EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (XII)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 06, 2020

 

Ayuntamiento 1939

¡Son chingaderas las de este pinche guacho! –truena el señor presidente municipal, Baltazar Hernández Juárez, en clara referencia al ex alcalde anterior, coronel Agustín Flores. “Destruyó el mercado Zaragoza y se fue cargado de plata dejándonos a parir cuates con el problema del comercio callejero. La única salida que yo le veo a esto –sin dinero, sin apoyo del gobernador y un desmadre general– es hacernos pendejos. Sí, compañeros, hacernos pendejos como en otras ocasiones que al cabo la mamila no nos durará mucho tiempo”.
La entrada al recinto del secretario municipal, Mario de la O Téllez (papá de Rogelio, Mario, Edelmira y Rosalba), interrumpe el soliloquio del alcalde. Se reincorpora a la sesión de Cabildo luego de atender una audiencia. “Es el nuevo periódico de Acapulco –anuncia mostrando un ejemplar tamaño carta–. Se llama Trópico y por lo que se ve es un periódico serio”.
–¡A ver, Mario, déjame verlo! –demanda Hernández Juárez–. Silencio expectante.
–¡Me parece muy bien! –comenta el primer edil luego de hojear rápidamente las cuatro páginas del periódico. Y agrega: Ora que lo mejor de todo es que no nos parte la madre como lo hacen todos los pinches periodicuchos de aquí y de fuera. ¡Ah!, Mario, no se te olvide mandarle una felicitación al buen amigo Coll Mota; ¡pero que no nos cueste!, ¿eh?, recomienda al abandonar el recinto (Balta fue padre de varios buenos muchachos y mejores amigos: Balta, Romeo, Toño, Alfredo, Prometeo, entre otros.
Bajo la premisa del alcalde en torno a los cabildos –“valen madre porque finalmente se hace lo que se le hincha al gobernador o al presidente”–, 1a sesión iniciada, ya sin él, se reducirá a pasar el diario de mano en mano. Primero el síndico Mario Liquidano siguiendo los regidores José Lobato, Ernesto Campos, Celso Delgado, Rodolfo Salmerón, José Pintos, Florencio Salmerón y Félix Terán. Ninguno de ellos podrá anticipar que Trópico sí se meterá con ellos un mes y medio más tarde. Cuando el Ayuntamiento de Acapulco de 1939 sea barrido tan violentamente como el mercado Zaragoza.

Alcalde sustituto

En efecto, una mañana se presenta al Palacio Municipal el coronel Domingo Cuevas Luna; lo acompaña tropa armada. Lleva la orden expresa del gobernador del estado de asumir la alcaldía de Acapulco, en calidad de presidente del Consejo Municipal, para cubrir el resto del período de un año. El militar obvia cualquier explicación sobre la constitucionalidad del relevo porque en resumidas cuentas no las conocey tampoco le importan. Asume sin más el mando y no tiene empacho en acompañar al ex alcalde hasta la puerta del recinto.
¿Algún comentario, señor Hernández Juárez?, pregunta un joven y sagaz reportero de Trópico
–¿Para el nuevo periódico ¿verdad?– Sí, cómo no, chamaco. Sólo quiero a través de tu periódico, si se puede, enviar un mensaje breve y concreto tanto al señor gobernador del estado como a los diputados del Congreso Y es este: ¡que vayan a chingar a sus putísimas madres! ¡Es todo, adiós!
–¡Gulp!

La ciudad, toda mercado

Todo el centro de la ciudad estaba convertida en un mercado, incluidas las escalinatas del Palacio Municipal. No todo era ciertamente producto del disimulo oficial a cambio de algunas cualilas (monedas de cobre) o de canonjías edilicias. La triste historia era que Acapulco carecía de un mercado. El más reciente, llamado Zaragoza por ocupar la plazuela de ese nombre (hoy Escudero), había sucumbido apenas el año anterior, bajo la piqueta de un pelotón de zapadores al mando del alcalde general Agustín Flores. Este justificará su acción con el argumento de que se “trataba de un muladar infecto, además de apestar a vil mierda”. Aun diciendo la verdad, nadie se lo creyó tomando cuerpo las insinuaciones de un “sonoro cañonazo” por parte del comercio establecido, avaladas por el alcalde sustituto.

Mercado Zaragoza

El mercado Zaragoza se había levantado en1913, siendo alcalde don Samuel Muñúzuri López, con apoyo del gobernador José Inocente Lugo. Sustituía al histórico primer centro de abasto del puerto, establecido en plena plaza Álvarez, frente al actual edifico Pintos, arrasado por un ciclón el 30 de octubre de 1912. Lo describe el cronista Carlos Adame: “Se trataba de una serie de mesas o cajones de madera, algunos techados con lámina, donde se expendía el pescado y la carne. En petates sobre el piso las verduras, la leche y el pan y cuanto consumía aquella pequeña población”.
Un mercado que, por cierto, había destacado por su limpieza al tener a su lado a uno de los dos celebérrimos Pozos del Rey (el otro estaba en Petaquillas) llamados así por haber sido abiertos por órdenes del propio monarca español. “Para saciar la sed de los habitantes de Acapulco y dotar de agua a la Nao de Manila”, habría dispuesto. Para contrarrestar tan negra imagen del pasado, el gobernador Diego Alvarez (“pozos rey mis güevos, vociferaba el hijo de don Juan), perfora en el siglo XIX uno al que llama Pozo de la Nación, que, por cierto, dará nombre al barrio beneficiado.
La nave única del mercado Zaragoza consistía en un galerón abierto con piso elevado y techumbre de tejas Se levantaba precisamente frente poderosa Casa Alzuyeta y junto a la tienda de don Francisco Escudero y Espronceda, padre del mártir Juan Escudero (hoy Milano). Lo sitiaban puestos de madera, “varillas”, estancos y tenderetes cubriendo la mayor parte de la plazoleta, incluidas las calles Roberto Posada (subida al Palacio Municipal), México (hoy Cinco de Mayo) y Correo (luego Obregón y hoy Cuauhtémoc).
La plazuela Zaragoza (hoy Escudero) albergará en los años 40 a los más importantes establecimientos comerciales al servicio del turismo: La Divina, de la familia Schekaibán; Los Cedros del Líbano, de don José Saad;.Las Tres BBB de los Muñúzuri; la zapatería El Tigre; El Bazar de Acapulco, de don Jesús Duque; Los Precios de México, de los hermanos Elías; La Sevillana, de don Aniceto Goraieb y la imprenta La Asturiana de don Arturo García Mier, ubicada en el sitio que antes ocupó la tienda de don Ramón Córdova.
En la banqueta de Las tres BBB y el Bazar de Acapulco cantó durante décadas –y así lo consigna el cronista Enrique Díaz Clavel– la paisana sanjeronimeña Nicolasa Ruiz. Mujer pequeña, invidente de ojos saltones, voz rasposa como lija y un alhajero de metal para las limosnas. Contaba con amplio repertorio a fuerza de escuchar la rockola de una cantina cercana a su domicilio. Sus preferidas: Camioncito Flecha Roja, El botecito y El barrilito.

Los precios

La docena de ojotones costaba cinco centavos, igual que la de agujones. La leche bronca, sin “bautizar”, 15 centavos el litro; 12 centavos una gallina criollita y tres centavos un blanquillo. Tres centavos las charamuscas de Mateo y diez centavos las deliciosas nieves del Ayayay (Gilberto Ramírez). La bahía era una bendición para los pescadores, siempre hirviendo de ojotones y muchas otras especies.
Bastaba una araña de tres anzuelos y un brazo fuerte para gantearlos, uno a uno, hasta formar una generosa ensarta. Fritos, servidos con morisqueta, salsa verde y café negro, constituía un almuerzo digno de un cardenal. La contaminación los hará emigrar en busca de aguas pulcras.

El parazal Fernández

El nuevo mercado de Acapulco, asentado en lo que había sido una superficie húmeda sembrada con zacate pará (El Parazal Fernández) fue entregado en 1942 por el gobernador Rafal Catalán Calvo al alcalde Antioco Urióstegui. Sucederá, sin embargo, que entonces ningún comerciante local querrá ocuparlo con el argumento de que quedaba “en el quinto infierno” o sea, lejisísimo del centro. Poco más tarde, cuando los comerciantes foráneos sean favorecidos con los mejores espacios, los renegados pegarán el grito en el cielo, pero no se escuchará..

Sufragistas

La organización gremial encabezada por doña María de la O, por la dignificación de la mujer, conmemora su primer aniversario con un desfile por las calles del puerto (25 de septiembre de 1939). Las damas vistiendo albos uniformes provocan la santa indignación machista cuando demandan compartir con los hombres el derecho al sufragio universal. ¿Nomás porque en la cama somos iguales? ¿Porque nos la botan y no nos dejan votar?, se preguntan en carteles.
Escándalo. La respuesta a la singular demanda estará a cargo de un dirigente del partido oficial quien argumenta que tal rechazo obedece a que el sexo débil es elemento “perturbador y erosionante”. Presta, doña Chave Dimayuga dará oportuna respuesta: “¡perturbado y erosionado tienen el hoyo, putos cabrones!”
Dos años atrás, no obstante, Guerrero había tenido a la primera mujer alcaldesa de México y América Latina. El gobernador José Inocente Lugo –abogado, chaparrón, güero y muy inteligente– había convencido a su amiga Aurorita Meza Andraca para encabezar el Consejo Municipal de Chilpancingo. Concluiría el período de un alcalde en graciosa huida de enero de 1936 a marzo de 1937). La dama era hermana del ingeniero chilapeño Manuel Meza Andraca, hombre de izquierda, inteligérrimo, muy cercano al general Lázaro Cárdenas.
Doña Aurorita, como la llama todo Chilpancingo, justifica muy pronto los temores del género dominante, cuando renuncia al salario de alcaldesa para destinarlo a la primera guardería infantil de la capital. El aplauso unánime ahoga las voces de la misoginia revolucionaria que califica el hecho como un “precedente nefasto”.

Rojillos

El Día Internacional del Trabajo es un invento comunista y por lo tanto son las banderas rojinegras de la “madre patria” eslava y de huelga las únicas que flamean orgullosas en los desfiles conmemorativos de esa fecha. Sucedió aquí y Trópico dio cuenta de ello:
Un coronel de apellido Carrasco comparte el asueto con cuates en La Bavaria cervecería de Don Juan Muller en Hidalgo y Madero. Carrasco vocaliza periódicamente su tono de bajo profundo en demanda de “¡las otras”! Se hace escuchar, aún enmedio de aquella parafernalia de cornetas y tambores, a varios metros a la redonda. Marchan frente a La Bavaria las lavanderas de la CROM y lo hacen parsimoniosamente. Vendrá enseguida un contingente que llama poderosamente la atención del guacho o verde como se les llama aquí a los militares.
El coronel Carrasco, como impelido por una fuerza superior, se lanza pistola en mano contra los abanderados del sindicato de la fábrica La Especial (hoy Industrias de Acapulco), despojándolos violentamente de sus estandartes. Enloquecido, el hombre patea en el piso las banderas rojas y rojinegras mientras vocifera rabioso: “¡La bandera de México es verde, blanca y colorado, comunistas hijos de la chingada!”. Los estoperoles de sus botas convertirán pronto en hilachos el charmés lustroso de aquellos pendones.
La reacción de los trabajadores resulta un tanto remisa por la sorpresa y la pavorosa 45 del coronel, pero será decidida y enérgica cuando se haga la bola. Le propinarán al coronel una golpiza de padre y señor nuestro y si no llegan a lastimarlo seriamente será por rápida intervención de Elpidio Rosales, líder del sindicato. Al coronel Carrasco, bañado en sangre y sufriendo los efectos letales de una cruda prematura, lo único que le interesará en aquel momento será rescatar su pistola ¡Mi pistola, mi pistola –clama angustiado– no sean así muchachos, por la vida de sus madrecitas, devuélvanme mi pistola que la tengo de cargo!
Pillo Rosales se la devolverá.