EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Porteñas (XIV)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 20, 2020

 

Crucita y Scarlet

Las coplas de ida y vuelta de la película Allá en el Rancho Grande (1936) entre Tito Guízar y Lorenzo Barcelata, son un número siempre esperado por los parroquianos de La Marina, cantina de Doroteo Lobato en la plaza Álvarez (hoy BBVA). Las interpretan dos trovadores locales obteniendo en cada lance una respuesta similar a la de la película celebérrima (¡ay, ay, ay!): ¡Viva Acapulco, jijos de la jijurria!).
La decisión de Crucita (Esther Fernández) de corresponder el amor pobre pero honrado del caporal (Tito Guízar), previo rechazo de los requiebros lúbricos del patrón, le sigue sumando adeptos tres años después de haberla asumido. Allá en el Rancho Grande se presenta en lugares remotísimos de la geografía nacional –a los que nunca llegaron Jenkins y Alarcón, monopolistas de la exhibición cinematográfica. Ello gracias a la temeridad de los propagandistas trashumantes del expectorante Ungüento 666. Monjas, beatas y capellanes usaban con singular alegría el oloroso medicamento ignorantes de que su enunciado –666– identificaba al propio Lucifer. ¡Vade retro!
Si entre Crucita y Scarlett O’ Hara hay un abismo insalvable, no lo hay entre Esther Fernández y Vivien Leigh. Ambas, además de muy hermosas, fueron actrices versátiles y apasionadas. Fue 1939 el año de Lo que el viento se llevó, cinta en la que el mundo disfruta intensamente la maldad integral de Vivien-Scarlett y la cínica apostura de Rhett Butler. Guapísimo con millones de fans en el mundo, Clark Gable era rechazado discretamente en las escenas de amor porque, decían sus compañeras actrices, le apestaba la boca a caño.

Trópico y La Verdad

Fue soleada pero fresca la mañana del 9 de septiembre de 1939, cuando se escuchó por primera vez el nombre de Trópico en las calles de Acapulco. El pregón clásico de los voceadores se adicionará a partir de 1942 con el de La Verdad, diario dirigido por don Ignacio de la Hoya Pinedo. Ambos medios correrán parejos por varias décadas.

Cedillo

El nombre de Saturnino Cedillo será objeto de agrias e incluso violentas disputas entre los asistentes a la cantina de Ángel Mazzini (hoy esquina de Madero e Hidalgo), alguna epilogada con una batalla campal. La sangre no llegó a la bahía, pero si hubo harto mole nasal. El italiano Mazzini era también propietario del cine Hidalgo, en la misma dirección. Apenas terminada en Hollywood la película El Mago de Oz, él ya ofrecía boletos para una exhibición privada “cuando llegue”. Cinta inolvidable por el trabajo de Judy Garland y la canción Over in the rainbow. Hoy mismo la película Judy revive al personaje y a la melodía con la actriz Renée Zellweger, premiada por su actuación con el Oscar de la Academia de Hollywood, la mejor del año.
Saturnino Cedillo transita en un abrir y cerrar de ojos de humilde tallador de ixtle a general revolucionario, titular, por si fuera poco, de la Secretaría de Agricultura en el gabinete del presidente Lázaro Cárdenas. Renuncia cuando descubre escandalizado que sirve a un gobierno comunista y al poco tiempo se levanta en armas para combatirlo. La realidad era otra bien distinta. Petroleros gringos habían armado a Cedillo confiados en que podría echar del poder a Cárdenas y una vez logrado ello les devolvería el oro negro. Tan rajado como sus nalgas, decían de él sus propios generales, Saturnino huye a la Huasteca potosina donde cae abatido en una escaramuza.
La trifulca en la taberna de Mazzini empezará cuando media docena de simpatizantes de Cedillo no soporten lo que de él han dicho los cardenistas.
Saturnino Cedillo no robó vacas durante la “bola” pero sí burros, centenares o miles de burros. Cuando un periodista lo llame “asnófilo”, Cedillo se lo agradecerá con el obsequio de un burro blanco (no se llamaba Platero, por supuesto).
Una auditoría a la Secretaría de Agricultura encontrará la existencia de más de 300 aviadores, con salarios de cinco a diez pesos diarios, además de que las áreas técnicas estaban en manos de campesinos analfabetas.
La revelación más escandalosa de tal auditoría será el descubrimiento de una nómina secreta del Ministerio en la que 40 prostitutas callejeras cobraban como mecanógrafas.
—“¡Pos cuál asombro, cabrones delicaditos: uno tiene sus compromisos!” –será la respuesta de mi general.

Los periódicos

Diez años atrás del advenimiento de Trópico se había intentado dar nueva vida a Regeneración, el semanario demoledor de Juan R. Escudero. En la empresa participaron, sucesivamente, Santiago Solano, Manuel Linares Alarcón (maestro y poeta, abuelo del licenciado Linares) y Vicente Espinosa Álvarez. Santiago Solano, de oficio herrero, había suplido a Escudero en el Congreso local, luego del atentado criminal que lo dejara hemipléjico.
La suerte del nuevo Regenación estará echada cuando el gobernador del estado, general Adrián Castrejón, manifieste públicamente su repudio por el “pinche periodiquito que sólo ve lo malo de mi gobierno”. Tan solo días más tarde, la histórica imprenta de Escudero será destruida y sus partes lanzadas al mar desde La Quebrada, por si quisieran armarla. Los autores, “gente desconocida actuando al amparo de la noche”, fue el reporte oficial.
—¡Sólo así entienden estos cabrones mitoteros!, sentencia Castrejón y sus palabras se repetirán una y otra vez desde el Palacio de Gobierno.
Para combatir el proyecto reivindicativo de Juan R. Escudero y su ariete Regeneración, los gachupines lanzaron en calidad de perros de presa a muchos impresos de vida “fugaz y alabastrina”, que dijera el poeta de Tlacotalpan. Algunos de ellos alcanzarán, no obstante, alguna significación, como El Rapé y el Pica Pica, de Reginaldo Morlet; El Pueblo de Juan H. Luz Nambo y también El Suriano, de José O. Muñúzuri. Don Pepe, será colaborador permanente de Trópico con la columna Notas y Comentarios. El licenciado Antonio R. Castañón, esposo de Doña María de la O, había publicado en 1909 el periódico El Argumento, para combatir a la dictadura porfirista y repetirá la experiencia años más tarde con El Paladín, siempre en defensa de los jodidos.
La década 1915-1925 atestiguará el orto y el ocaso de no pocos impresos entre semanarios y quincenarios. Entre ellos: El Guerrerense, de los hermanos Muñúzuri; El Centinela del Sur, del licenciado Gilberto Álvarez; El Combate y El Mundo, del licenciado Luis García; El Fragor y La Metralleta de Domingo González; Alborada, de Pedro Mazzini y El Renovador, de Miguel de P. Barrera. Este último, sastre de oficio y escuderista de hueso colorado, editará su publicación siendo presidente municipal de Acapulco (1925). Carlos E. Adame funda el semanario El Liberal para integrarse más tarde a la planta de editorialistas de Trópico.
Mucho tiempo atrás, durante el siglo XIX, Acapulco había visto nacer y morir publicaciones como El Progreso de Guerrero, El Avisador, La Sombra de Guerrero, El Amigo de los Niños, El Fénix y El Iris del Sur. No faltaron en los cabezales periodísticos las referencias portuarias y marítimas como El Faro y El Neptuno, y tampoco el clásico Imparcial. Uno singular, El Correo de Acapulco, periódico mural confeccionado a mano, por supuesto.

Los precios

Trópico anuncia las ofertas de la Compañía Unida de Ventas de la Ciudad de México. Precisa el desplegado que los productos deben pedirse por teléfono y que el envío se hará por Correo COD, o sea, cobrar o devolver. Aquí algunos precios para documentar la añoranza. Cámara fotográfica de metal para instantáneas y poses (7.80 pesos); choclo de suela extra gruesa, hule reforzado (9.50 pesos); molino para nixtamal estañado (9.50 pesos); bata para baño con cordón de seda (7.50 pesos); coche plegadizo de lona para niño (8.50 pesos); cobertor para cama muy abrigador (3.50 pesos); chaleco suéter, peluche afelpado (2.25 pesos); estuche para rasurar en baquelita (1.49 pesos).
El dólar –ojo de gringa– se cambia por cinco pesos con 60 centavos únicamente en hoteles y casas comerciales porque aquí no hay bancos.

¿Papa mexicano?

Misas solemnes en La Soledad por el eterno descanso del Papa Pió XI y por la ascensión de Pío XII (Eugenio Pacelli). Sobre este último recaerán más tarde las sospechas de tener simpatías por el Diablo encarnado en Hitler. A propósito, aquí, en México, cuando monseñor Norberto Rivera Carrera asuma el cardenalato en Roma muchos católicos ya hablaban del primer Papa mexicano. Habrá, incluso, quienes propongan su nombre oficial: “Papa Juan Guadalupe X”. por Juan Diego y la guadalupana, por supuesto. La X aludirá a que México se escribe con la X que, como dice el poeta, “algo tiene de cruz y de calvario”.
Otro óbito de este 1939 alude a Sigmund Freud, muerto en Londres, Inglaterra, donde se escondía de los nazis por su ascendencia judía. Para él no habrá misa porque, en opinión de algunas beatas, se trataba de un viejo verriondo que hablaba de puras cochinadas. Si bien va, su deceso será recordado en la Escuela Secundaria Federal número 22, la primera de Acapulco, fundada apenas seis meses atrás en la esquina de Quebrada y Madero, antiguo edificio de Correos.

Pancho Sarabia

Hay consternación en la ciudad por el deceso del piloto aviador Francisco Sarabia, el primero en aterrizar en 1928 una avioneta en la playa de Hornos, por falta de pista de aterrizaje. Regresaba a la patria luego de batir todos los records aéreos entre México y Nueva York –10 horas 48 minutos. Su avión El conquistador del cielo, se desploma cuando sobrevolaba el río Potomac (Washington, DC), adjudicándose el siniestro a una falla mecánica.
Durante una misa en memoria del caído, celebrada en la parroquia de La Soledad, se produce una pequeña conmoción a causa del desmayo de una distinguida dama de la mejor sociedad porteña. No pasará a mayores gracias a la intervención de los ángeles femeninos siempre listos con un abanico de mano y una botella de alcohol alcanforado. Silencio sepulcral. Nadie en aquella asamblea pronuncia una sola palabra y era que las miradas lo decían todo.
Ya afuera, en la refresquería del kiosco, la beatería dará rienda suelta al alegre viperinaje. “¡Que guardadito se lo tenía, la muy mustia!” “…Yo no me quedaría para vestir santos por esperar a un príncipe aéreo”, “…¡Tú ni hables, esperaste dos años a Pacho el cartero cuando se fue de bracero!”, “…Pobre mujer, después de todo ya ningún hombre querrá poner la mano donde la puso el muerto”, “…Yo no creo sinceramente que el aviador haya llegado tan lejos, ella se ve tan decente”, “…¡Es de centavos!”.

Berber

Al gobernador Alberto F. Berber no le son gratos los periodistas (tampoco a gabinete). Los considera sujetos proclives al infundio, la difamación y el chantaje. Ordena en consecuencia que se cierren para ellos todas las arcas, perdón, las puertas de su gobierno y que se les reprima sin piedad aún cuando sólo sean pillados meando en la calle.
Berber y Trópico caminarán juntos en una relación tirante y agria durante 16 meses exactos. Se cumplirán cuando el gobernador sea defenestrado durante el recién inaugurado gobierno de Ávila Camacho, en el que convergen varios enemigos del militar nacido en La Unión, Guerrero. Tres poderosísimos: Ezequiel Padilla, Lázaro Cárdenas y Marte R. Gómez.
Trópico, sin pretender cobrar viejas facturas –metafóricamente hablando, por supuesto– hará cera y pabilo del ex gobernador, elogiará en cambio al gobernador provisional, profesor Carlos Carranco Cardoso, presentándolo como un hombre, decente, educado, culto e inteligente. “No como otros”, apuntará.