglo XX, cuando el estado de Guerrero era gobernado por el porfirista poblano Agustín Mora, conocido simplemente como El chivero, por dedicarse efectivamente a la cría de chivos.
Domingo Soler muere aquí en su residencia de la Gran Vía Tropical número 1, el 13 de junio de 1961, víctima de insuficiencia cardiaca, misma dolencia que lo había obligado a radicar en el puerto. Certificó el deceso su cardiólogo, Manuel Mendoza Cifuentes, y su cuerpo fue llevado a la Ciudad de México para ser sepultado en el panteón Jardín.
Las carpas itinerantes

Cuando las carpas lograban llegar al puerto significaba una auténtica odisea, pues tenían que atravesar los ríos a bordo de chalanes. Los escenarios teatrales y circenses se instalaban en la playa, frente a la plaza principal. Provocaban tumultos en una población ayuna de diversiones cultas. Son varios los testimonios que hablan de artistas de la legua que optaron convertirse en acapulqueños. Vázquez y Steiner, sólo dos apellidos.
Aún en plena fiebre telenovelera, los acapulqueños respondían con entusiasmo a la rancia tradición de la carpa mexicana. Un espectáculo ofrecido por “tandas”, como aquellas célebres del porfirista teatro Principal. La última reservada para los cómicos con rutinas de tono subido pero no meco como hoy abundan en la televisión. El cómico Jesús Martínez Martínez Palillo , por ejemplo, ya llamaba entonces a los políticos “méndigos pulpos chupeteadores del dinero del pueblo e hijos de la china Hilaria”.
También de la carpa surgió el cómico por excelencia, Mario Moreno Cantinflas, quien hizo pareja con Manuel Medel, quien, aparte, hizo en el cine una creación del Pito Pérez, de José Rubén Romero. También carperos Resortes y Clavillazo y carperas Delia Magaña y Amelia Wilhelmy, las adorables borrachas de Nosotros los pobres. A propósito de Medel, el cómico estuvo casado con la despampanante vedette cubana Rosita Fornés, quien apenas quince días atrás cambió su residencia isleña a la urbe neoyorkina, ¡muy cerca del centenario, que ni qué!

La carpa Tayita

“Gran Compañía de Dramas, Comedias y Variedades Selectas Padilla Morones”, era la denominación formal de la carpa-teatro Tayita, con largas temporadas en el mercado del puerto. Una empresa comprometida a ofrecer a su público lo mejor de los teatros mexicano y español. Aquí mantuvo siempre la fidelidad de sus seguidores, gente sencilla, amas de casa, obreros y pequeños comerciantes. Mujeres estrujadas hasta el llanto con aquellos dramones calificados por críticos severos como “culebrones lacrimógenos, tremendistas y astrakanescos”. Conmovieron particularmente: Corona de lágrimas, puesta aquí por doña Prudencia Grifell y llevada por ella misma al cine y a la televisión. Los árboles mueren de pie, El pecado de una madre, La herida luminosa y Malditos sean los hombres.
Secas las lágrimas, seguía el fin de fiesta con bailes, canciones, poesía y sketches cómicos con la participación de toda la compañía. La formaban 16 actores dirigidos por los esposos Padilla y Morones, apoyados en ocasiones por el hermano y cuñado Raúl Chato Padilla, el mismo que formará parte más tarde del elenco de El chavo del ocho, como Jaimito, el cartero.
El Tayita será el último teatro-carpa que visite Acapulco. Aquí festeja en 1974 sus veinticinco años de trashumancia y aquí baja para siempre su telón.

Juan García Jiménez

El más grande poeta vernáculo de México, Juan García Jiménez, invita a este columnista a una función del teatro Tayita. Aquella noche le tenían reservada una grata sorpresa. Nos recibe el primer actor de la compañía, Héctor Manuel Calixto, procurándonos asiento en primera fila. La sorpresa vendrá durante el fin de fiesta, cuando Calixto diga con la entonación precisa de sus personajes, hasta cuatro poemas del ometepequense. El declamador se sublimará con Remigio.

¡Órale Remigio: garre sus tiliches y como de rayo se me va a l’escuela!. ¡Pero ya volando que sili’ace tarde y no sea la cosa que me lo degüelvan!

Juan recibía emocionado hasta las lágrimas el homenaje de gente tan sencilla como lo era él en grado superlativo. Un público quizás avergonzado por tener a un poeta tan enorme como paisano y no conocerlo. Luego, los fuertes abrazos oprimiendo a aquel cuerpo enteco pero estoico, sonriente. Y era que Juanito ya sabía que más tarde tendría su recompensa: néctares de uva y caña a torrentes.
Más tarde, al llegar a la cantina “La Redacción”, precisamente frente al diario Trópico, donde laboraba este escribano, nos encontramos allí con la redacción completa: Arturo Parra Zúñiga, Arturo Escobar, Enrique Díaz Clavel, Andrés Bustos, Manuel Galeana, Carlos Ortiz y Simón Castrejón. Fungía como generoso anfitrión don Fernando Acosta, agente aduanal del puerto y presidente del Club de Leones de Acapulco. Imposible desairarlo.
Cuando el mesero ha servido una variadísima segunda ronda, el poeta toma una servilleta y algo pergeña en ella. Termina y pide permiso para leer un epigrama dedicado a don Fernando, “un Paganini sin violín”, lo llama.

Bienvenido sea Acosta
a este ruidoso corrillo,
beberemos a su costa
¡a costa de su bolsillo!

García Jiménez, debe decirse, perteneció al cenáculo de los grandes epigramistas mexicanos de su tiempo: Salvador Novo, Francisco Liguori y Luis Vega Monroy, entre otros. El guerrerense escribió uno diario en las páginas editoriales de La Prensa.